jueves, 23 de enero de 2025


Eres AvEnA y te llamo, el último sonido de mi voz que acaba en tu nombre. Percibo mis labios cerrándose en caída, entrecierro los ojos e imagino que puedo llamarte en el tiempo, que puedo encontrarte, también.

- AvEnA, ven, mira, oye, toma...

Imagino que podría jugar a encontrarte, cada atardecer, recogiendo semillas, cantando nuestras canciones, soñando que volvemos a encontrarnos, abandonar nuestras huellas en la arena de la playa, otoños, otoños otra vez. 

Me he quedado callada. Tú me miras y pronuncias mi nombre, nana, y también tus labios se dejan caer en picado, cerrando en grito el modo en que me nombras. 

tÚ, tú, Tú, AvEnA

Te recuerdo, te invento para imaginarte más, para imaginarte dos veces, tres, infinitas. Para soñar contigo y sentirte en todo. 


Hoy he bajado sola a pasear, estabas dormido y cuando he ido a despertarte para bajar al lago a pescar, he visto la luz de plato en el cielo que siempre te hace gracia. A mí me marea un poco, pero nunca te digo nada para no quitarte la ilusión. La luz de Levante, la de algunos sures, la del norte remoto en verano, plata, blanca, pastel.

No he encontrado las gafas de sol, así que me he puesto mi sombrero y he salido. 

Tú, Avena pequeño que cambias. Te reconozco en el paisaje porque siempre hueles a campo, a semillas, a leche templada. 

Pienso en ti y te veo entre el reflejo que pule este sol extraño hoy. 

Pienso en lo que eres, en lo que serás, no, nunca pienso en quién serás. Estás conmigo, puedo acunarte y besarte y buscarte. 

Te encuentro en mi recuerdo, en las horas respiradas, en los momentos desgastados, en los días y en los días, días, tÚ, AvEna.

Ayer saliste del colegio con una tarjeta que hablaba de ti, de tu dulzura de avena remojada en leche, hablaba de tu sonrisa, de tu carcajada ancha que parte la tarde, generosa, generoso. Venías pensativo y no sabías muy bien qué preguntarme, te quedabas callado y en silencio, mirabas a todos y te despedías, hasta mañana, hasta mañana. 

Se escuchaba el viento y el sonido de algunas hojas cayendo, creo que va a llover Avena. 

No me escuchas, estás ensimismado, el campo esta tarde se te ha quedado pequeño y no quieres correr, te parece que no vas a caber entre los arbustos, yo he decidido no decirte nada. Callamos camino a casa.

Te has entretenido escondiéndote entre las ramas y las flores, te llamo y tú vienes, sin preguntar por qué.



domingo, 12 de enero de 2025

Otoños

Ha vuelto a ser otoño Avena, yo no recuerdo cuándo nos ha pasado. Estábamos en el campo jugando a ver quien de los dos veía más hojas caer. 

Yo, como siempre soy la más distraída, no me daba cuenta de que tú ya habías visto muchas más que yo. Entonces me tiraste del ala ancha de mi sombrero y yo me sobresalté, porque creí que era un pájaro distraído que se había chocado contra nosotros. 

Tú sonreíste y me enseñaste todas las hojas que habías visto caer. Las habías recogido del suelo con tus pequeñas manos y las habías traído a donde estábamos los dos.

Yo te miraba con los ojos planos, no entendía muy bien cómo habías podido estar tan atento, con tus ojos siempre abiertos desde dentro para entender las cosas.

- ¿Por qué vuelve el otoño, nana?

Yo no sabía qué decirte, no podía dejar de pensar en el pájaro, en las hojas.

- ¿Por qué vuelve, nana?

- ¿Por qué vuelve el qué, Avena?

- ¿Por qué vuelve el otoño?

- El otoño, el otoño siempre vuelve, viene para que se vaya el verano, para eso viene Avena.

- Entonces nana, cuando se va el verano, ¿dónde va?

Te cojo de la mano porque nos marchamos, tú quieres que nos llevemos a casa todas las hojas que has recogido. Como nos hemos olvidado de nuestro saco, tenemos que llevarlas en los brazos. A ti se te van cayendo al suelo y cada vez, te agachas a recogerlas. Todas son importantes y tú no quieres dejar ninguna en el camino. Has visto cada una de ellas desprenderse y caer en diferentes vuelos, dices que me tirabas del ala del sombrero para enseñármelas, pero que yo estaba distraída, que me imaginaba que los pájaros bajaban a comer a mi sombrero. Me dices que te has enfadado, porque no miraba como caían tus hojas.

Tiro con suavidad de tu brazo y tú me sigues, caminamos al mismo ritmo, de la mano, yo un poco más adelante. 

Tú hablas de tus cosas sabiendo que te escucho, yo miro al campo, hoy está muy bonito. Me olvido de las hojas que hemos cogido y se me escurren sin darme cuenta. Tú, como estás hablando, no lo ves.

Al llegar a casa, pienso que siempre volvemos con todo lo que hemos encontrado y también con lo que habíamos salido a buscar. 

Extiendo nuestra manta de lana en el suelo y tú vas colocando encima, una a una, las hojas. 

A mí me parece como si ahora, fuera otoño en nuestra casa.





jueves, 9 de enero de 2025

NCZ

 

  


Estaba sacando la tarjeta de crédito para pagar la cena, cuando sonó el teléfono. Era un mensaje de mamá. No tuvo tiempo de abrirlo. Sara volvía ya del cuarto de baño. Carol hizo una seña al camarero para que le trajera la cuenta.

Pagó y mientras Sara se ponía el abrigo ya de pie, abrió el móvil y leyó el whatsapp. Era su madre, no había venido a la presentación del libro, tampoco había avisado, no le sorprendía. Solía hacerlo, no era la primera vez que faltaba en momentos importantes de su vida. A veces por papá, ya sabes dear, en otras ocasiones eran sus jaquecas o tenía un compromiso, darling, siempre te digo que me avises con tiempo.

Querida Carol, me gustaría decirte o escribirte algo muy bonito y profundo, pero no encuentro la forma, ni el tono, ni nada de nada. Estoy últimamente un poco cansada, con palpitaciones y cosillas variadas, nada grave, que me llevan a buscar el bienestar y la paz antes que el amor y la poesía. Te he escuchado y me gusta saber de ti. Tú sigue creando y creando la vida. 

Un gran beso,

Mum

- Carol, Carolina, ¿qué pasa bebé? Estás llorando. ¿Pasa algo?

Carolina levantó la cabeza y miró a esta mujer, a la que apenas reconocía. Quería llorar profundamente, sentía que había perdido demasiadas cosas a lo largo de su vida, deseaba olvidar cada ausencia, se sintió otra vez paralizada.

- Carol, Carol amor, ¿estás bien?, Carol.

Carol la oía desde lejos, como un sueño corto, breve o callado. Volvió a sentir que se le paraba el tiempo, la misma sensación de los días previos a la presentación del libro. El editor le recomendó una terapeuta muy buena, Carol, no seas terca, tómatelo como un masaje, corazón.

Sí, gracias.-  le respondía distraída mientras desembalaba los libros de las cajas. Sí, sí, lo guardo y llamo mañana, seguro que un terapeuta me va a venir bien, gracias Mariano.

Sara la sacudió por el hombro. 

- Cariño...

Carol la miró a los ojos, reconoció la media sonrisa que había amado y sonrió. Sara la cubrió con la chaqueta y la impulsó suavemente por el brazo, invitándola a salir de allí.

- Venga bebé, arriba. Nos vamos. He pedido un Bolt. Nos vamos a mi casa. Tenemos muchas cosas que contarnos

Cuando se despertó se sentía densa, acorchada. No recordaba muy bien por qué estaba allí. Sara apareció por el pasillo y se acercó al sofá donde estaba Carol.

- Cielo, ¿cómo estás? Llevas ya un rato dormida.- sonrió dulcemente.

- Me das un vaso de agua por favor y también el móvil...- dudó antes de seguir hablando, sonrió.

- Sara, soy Sara cielo. No pasa nada bebé, descansa. Toma, bebe. No te preocupes por nada. Descansa. ¿Tienes algo qué hacer esta noche?

- No, no sé. Creo que íbamos a ir a cenar con el equipo directivo. Al restaurante Edeweils creo. Acércame el móvil por favor.

Sara le acercó el móvil. Se detuvo en sus ojos vidriosos, recordó cuando pasaban las tardes juntos, en el piso compartido de la calle Relatores. Cuando aún escribía. Al empezar la transición abandonó la escritura. Siempre se decía que era normal, estoy muy centrada en mi proceso, no puedo pensar en otra cosa

Por aquellos días su actividad literaria había ido dando fruto, tenía ya editor y estaba proyectando con la editorial la publicación de su primer libro de prosa poética. 

Carol dejó el teléfono en la mesita y se cubrió con la manta que tenía encima. Sonrió a Sara.

- Ven, siéntate a mi lado. 

Se cubrieron con la manta.

- Sara, ¿dejaste la editorial? Justo cuando estabas a punto de publicar tu primera obra. La que tanto amabas, que tanto compartimos y que yo te corregía. 

- No pasa nada, no tienes por qué entender, no hay respuestas. A veces simplemente pasa.

- No Sara, no pasa, la vida te ha dado una oportunidad. ¿Has seguido escribiendo?

Sara guardó silencio, temía que Carol le pidiera que le enseñase sus escritos. 

- Sí, he seguido Carol, claro que he seguido escribiendo.

Y se detuvo en seco, hubo un silencio tenso. Sara respiró, miró a Carol y continúo hablando

- No, no, claro que no. No sé qué escribir. Se me agotaron las ideas. Dime, ¿de qué podría escribir? Es así Carol, las ideas, a veces, son parte de un tiempo en tu vida. Las necesitas para expresarte, para transformar lo que te ahogaría si no pudieras escribirlo. 

- Pero los dos creíamos que éramos escrítores...

Se miraron a los ojos. Sara se levantó bruscamente y se dirigió hacia la cocina, aún llevaba en la mano el vaso de agua. Lo puso mecánicamente en el borde de la encimera de la cocina del loft, se resbaló y cayó al suelo salpicándola entera. Vió que tenía algunas gotas de sangre en los tobillos. Esto es ridículo. No sé qué hago aquí con ella, el tiempo mancha los huecos que no has vivido. De pronto te encuentras con tu pasado y crees que nunca se había ido. 

 - Cuando recibí la invitación para tu evento me sentí tan feliz por ti, feliz también por tener la oportunidad de vernos de nuevo, de poder verte y que me vieras, de contarte quién soy, de abrazarte, de darte la enhorabuena por tus éxitos. Celebrar contigo Carol. 

Sara bajó la cabeza, miraba la línea fina que separaba las losetas del suelo, no quería llorar. Le parecía injusto que después de tantos años, se repitiera de nuevo la misma conversación, el mismo empeño. Se sentía tan frustrada por no haber tenido la oportunidad de hablar de sí misma. No la veía.

Carol se retiró la manta y se levantó. Sara la miró con tristeza y fue hacia la habitación para traerle su abrigo y el bolso.

- ¿Dónde vas?- preguntó Carol sobresaltada- Sara, no me voy.

Sara se volvió, ahora tenía los ojos húmedos. Volvió al sofá y se sentó junto a Carol, se cubrieron con la manta y se abrazaron. 

- Carol, has sido mi gran amor. 

- ¿Eres feliz Sara?

- Ahora sí.

domingo, 8 de diciembre de 2024

CF


La sala estaba abarrotada de gente. No es que Carolina fuera una escritora consolidada, ni siquiera era conocida en el mundo editorial. De hecho, este era su primer libro y hoy lo presentaba en el Círculo de Bellas Artes.

Su padre la había animado a esta aventura. Sabía que escribía bien y que tenía material suficiente para una obra de autoayuda acerca del desamor.

Carolina estuvo siempre convencida de que es posible olvidar, dejar de amar, de que los sentimientos que nos ligaron a la persona que quisimos cambian a lo largo del desamor. Al menos esa había sido su experiencia. Sin embargo, le había costado mucho encontrar un hilo conductor al desarrollar su teoría, construir un recorrido sólido por donde desamar.

Le gustaba organizar eventos y este era especial, era la presentación de su obra. Estaba un poco nerviosa. No le gustaban las situaciones difíciles, sin embargo, no sabía muy bien por qué, en esta ocasión había querido invitar a participar a sus exes. Se le ocurrió sentada en su estudio, al escribir la dedicatoria. Mientras redactaba la nota pensaba en su vida, en quiénes habían pasado por ella. No era melancólica. Pensó en cada uno de los hombres que había amado y dudó, por un instante, quiénes ocupaban ese lugar de su vida. Se preguntó por qué algunos no formaban parte de ese grupo.

Sostuvo su recuerdo, el color de sus ojos y las últimas palabras que se dijeron y que había anotado en una vieja libreta aún guardaba en un cajón de su estudio.

Había enviado un mail a cada uno de ellos hacía unas semanas. Al clicar en enviar, sintió pánico y alivio al mismo tiempo. Ya es inevitable. A cada uno le había pedido que viniera a la presentación del libro y trajera una pregunta. Les explicaba que no buscaba nada formal, ni siquiera era necesario que lo hubiesen leído. No les había enviado tampoco un ejemplar por cortesía.

Siempre le gustaba tener todo controlado. Sin embargo, esta vez sabía que se le escapa la situación.

En la editorial le habían insistido en que la idea de hacer una presentación original podía echar por tierra la difusión y por consiguiente la venta, que una presentación formal era suficiente, que lo importante son los contactos Carolina, no necesitamos experimentos, tan solo dar a conocer tu libro, ni siquiera eso, es solo algo rutinario, ¿entiendes?

Pero por algún motivo que desconocía, necesitaba hacerlo.

La editorial llegó a plantearse incluso cancelar el evento poniendo cualquier excusa, pero no era sencillo. Estaba ya todo organizado, las invitaciones habían sido enviadas y estamos a dos días de la presentación Carolina. En la editorial no estaban seguros de cómo podría encajar esto con el marketing realizado. 

En la sala aún seguía entrando gente, el murmullo iba subiendo por momentos.

Desde el estradillo, de pie, sujetándose desde la delgadez de su traje de lino blanco que le había traído mamá de París y con un halo de tristeza en los ojos, pensaba que la suerte puede ser deshonesta, que el éxito es tal vez tener contactos.

Se detuvo en la blancura cibernética de las sillas de cuero, en las paredes blancas de pintura plástica, en los leds que pretendían crear un ambiente cálido y sintió que se ahogaba.

El rumor de las conversaciones fragmentadas fue fundiéndose en un ligero rumor que desapareció hasta quedar todo en silencio. La luz se fue haciendo más tenue, la sala estaba prácticamente a oscuras. Volvió a sentir que se ahogaba. Pensaba su vida, en su trabajo, en sus éxitos.

Los asistentes tenían ya la mirada fija en la escritora, el silencio era total.

Carolina se fijó en las cuatro sillas vacías que había reservado en la primera fila donde deberían estar sentadas sus exparejas. Sonrío con tristeza.

Luchó un momento con el sabor amargo de lo predecible.

-Señora por favor, no puede pasar. Le digo que el aforo está com
pleto.

Los asistentes se giraron hacia la puerta de entrada a la sala.

Una mujer de unos cuarenta años intentaba explicar con buenos modales al guardia de seguridad que tenía una invitación.

El guardia insistía en que no estaba en la lista.

- Le repito que aquí no hay ninguna Sara Serna...- el seguridad dudó y decidió quedarse en el primer apellido. El segundo era alemán y tenía miedo de no saber pronunciarlo bien.

Por un momento la mujer alzó la voz.

Desde donde estaba, Carolina veía la silueta de la mujer. Bajo del estradillo y se dirigió hacia la puerta. Había algo en ella que le resultaba familiar. Cuando estuvo enfrente y vio sus ojos reconoció la expresión cansada de su mirada. Lo recordó paseando juntos por el Retiro, se recordó a sí misma leyéndole poesías en la cama. Recordó mentalmente las últimas palabras que se dijeron.

Se miraron a los ojos, se vieron, se abrazaron.

La mujer cogió a Carolina por ambas manos y le preguntó.

- ¿Eres feliz?





lunes, 21 de octubre de 2024

Cíclopes

Avena, ayer nos miramos a los ojos. Juntamos nuestras frentes y nos reímos.

Nos divierte jugar a los cíclopes.

Así, tan cerca, nuestra cara desaparece y queda un ojo, gigante, redondo, único. Es imposible ver el resto de la cara, imaginamos que está, que rodea nuestro ojo compartido, porque mi ojo es el tuyo, el que veo y el tuyo es el que tú miras. Y te ríes con la boca abierta, enseñando tus pequeños dientes blancos, de leche.

Te parece tan divertido, que hay un momento que ya no sé si es tu cara la ríe. Me desorienta sentirte extraño, como si tu risa fuera la de un cíclope que se interpone en nuestro juego.

Entonces llamo a Ulises, tú apenas te fijas en mi voz porque grito en silencio, bajito, como cuando te dormías de aún más pequeño.

Me acuerdo de la otra tarde, cuando te busqué en los campos y me encontré montones de avena y reí yo sola. Creí que estabas escondido, que habías preparado un juego nuevo, que en nuestro universo ya no había cíclopes. Mientras, los puñados de avena que había cogido en mis manos, se me iban resbalando entre los huecos de mis dedos y yo no me daba cuenta, y seguía riendo alto porque pensaba que me escuchabas.

Pasó un rato, y me extrañó que no llegaras. Entoncés me senté a esperarte y dejé que se fuera la tarde y que llegara la noche y la luna y lo oscuro inquietante de no ver. A ti no te gusta la oscuridad.

Pensé que te habías marchado. Ulises tampoco había acudido a mi llamada.

No quiero tumbarme aquí a dormir al raso, sin estrellas ni luna. Yo quiero estar contigo Avena, pero me vencía el sueño, el cansancio de haber caminado con los cícloples. Hacía un poco de frío y no quería cobijarme por si aparecías. La noche sería más lenta y más larga esperándote.

Aún tenía los ojos abiertos cuando te vi. Llegabas heróico, tu pecho henchido de flores, la barba incipiente y la mirada futura. Detrás de ti venía Ulises, silencioso y pensativo, distraído. No traías al cíclope, tus dientes ya no eran de leche y la barba oscura había crecido en tu rostro. Me buscabas con la mirada, venías lleno de historias que contarme, tus aventuras. 

Yo quería salir a encontrarte. Me agaché, apreté en mis puños los copos de avena que aún no se habían escurrido y me escondí entre las espigas para que no me vieras. Y me dormí y soñé con nuestro cíclope y con que aún éramos en la tarde, los tres.

Te mueves entre las espigas, cruje el viento y te vuelves a mirarlo, con tu mano descuidada has dejado volar varios copos de avena. Me ves, nos miramos, sonreímos y vamos a encontrarnos. Estás cansado y me pides que te coja. 




jueves, 22 de agosto de 2024

Escribir

 

Avena, esta mañana cuando me he despertado, me acordé de que soñé que me escribías una carta. Me decías al empezar:

Querida nana,

Yo me emocioné al ver las letras torcidas, perdiendo el equilibrio y enseguida cogí papel de carta y mi pluma y me senté a escribirte. Al comenzar, me quedé pensativa, imaginando qué cartas escribirías a lo largo de tu vida. Recordé tu inocencia y el sentido de las letras que no son más que letras. Me puse a pensar en como, cuando crecemos, todo parece tener un sentido oculto. Pero de pronto te escuché desde mi habitación del tejado, subías las escaleras jugando a preguntar. Ponías un pie en un escalón y me hacías una pregunta, yo me quedaba un tiempo pensativa y entonces, cuando empezaba a responderte, ya estabas en el siguiente escalón y me preguntabas otra vez. 

Los significados de la vida cambian al pasar, igual que pasan tus preguntas inmediatas, como ayer cuando leíamos cuentos y hablábamos de que si los lobos entran en las casas y yo te explicaba que hay dos mundos, el mundo de las fábulas y el de los bosques. Tú llegaste a la conclusión de que no irías a los bosques de lobos y yo sonreí y recordé que yo siempre soñaba con ir a esos bosques, que nunca pensé en el miedo, tan solo en la fantasía de que la infancia se prolongase hasta toda mi vida.

Miedo a crecer y sin embargo tú, quieres crecer Avena. Te gusta descubir la vida y conocerla para entrar con cuidado en ella, a tu ritmo. 

Tú me recuerdas siempre cosas, me recuerdas al escribir esto, que yo no entendía con cuidado y que aún lo desconozco y me doy cuenta de que tu madre tampoco lo entendió. 

A veces Avena, el ansia por la vida nos confunde y solo queremos correr. 

Tal vez en algún momento de mi infancia me olvidé de crecer y así pude seguir soñando que en los bosques, los lobos llevaban gorras de lana con cuadrados azules y bufandas ceñidas al cuello.

Me gusta este modo que tienes de adentrarte en tu vida, tu manera lógica de no querer dañarte, cuando yo no me doy cuenta del daño que puede hacer la vida después de vivir. 

Somos tan diferentes Avena, a pesar de que tengamos la piel oscura en verano, casi en esta competición en la que tú siempre ganas, porque tú le gustas más al sol.

Me preguntaste ayer, antes de dormirte, si esta mañana me despertaría para escribir. Por eso ahora estoy en mi cama, contigo acurrucado a mi costado, para que no te despiertes y yo pueda seguir escribiendo.

Me pregunto, me respondo, sé que es posible escribir y leer cuidando Avenas, que existen siempre huecos para ser, una, entre los escalones de la escalera.

Ahora los gatos hacen ruido en el cuarto, tú sigues durmiendo, porque en tu corta vida has aprendido que dormir, es una tarea de dos, o de tres, porque tú apenas aún conoces tu cama, lo que significa dormir solo, que la mañana te sorprenda sin un cuerpo que te abrace.

Más días en tu vida de Avena menudo, en tu pequeña vida que se alarga por el tiempo de tus pasos. Creces en este ritmo inverso al de las palabras que escribes y que irán menguando según crezcas. Las palabras que reflejarán tu cara en el tiempo de los cuadernos que acabes, tal vez de tus diarios o de los amaneceres, cuando anotes tus sueños raros.

Y es que no sé por qué Avena, las letras se vuelven más pequeñas según el paso del tiempo nos alarga el cuerpo, las manos o el rostro.




martes, 20 de agosto de 2024

PD

Amada 1 y Ariadna abandonada en la playa

Querida amada,

Me abandonas en mi cuerpo.

Me has gritado en la playa como solo tú sabes hacerlo, en ese modo sublime en que me amas y te siento, tu voz aguda picando en mi pecho. El látido de la vida, del amor. 

Me has mirado con desprecio, y con miedo, me has mirado ya lejos, sin darte cuenta de que te habías ido, creyendo como siempre que tu cuerpo es presente, inmediato y continuo y lo venero porque es etéreo. Tu imagen impresente se empequeñece en tu partida. Yo me he quedado esta vez enterreda en la arena, los ojos se me llenan de tierra y de lágrimas, no hago ruido, temo que te vuelvas y te quedes, quiero gritarte también, vocearte y que te vuelvas por pena, sin compasión, por miedo a que me rasgue.

Te aterra mi amor despiadado, me lo has dicho susurrando, para que no te escuchase en la comisura de tus labios, cerrados. 

No me has besado, apenas te has despedido en el gesto rutinario. 

Ya no puedo mirarte, mis ojos están rotos y no pueden verte. 

Huyes, has comenzado a correr. No te veo. Sin embargo te veo, mis ojos de abandonada te vieron huir en el primer beso, llorado sin piedras, aquella vez, la primera.

- Te siento, ¿me sientes?, ¿me sientes?, ¿me sientes?, ¿me sientes?...

Tú no respondes, acostumbras a callar cuando quieres creer que podrás amarme, que me amas y que seré tu amada.


Se me han quedado los labios pegados y el sabor antiguo a metal de las desgracias, del sufrimiento anclado. Lloro piedras otra vez.

Estoy de rodillas, la arena me escuece y se me queda pegada en la piel. 

Me he quedado parada, quieta, invisible, desaparecida.

Me angustia que vuelvas y no podamos vernos. 

Me desmadejo, me diluyo, me desdibujo y soy vacío, esta nada que me calma y me aleja de ti mientras te dejo en el balcón, sé que tus ojos están fijos en mi espalda mientras subo tu calle hacia mi casa. No me vuelvo, si lo hiciera me quedaría parada y quieta, como ahora en la playa. Comprendo que ahora es la última vez, que no voy a regresar a tu casa. 

Me he quedado sola, ya sola, solente, solentada. 

Me has abandonado sin piedad.










Odiada 1 y la huida

Odiada,

Te saludo en la mañana de bocas secas y desprecios infundados. Me niegas como a un noser, consideras tus fracasos como parte de mi alma y la ensucias. Te restriegas en el borde de mis ojos como el cerdo, abominas mis manos que se estampan en los muros.

Quiero romper mis huesos y salirme, pero tú me llamas, me gritas desalmada, con la violencia interna que camuflas. Disimulas. 

Consideras que mi vida no merece admiración.

Desde tu piel oscura te regodeas en mi dolor. 

La desesperación.

He masticado tu miseria hasta tragarla, el confín de la caricia que por un instante querría retomar. 

La pasta de tu olvido se atraganta en mi interior. Apenas me ahogo cuando vas hacia la puerta, colocas tu mano en el quicio y me desprecias otra vez. Haces amago de cerrar dejando tus dedos quietos en el marco, las manos doradas que aún recuerdo amarte. Me crujen los huesos otra vez, me miro las manos y el dolor se vuelve insoportable. Me he roto, me he destrozado con el sonido seco de la lluvia. Deseo que caiga el agua, que la humedad me permita olvidarte, borrarte de mi vida en un segundo.

Te odio, siento intensamente que te odio, que deseo que salgas de mi vida, que desaparezcas y tú, antes de salir entras y buscas la caja de medicamentos, deglutes cada píldora sádicamente mientras me miras, y me envenenas, me devuelves en sonidos tu crujir de dientes machacando las pastillas.

Quiero salir y marcharme, siento la locura en mis gemidos en los lamentos sordos de este dolor físico que me desgarra. 

Y yo aún no quiero marcharme de ti, me arrodillo ante tus piernas y te suplico que me ames, que vomites tu amor de hiel en mi boca y yo pueda tragarlo.

Te odio, sé que un día cruzaré tu puerta, sin manos y sin brazos y que dejaré detrás todo este vacío que tú me has regalado y que volveré a ver la lluvia y que curaré también mis manos.

No me tocas. Me abandonas en el medio de mi entrega, con amor. 

Me abandonas en el medio de mi rabia y de mi odio, despreciando lo que no me rogaste, lo que te regalaba. Simplemente. 

Te odio y me marcho huyendo de ti, de la fatalidad de tu alma de la que me hablaron tus pastillas la primera vez que te follé, orgánicas, vegetales, química.

Vuelvo del hospital a mi casa, no me acompañas y me alivia, por primera vez. 

Te he visto. 

He decidido dejarte, no dudo, me marcho. De aquí.



Esposa y la espera eterna

Ayer te escribí una carta esposa. Te decía que todo sigue igual, que en casa te seguimos esperando, que nada ha cambiado y que por qué te fuiste. Me quedo paralizada, congelada en la pregunta. Sigo escribiendo.

It is the morning

La mañana sin ti.

Un día más de asma, la brisa de nuevo no alcanza el recorrido del aire, no puedo respirar esta mañana y salgo al porche. El aire hoy es pesado, no hace viento en el campo, aún no ha amanecido y ya es la mañana. 

Desde que te fuiste es difícil coincidir en el amanecer cuando me despierto y voy a la cocina, me preparo un té único y compruebo, otra vez, que es de noche. Y me pregunto cómo es posible que nosotras, siempre coincidieramos con el amanecer. 

La noche ha sido pesada, siento aún en la boca el sabor a metal, los ojos resecos. La taza me pesa en las manos, siento otra vez este peso de los días en la mañana. Me refugio en mi bata, sucia, con polvo de los últimos días. 

Esposa, te llamo.

- Esposa, abrígate, toma, mira. Tengo frío. - yo siempre tenía frío en la mañana. 

Te veo llegar, desabrigada y lenta, sin una taza de nada. Los perros han venido a saludarte. Los acaricias sin verme.

El viento sopla y yo, me diluyo.

Breathing is not what it was

Te pido agua.

Te pido aire.

Te pido ayuda.

Te grito y te nombro. No me oyes.

Me busco. Me he diluido en la sombra de tu palabra.

Miras hacia la montaña y me doy cuenta de que está saliendo el sol, de que estamos de pie, y te invito a sentarte.

Plomo, hierro oxidado.

Espero tu mano y recuerdo y te veo afanada en tu lentitud, en la repetición de andar la casa sin rumbo. Soñando con el día que se repetirá en recorridos por la casa.

Y yo no estaré.

The biggest lost 

La perdida.

Como no llegas he decido salir al campo y llamarte, de nuevo.

- Esposa, ven. Escucha, mira, ¿no? ¿sí?

Tú sigues caminando por la casa.

Yo me he ido, he salido y me he olvidado de dejar la puerta abierta. Los perros no se han escapado. Me doy cuenta de que llevo la bata puesta. 

Ha amanecido y se escucha el ruido del pueblo. Los coches arrancando, los pájaros en el cable.

Se te cae una taza y me extraño, a ti nunca se te rompe nada.

Te grito que si estás bien, que si necesitas algo, que si voy, que si me necesitas, me necesitas, necesitas que vaya, voy... y lo repito, y lo repito hasta que me duelen los dientes y con las manos, me aprieto la bata, y salgo de tu casa.

I did not go further

Cuando llego cerca del cementerio me doy cuenta de que estoy lejos de casa. El viento solo sopla en el plano ahí. Desde aquí veo la casa, rosa y descascarillada. 

Se me cruzan los recuerdos, se confunden en cruces eléctricos que me entristecen. Recuerdo los días pasados, caminábamos por la pequeña carretera llena de baches imaginando que esa era nuestra casa y nos preguntábamos, sonriendo, sí sería nuestra casa. 

Tengo ganas de caminar, más lejos. Se me ocurre que puedo pasear con nuestra perra. Vuelvo y entonces me acuerdo de que me he dejado la puerta cerrada.

Some kind of repetition from the memories

Aquí nada es lo mismo esposa. He intentado reorganizar mis cosas, pero no tengo espacio para todas. Siguen metidas en cajas. Me asfixia la pereza de este aire gris de arena. 

He quitado las cortinas para ver mejor el amanecer. 

Se me han caído las conchas que había metido en el bolsillo de mi bata. Me agacho a recogerlas una a una. Me pregunto qué veíamos al recogerlas. 

Siguen resecas, parece como si se dehicieran al tocarlas. Ahora todas me parecen iguales.

Voy a la coqueta de madera de roble y las coloco en fila, por tamaños, mecánicamente. Y me siento alienada en esta ausencia, que se repite sin conciencia de los días sin ti. No recuerdo que te hayas ido, que amanezca en tu casa, que no esté en la puerta.

I am not asking for sorry

Lo siento, lo siento tanto, estoy arrepentida, si pudiera volver atrás. Y te lo grito desde la puerta, sola, pero esta vez tú no has salido. Y me desespero y te vuelvo a llamar a gritos, hasta que se me rasga la voz. 

La mañana toma este color cetrino de los días de abandonos, el calor húmedo que reconozco, la sensación de irrealidad que lo rodea. 

Me quiero marchar, quiero salir de la puerta y abandonarte y marcharme digna, sin mirarte y me quedo otra vez aquí, paralizada en mi llanto interminable. 

No me duele el relato de mi vida, es el cuerpo el que se me rompe en el umbral de tu puerta, el dolor en el pecho que no me deja respirar. 

Me huele a olivos y me escuece el polvo de sus ramas y de sus hojas por dentro, sé que pronto vendrán sus flores blancas y yo no las veré transformase en olivas, sé que no te acompañaré esta vez en el agosto.

Intento consolarme y dejar tu casa sin mí. Tú estás dentro.

Licking the wounds

He cerrado los ojos, siento la arena y el polvo de los olivos y las piedras por dentro. Siento miedo. Camino despacio arrastrando los pies. Me siento pesada. 

Cuando estoy lejos de tu casa me detengo. Apenas puedo respirar. Me caigo en la tierra, seca, y el polvo se levanta. 

Me restriego los ojos con las manos sucias y me sacudo la falda, está llena de arena y barro. Me doy cuenta de que he salido descalza y en las plantas de los pies tengo esquirlas clavadas. Me arrebujo en mis propios brazos como si no estuviera sola. Quiero dormir y me vence el sueño, el sopor que me alivia y me sosiega. Me recojo y me quedo dormida así, en medio de los sembrados de almendras donde la tierra está rota y se me clava en los muslos. No me doy cuenta de si ya las ramas tienen flores.

The Alice in nowhere wonderland or Alice never was a princess

Princesas famélicas que se autolesionan.

Matarse de hambre en la cama.

Resecarse sin agua.

Tener frío.

Miedo.

Despertarse al dormirse sin ningún lugar a donde ir.

¿Dónde está el agujero?

I abandoned myself

Me voy a quedar en estos campos labrados para escuchar el sonido del tren. 

Cerca hay agua estancada. 

Escucho el viento seco que trae el campo.

Pienso que no quiero vivir y me pesa el segundo que transcurre desde que tomo aire hasta que lo suelto.

Callada, 

Dethrone

destronada de tus brazos y de tus lugares. Del cobijo de tus hombros anchos. De tus manos de seda que ya no me acariciaban, pero me recuerdan a ti. De tus pies desmadejados y tus huesos pesados e infinitos. De tus caderas estrechas que se suman, de tu cintura. Tu pecho de llanura donde descansar apenas era posible. Tu cuello en mis ojos, el cuello que he mirado discreta tantas veces. Tu risa. Tu cabello travieso que se ajustaba en mis dedos. Tu rostro, tu risa, la risa que caía de tu taza  cuando torpe, yo te llamaba y tú te sobresaltabas y al girarte, se te vertía el té en el suelo de terrazo de la casa.

Destronada.

The wall

Desde aquí puedo aún ver la casa, apenas distingo una figura.

Están construyendo un muro alrededor de la casa, con bloques de hormigón.Veo como suben superpuestos unos sobre otros. Como un telón hacia arriba. Como un puzle que empezábamos por el borde, para terminar en el centro.


...me abandonas.