jueves, 5 de febrero de 2026

PBS

 

Soledad, no me seas rencorosa
vuelve a la cama a abrazarme
con la alegría de vernos a solas.

Soledad, no me seas celosa
fue sólo un amor de verano,
lo nuestro es una relación seria,
madura, forjada con los años.

Soledad, no me des la espalda ahora,
no me dejes mirar en el techo
recuerdos de complicidades
o amores que son del viento.

Soledad, conquístame de nuevo,
tú que fuiste mi aliada
no me coloques espacios vacíos
ni piñas en la almohada.

Paula Bacariza


      - ¡Vamos Revelación! María está a punto de comenzar, no quiero perderme una sola palabra. Ayer no pudo terminar la historia, acuérdate. Nuestra Madre Superiora no permitió que siguiera leyendo. No comprendo por qué parece siempre irritada en la hora de la lectura. Es un momento de hermandad, de calor de comedor y restos de pan en la mesa, de silencio.


- De miradas, de suspiros, de imaginación, Queacer, de ficciones. – respondió Revelación.


Se ajustó de nuevo la cofia. Queacer se acercó por detrás y le colocó el velo, lo llevaba siempre retorcido y a Madre Superiora no le parecía correcto. Queacer se dio cuenta enseguida y se le escapó un gemido.


- Sí, me he vuelto a rapar. – dijo Revelación antes de que su compañera de celda abriera la boca para increparla.


Queacer bajó la mirada al suelo, no quería inquietarla, aunque le preocupaba que un día Madre Superiora tomase alguna medida drástica.
Se estaba levantando otro convento y sabía que pronto se necesitarían allí religiosas. De nuevo organizar las tierras para la labranza, la limpieza inmaculada, vestir a la virgen y volver a coser. No quería pensar en la posibilidad de su ausencia y sin darse cuenta, se distrajo con el dibujo infinito del terrazo gastado de años.


- ¡Vamos, Queacer! - ordenó con suavidad Revelación mientras cogía suavemente a su amiga del brazo. - Vamos ya.


Subieron en silencio las escaleras del comedor donde aguardaba ya la comunidad. Quedaban dos sillas libres. María tenía el cuaderno abierto en las últimas páginas, la historia de Camila terminaría hoy, tal vez antes de la hora de lectura. No habría más historias esta noche, en la Comunidad nunca se comenzaba el siguiente relato cuando Llanos, como la llamaban las monjas más cercanas a ella, terminaba una historia. Se levantarían y recorrerían hoy, sin colocar las sillas en las mesas, los pasillos de vuelta a sus habitaciones. Madre Superiora nunca decía nada en las noches que los cuentos llegaban a su fin, se marchaba también silenciosa y se recogía después de dar las buenas noches a cada una, celda por celda. Revelación sentía que lo hacía para vigilar que cada mochuelo estuviera en su olvido.


- Buenas noches, compañeras. - dijo Llanos mirando a su auditorio desde sus ojos casi transparentes. Siempre la mirada nublada, siempre como queriendo alargar el saludo, abrir una amable charla y comentarse. Pero callaba, la mirada inquisidora de la superiora la paraba, aunque sin intimidarla. Elegía siempre bajar la mirada, y poder continuar leyendo a sus hermanas, escribiendo, mejor dicho.

Llanos sabía que superiora no aprobaba sus historias, sabía que le molestaban y esperaba cada vez, la posibilidad de que fuera la última. 

Después de un silencio intencionado, que Llanos guardaba cada noche, antes de la lectura, continuó con su historia de Camila.


- Aquel día, mientras escuchaba el sonido agudo del tren alejándose en la superficie de las vías, era la primera vez que lloraba.
Camila cogió la maleta con su mano, al levantarla la sintió fría. Se dio la vuelta, sin saber aún por qué había dejado marchar aquel tren.


Hubo un silencio prolongado y denso.

Cuando Llanos levantó la vista del cuaderno, parecía cansada, lejana. Las demás la miraban expectantes, deseando que siguiera, que ese no fuera el final, que Camila se subiera a aquel tren, que no se diera la vuelta, que no regresara a la aldea. Pero nadie se atrevió a seguir aquella frase.
Se escuchó el crujido de la tela almidonada del hábito de Felicidad, que sacó a las demás de su ensimismamiento. Se fueron levantando poco a poco, una a una y fueron saliendo del comedor en dirección a sus celdas. Madre Superiora se dirigió a su mesa pequeña donde organizaba las cuentas del convento y se sentó con sus cuadernos. Al rato se levantó, metió la silla en la mesa después de ordenarla y bajó las escaleras que llevaban a las celdas para recorrer las habitaciones deseándoles que descansaran, como hacía cada noche.
A la mañana siguiente se encontraron en el coro, al terminar la oración y después del desayuno, cada una se encomendó a sus tareas diarias.
En el convento se rotaban semanalmente los trabajos. Madre Superiora organizaba las tareas equitativamente, procuraba que los grupos no se repitiesen y todas las mañanas repartía atenciones, cuidados, consejos y a veces algún dulce. Era justa, formal, inquisidora y también resentida.
En su rutina diaria, la Madre Superiora recorría cada rincón del convento supervisando, vigilando decía Revelación a Queacer, vilando querida, vigilando, y es posible que esa fuera la intención, pero en cualquier caso, era vigilancia.
Esta mañana se quedó merodeando la zona de labranza, hacía calor y en esta época del año era duro trabajar fuera, a pesar de que aún era temprano. Se dirigió a María que hoy le había tocado trabajar la tierra y la llamó.
- María, ven por favor, me gustaría hablar contigo. – dijo la Superiora.
María levantó la cabeza, le goteaba el sudor por la frente, estaba acalorada y tenía el rostro sonrosado. Miró hacia la monja, dejó los aperos en el suelo y se quitó los guantes de laborar. Se incorporó con algo de dificultad y se colocó frente a ella.
- Dígame, Madre.
-Vamos a caminar, María.


Se alejaron de la zona de labranza por el sendero, desde los huertos hacia el convento. Caminaban despacio y aún en silencio.


- María, he estado pensando, mucho y te reconozco que me cuesta, que no sé bien si me estoy equivocando. Medito y pido en mis oraciones iluminación para ser justa y obrar certeramente. – hubo un silencio extraño, como el que flotó denso en el aire mientras Camila, inmóvil en el andén, escuchaba el sonido del tren al arrancar y sabía que las puertas de los vagones ya estaban cerradas. – María, ¿me estás escuchando?
A María le resonaron las palabras de la Superiora como venidas de lejos y se le encogió el pecho. Recordó cuando decidió ingresar en la orden, cuando pasó por aquella puerta con su vestido de flores diminutas y su bolsa de viaje. Ya se había cortado el pelo. Llevaba la mirada expectante y se sentía alegre, plena. Sentía realmente la vocación.


Se llamó Bárbara, ahora era María de la Llanura, cuando llegó al convento le dijeron que podría mantener su nombre, que era nombre en sí de religiosa. Ella consideró que estaba demasiado manchado de mundo y decidió abandonarlo sin olvidarlo.

En el convento nadie sabía de su vida, que era madre, realmente, ella casi lo había olvidado, apartado más bien. Llanos no sabía que su esposo la buscaba desde hacía meses, ni que habían denunciado en la policía su desaparición. Claro que ninguna podía imaginar algo así, porque Bárbara llegó al convento feliz y parecía tener más vocación que las demás, a pesar de su mirada melancólica y de los finales tristes que se repetían en sus historias de mujeres que dejaban pasar el amor.


Llanos no recordaba a Bárbara, había olvidado los recuerdos y no reconocía aquel cuerpo, en su cuerpo de ahora. No hablaba mucho y siempre parecía cansada, sin embargo, a menudo estaba llena de ganas, rozando a veces la euforia. 


- María, he recibido una llamada desde la capital. Están buscando a una mujer, concretamente su familia, su esposo y sus hijos. Desapareció el 13 de octubre, más o menos cuando tú llegaste al convento, ¿recuerdas?


- Madre...- y Llanos se quedó sin palabras. Su mente se iba, sus pensamientos...Ángela, Ángela...caminó hacia la casa de su madre entre los árboles, estaba exhausta de haber caminado toda la noche...Madre, ¿puedo retirarme? Necesito escribir, tengo una nueva historia para las hermanas. Por favor, madre, volveré esta tarde y terminaré mis labores en el huerto. - y salió corriendo.


La Superiora no pudo decir más. Ese ímpetu de Llanos, que ponía también en sus lecturas nocturnas, se lo llevaba todo. Además, y por primera vez, sintió tristeza por aquella mujer. Mientras la miraba correr hacia el convento, comprendió que tenía que encontrar la manera de que abandonara la comunidad. Sabía que la presencia de Llanos causaría desorden, que la armonía se rompería, caos... Caminó tras ella hacia el convento, pero la figura de María se perdía en la distancia, corría.

Al llegar al convento, superiora entró en su despacho, cogió el teléfono y marcó el número de la policía local.


- ¿Es la policía? Me gustaría informar de algo que tiene que ver con la desaparición de la mujer, de Bárbara Méndez, la esposa de Cebrián Méndez, el concejal, aclaro. - y se quedó quieta, como congelada. Colgó el teléfono cuando la policía tomó nota y le confirmó que se ponían de camino. Después sacó el cuaderno donde llevaba la contabilidad de la comunidad y se dispuso a registrar los gastos del mes.


Mientras tanto en el huerto, Felicidad miró a sus hermanas, inmóviles, también desde ahí ellas veían aquella sombra diminuta que se perdía entre el polvo, sentían su desespero. 


- Vamos, a trabajar hermanas, a terminar las tareas. Nada nos distrae a nosotras de las vidas ajenas. Cada una con su historia, con sus pasados, también nosotras los tenemos. – y se secó el sudor de la frente antes de inclinarse para seguir removiendo la tierra.

- Arrepentimiento, ¿qué estás mirando? ¿Qué buscas? Olvídala y recoge el abono, los pájaros ya están llegando. 

Miró hacia el cielo, se podía sentir el atardecer.


- Felicidad. - respondió Arrepentimiento.


- ¡A callar! A callar hermanas, dejemos a la vida que siga.


- Yo siempre supe que había algo extraño detrás de esas historias. Nos ha engañado con su candidez actuada, no es lo que parecía, ya os lo dije desde el principio. Tiene que marcharse. Desde esta noche no habrá más historias. - habló Arrepentimiento a las monjas alzando la voz. Había en su mirada una cierta satisfacción lujuriosa.
- Arrepentimiento. - insistió Felicidad. - Estás hablando conmigo. Yo ya soy vieja y no me increpa tu bajeza, sé lo que hay detrás de tus silencios, de tus miradas vigilando a las hermanas. Sí, te he escuchado alguna noche, tus infames delaciones. 
Queacer se pegó a Revelación, sintió cierto miedo, inquietud. No sabía cómo decirle sin ser escuchada, que se te ha movido el velo querida, que se ve un poco tu cabeza rapada. Afrentas, y más afrentas que nunca se atrevía a nombrar. Queacer la quería tanto, la necesitaba para seguir, para superar el agotamiento en la mañana, el desaliento de empezar de nuevo un día más. Nadie como Relevelación era más visible. Ninguna imaginaba que habría algo escondido tras su rostro. Su cuerpo, vestido con el hábito y la cabeza cubierta por el velo, se presentaba aún masculino. Era grande, tenía musculatura y su cuerpo fuerte y corpulento se significaba ante los demás, pequeños junto al suyo o delgados o curvados.
Revelación trabajaba y producía más que el resto de las hermanas, su fortaleza le permitía seguir sin descansar apenas. Las ayudaba cuando sentían el agotamiento bajo el sol. Nunca ocultó su origen, nunca disimuló que ella sí había disfrutado en las verbenas de la aldea, de donde llegó. Su caminar hombruno se distinguía entre las demás, era única, diferente y lo sabía. Nadie le preguntaba nunca nada, la respetaban y la querían. Sin embargo, Queacer sabía, podía escuchar su inquietud en la noche, la tormenta en su pecho, la rabia y las ganas de decir que basta ya, que una comunidad no tiene jerarquías, tiene tareas, misiones, trabajamos para la casa de todas y no tenemos que obedecer tus órdenes, que me voy, sí Queacer, que no puedo más, que yo no salí de la aldea para entrar en otra cárcel. Me voy y se quitaba el velo, su cabeza rapada mirando hacia el pasillo parecía aún más grande y la sombra de las rejas alineándose en su cuerpo. Después de estas crisis siempre volvía a la cama, pero ya ninguna de las dos podía volver a dormir. 


De pronto, algo imperceptible hizo que todas se incorporasen, parece que va a llover, este viento, que siempre me molesta, me duele la cabeza. Revelación puso su mano en el hombro de la compañera.


Desde el campo, donde estaban, podían ver el gran edificio de su piedra, su casa. Se percibía desde la distancia cierta agitación. Varias hermanas se habían asomado a las ventanas, un coche se aproximaba a la verja del convento y en ese momento, Bárbara se desplomaba desde la ventana más alta del edificio y se escuchó el suspiro ahogado en coro de la comunidad, mientras la superiora abría las grandes puertas de la cancela, dejando paso al coche conducido por un hombre. Dos niños de unos diez y doce años iban sentados detrás. Sus miradas expectantes buscaban el rostro de su madre.


- Buenos días don Luis, pase por favor, puede aparcar allí, bajo los árboles. - le indicó superiora. 


El coche avanzó levantando polvo.


- Cerrad las ventanillas niños. El polvo está entrando en el coche.


- Pero papá, es que hace mucho calor. - respondió el chiquillo de doce años mientras el pequeño lloriqueaba.

- ¿Vamos a recoger a mamá?


- Papá, ¿crees que mamá querrá volver a casa con nosotros?


- Calla Andrés. - respondió el padre conteniendo el grito. - A callar los dos. 


El campo ardía y ningún pájaro sobrevolaba el plano. En los huertos, las cuatro monjas que habían acompañado a María aquella mañana, con la mirada suspendida y sin habla, entendían que algo grave estaba pasando. Nadie lo mencionaba.

Llanos yacía muerta en el suelo, yo la vi caer y se mordía los labios para no llorar delante de las demás. Alguna creyó que se mareaba, es el calor.

Me voy, ¿qué? Que me voy, no por favor. Acordaos cuando llegó con su falda de colores, sonriendo, parecía feliz. Pero yo lo sabía, lo supe siempre, su mirada falsa ocultaba algo y ahí lo tenemos. Tiene que estar muerta, su pobre cuerpo no habrá podido resistir el impacto. La vida se para así, en un golpe imprevisto, un accidente. No, no es un accidente. Ha ofendido al orden, a lo que debe ser. ¿Y la libertad? ¿La libertad? Ofendes. No puedes callarme. Libertad para saltar, para irse y no decir adiós, para callar las palabras prohibidas. Calla, mancillas con tu discurso. Vete. No, no te vayas. Ya se ha ido. Nunca estuvo. Pero llegó. ¿Y ahora qué? Ahora nada, a seguir. ¿Trabajando? ¿Qué estás diciendo? Se ha quitado la vida, mírala. Veo su sangre desde aquí. Esa no podrá ya descansar en paz. 

- Me voy.

- No.

- Adiós.


Sonó la sirena de la ambulancia, ya es tarde, sí. No creo que nos veamos más. 

Un sollozo sordo que no pudo escucharse. Un llanto infantil en la lejanía. Volvió a levantarse el polvo. El coche parado, el tiempo parado.


- La culpa la tiene esa maldita manía de escribir. - gritó cualquiera. 


El convento no tenía muro, tampoco valla.

Revelación tiró el velo, se desnudó dejando ver su verdadero rostro, caminó a través del campo, llevaba siempre debajo del hábito, los pantalones con los que había llegado al convento. No miró hacia atrás. Queacer lloraba y deseaba marcharse y descansar junto a Llanos.

- La tragedia encubierta.

- Cállate, blasfema. 


Felicidad la seguía con la mirada, caminado en dirección opuesta al convento, sabia.

- Vamos, hay que recogerla y prepararla para que la familia se la llevé. Querrán velarla. Superiora tendrá que preparar la documentación. - dijo sin emoción, Felicidad.
Tomó a Queacer del brazo y la levantó con amabilidad del suelo. Le sacudió el polvo del hábito y la invitó a caminar de su brazo. Queacer parecía en ese momento más vieja. 
Arrepentimiento se adelantó. Quería llegar la primera.


Las monjas que hacían ese día las labores dentro del convento bajaron a verla. Nadie se movía, nadie decía nada. Solo cuando el rostro de Bárbara se manchaba con el polvo que levantaba el viento, alguna rompió el círculo y dejaron de mirarla. Mecánicamente se acercaron y entre varias la alzaron del suelo, su cuerpo adelgazado pesaba. Nadie se quejó. Una abrió la puerta para pudieran meterla dentro. 


La comitiva que volvía del huerto se detuvo al escuchar el chirrido de la bisagra. Habían llegado tarde. Alineadas frente al edificio, detenidas, se escuchaban los poros de sus frentes que goteaban sudor y cansancio. Nadie se dio cuenta de cuánto tiempo estuvieron así.


La mancha de sangre se mezclaba con la arena. Una salió del edificio con una escoba y lo barrió meticulosamente, hasta que no quedó rastro, estirando el albero, dejándolo pulido y plano.

martes, 26 de agosto de 2025

Soñando con ser maquinista


Esta mañana hemos cogido el tren. Al llegar a la estación me has dicho que de mayor quieres ser maquinista. Yo me he reído imaginándote en la cabina, muy serio y concentrado, con un bigote negro muy bien peinado. Imaginaba que iba cada día a la estación y te decía adiós desde la plataforma, tú cogías tu bolsa con el desayuno que yo te había preparado y me sonreías sin verme. 

Desde que has crecido es así y yo ya me he acostumbrado. Tú mirada se ha marchado a las cosas y a mí ahora me ves con las manos o cuando apagas la luz de la habitación y te duermes.

Ahora, cuando te despiertas temprano, sales a caminar. Yo sé que hace frío y que te gusta. Tu cuerpo ahora es fuerte y guardas tu calor, que no puedes compartir. 

Me dices que nunca tendré frío y yo te miento, porque cuando conduces atravesando los raíles, lejos de casa, me tapo con la manta que tenemos siempre en el sofá y bebo las infusiones que hemos recogido antes en las rocas. Te miento porque no quiero que te pese mi soledad y mi dolor de haber pasado tus días, porque no quiero que sepas que ahora me parece que me queda menos tiempo y que me despierto antes porque no quiero olvidarme de tus ojos cerrados cuando duermes.

Esta vez me dices que vas viajar más días, que tal vez no vuelvas hasta dentro de semanas. No he podido preparar más desayunos y tú has cogido la bolsa que cada día te llevo como si un día fueran los demás y pudieras guardarlos en esta bolsa, que tú todavía tomas de mis manos sin verla. 

Hoy me he quedado más tiempo hasta que ha arrancado tu tren y he vuelto a casa despacio. No quería pensar ni soñar contigo, ni tampoco recordar los días en el arroyo, ni cuando llegaste al mundo cubierto de avena y tu madre te tomó en sus brazos y te lamió y me miraba respirando y yo no podía verla. 

A veces es así Avena, nos miramos sin vernos mientras nos recordamos antes, cuando éramos tan solo dibujos detenidos en el tiempo. Como ahora que me estás diciendo que serás maquinista.

De pronto te miro y se me diluye el sueño de la estación. Me llamas dos veces porque otra vez me he quedado en mis pensamientos. Sé que te irrita y yo sé que no puedo evitarlo. Tú aún no te das cuenta de que yo a veces también me olvido de tu presencia, aún no sabes que a veces nos paramos en una nada extraña que detiene el tiempo y lo perdemos, como tú perderás hoy este tren que estamos viendo. Tú en la cabina con tu volante y yo diciéndote adiós aún, con mis manos vacías. 

Me vuelves a tirar de la mano para que avancemos. Tu madre nos ha visto y nos llama. Ha venido a recogerte. Lleva en la mano un paquete de papel y te hace señas. Sonríe y tú corres porque adivinas que ha traído tu dulce preferido. Te adelantas a tu boca pegajosa y llena de azúcar y te ríes a carcajadas sabiendo lo que va a pasar. Que iremos después a jugar con los niños y que acabarás exhausto mientras nosotras nos sentamos terminando la mañana, en silencio, sin mirarnos.

Hoy no dormiremos juntos. Sin embargo lo has olvidado y me preguntas si vamos a coger este tren, ¿el otro?, ¿el de allí? e insites en que tú quieres viajar ahora en tren sin recordar que hemos salido para que juegues con los niños.

Eres así Avena, te olvidas de lo siguiente cuando estamos en las cosas. Es lo contrario a mí, y también a tu madre que las dejó detrás, en la entrada de la casa donde solo crecía la pequeña maleza. Ella quería vivir en la arena, jugar entre los animales o dormir destapada. Decía que el viento le contaba historias y que de mayor quería ser pájaro. Yo miraba al cielo y la veía ahí, mirando la luz que traía insectos, pequeñas aves amigas y el espacio amplio. Me sentaba en un poyete y tejía con las lanas de colores todas estas mantas que ahora no nos caben en nuestra casa y que tampoco nos sirven para nada. 

Me repites que de mayor quieres ser maquinista. Yo no traigo la bolsa con el desayuno, tu madre nos está llamando
desde su rostro amplio sonriendo.

- Vamos Avena. - te digo al tiempo que me tiras de la mano y me sacas de mi ensueño. 


jueves, 21 de agosto de 2025

LDARF

Cuando salió de la pequeña cabaña al amanecer sintió un nudo en la garganta, al cerrar la puerta se detuvo para observar cada grieta, la erosión que la humedad había dejado y se recordó puliéndo la madera con sus manos para volverla joven. Extendió la palma sobre la cancela y se despidió. Antes de volverse escuchó la voz de su madre que la llamaba por su nombre.

- Blanca, adiós.

Su madre nunca se había despedido de ella porque cada vez que salía para ir hacia el bosque, sabía que iba a volver. 

Esta vez no sería así. Se habían dicho adiós la noche anterior en la ceremonia de ayahuasca, la hicieron en círculo con la comunidad. Cada vez que alguien abandonaba el bosque, la pequeña población de la sabana se reunía para acompañarla en este viaje de ida. Después del rito, los más jóvenes salían a limpiar el camino que llevaba a la ciudad, parecía que lo pulían. Retiraban las piedras que se habían acumulado desde la última vez que alguien había salido de la aldea y en cada guijarro veían sus pasos avanzando. Recogían las hojas caídas, las secas y las verdes y las llevaban a la compostera para que volvieran a la tierra. A la mañana siguiente, antes del amanecer, se levantaban para comprobar que el camino seguía limpio y de no ser así, porque el viento de la noche lo había llenado de polvo, lo volvían a barrer.

Después de terminar la toma se escuchó el aullido del saraguato. Este fue el motivo por el que aquella vez nadie pudo dormir mientras hacía efecto la medicina. Cada uno mantuvo los ojos muy abiertos mirando hacia la maleza. La noche era oscura y la vegetación espesa permitía tan solo escuchar los sonidos entre las ramas, los pasos de algún depredador, el vuelo de un insecto o el movimiento de las alas del pajaro aún adormecido. La selva entonces se iluminó, un fulgor fosforescente impregnó las hojas y las ramas de los árboles, los altos troncos. La cúpula estelar que hasta ahora les había alumbrado se ensombreció con la luz que desprendía el bosque y pudieron ver entre las hojas los animales que antes escuchaban. 

La luz les cegaba y sin embargo mantenían los ojos muy abiertos.

- Blanca, adiós. - La voz de la madre se escuchó en el claro y resonó a través de la humedad.

El olor de los árboles comenzó a hacerse denso y se podían distinguir las diferentes especies según el aroma que estos desprendían. Todos los presentes escucharon el crujir de la madera al incorporarse la hija. Seguían igual, las mismas posturas, los mismos gestos, los ojos abiertos.

La madre se acercó a la hija y la besó en los brazos. La hija estaba en calma, con su quietud desaceleraba el corazón de caballo de su madre. A Blanca le latía el pecho que se le movía hacía fuera como una escultura, impulsando y retrocediendo. Los ojos grandes y oscuros de su madre la observaban. En ese momento Blanca giró la cabeza al escuchar un gemido, resopló y con sus crines movió las fosforescencias del aire dejando una estela que semejaba a la cúpula celeste. El bosque volvió a llenarse de estrellas mientras se apagaba la floresta. El viento dejó en su cabeza el frío que anunciaba el amanecer, irguió su cuello, se volvió hacia la selva y galopó velozmente atravesando la espesura y dejando un hueco de hojas pisadas a su paso.

La madre volvió a la casa y se acostó. Se despertó antes que los demás, la nieta siguió dormida incluso después de que saliera el sol. La noche había transcurrido en paz. Poco a poco cada uno de los integrantes de la ceremonia había ido saliendo del círculo y despejando el claro. Dejaron el bosque a solas y el amanecer les llegó ya en sus cabañas. En la aldea había familias, otras personas, como Blanca, no compartían habítaculo. 

La madre aún vio a su hija abandonando la tierra y en la distancia distinguió como Blanca levantaba la mano y decía adiós a su madre. No la había besado.

Tardó dos días en cruzar la sabana, durmió al raso y el verano fue amable con su descanso. En la naturaleza la reconocían y la respetaban. No tuvo miedo, no tuvo inquietud y estuvo alerta durante todo su viaje. Fue reteniendo el olor de cada árbol en su cuerpo hasta que no hubo espacio para más, sintió tristeza, aceptó que no podía retener el aroma de su casa y siguió respirando.

Llegó al final del campo, de los árboles y de la fauna. Cerró los ojos y grabó la esencia de los árboles en su cuerpo antes de salir del hogar.


Tenía el pelo ondulado y color champán, el sol destelló en su cabello al salir del avión. Se quedó extasiada mirando la pista de aterrizaje del aeropuerto. Alguien le dijo por detrás:

- Señorita, por favor, la rampa está despejada, puede usted bajar. 

- Uma perda. - Respondió Blanca. Y se quedó mirando a los ojos de la azafata.

- Baje por favor, ¿está usted bien? - La azafata pensó por un momento en llamar a la asistencia médica. - ¿Se encuentra bien? - Sí, sí. Disculpas. - Le respondió con su bello acento chileno heredado de su abuela. 

Bajó las escaleras y cuando puso el pie en el asfalto del aeropuerto madrileño, sintió de nuevo los olores de los árboles y se preguntó si existirían ni siquiera en esta tierra, si volvería a olerlos. Escuchó el trote del venado en la noche, el aullido del lobo y el canto del colibrí. 

Entró al autobús que esperaba a los pasajeros de su vuelo y que les llevaría hasta la puerta de acceso al edificio.

Estaba agotada, llevaba dos noches sin dormir, tres días viajando, había hecho escala de doce horas en Lima, se había olvidado de comer, había comprado un abrigo y se sorprendió buscando souvenirs para Violeta cuando no sabía el tiempo que iba a pasar hasta que volvieran a verse. 

En su cabeza una mirada, en su cuerpo un impulso, el de salir, el de vivir y buscar, correr, creer. Porque así era Blanca, miraba de frente a la vida, creía. Se sentía libre, a pesar de que sabía que alguien después de ese amanecer, la estaba añorando intensamente.

Cruzó la frontera, no le costó encontrar la boca del metro, llevaba poco dinero porque había enviado todos sus ahorros a la mujer con la que iba a vivir. Era algo frecuente en Brasil, el cambio, debido a la inflacción era muy desigual y si tenían a alguien de confianza en el país de llegada, preferían hacer el cambio de moneda de modo privado. 

La casa donde se alojaría estaba en un barrio popular de Madrid. Realmente en aquel momento estaba convencida de que esta ciudad la llamaba desde su pasado. Su abuela era española y había emigrado a Chile durante la Guerra Civil, se instaló en Santiago y no volvió a pensar nunca más en España. Cambio su acento y así se lo legó a su nieta. Blanca creía firmemente que el espíritu de su abuela muerta había vuelto a casa y la encontraría ahí, en las calles estrechas y caóticas del barrio de La Latina del que siempre le había hablado, como si fuera lo único que guardó en su memoria, porque era lo único, el resto lo había olvidado.

También en su interior, Blanca albergaba la esperanza de conseguir fácilmente la nacionalidad. Había leído acerca de una nueva ley de Memoria Histórica en España que facilitaba el pasaporte a los nietos de republicanos exiliados. 

Desde su móvil con conexión aún brasileña llamó a la mujer, tuvo que insitir varias veces pues parecía que no había buena cobertura. Sentía frío y el abrigo que había comprado en Lima estaba guardado en una de las maletas. Traía dos, una grande de color naranja, que era dónde estaba el abrigo, y otra un poco más pequeña que era ya vieja y de la que había estado a punto de deshacerse en varias ocasiones. 

- Sí, dígame, dígame. - Preguntó insistente la mujer que fue a asomarse a la celosía del tendedero cuando escuchó que Blanca le decía que había llegado. - ¿De qué color vas vestida? - le preguntó.

Hubo una pausa, la mujer volvió a preguntar. Blanca se miro la ropa que llevaba puesta. - Marrón. - respondió.

La mujer se dijo con calma.

- Espera ahí, te veo, bajo a buscarte y te ayudo con las maletas. 

Entraron en la casa.

- ¿Cómo estás?, ¿tienes hambre? Estarás agotada, ¿quieres acostarte? Ven, te enseño tu cuarto a ver qué te parece. Lo he limpiado y he vaciado el armario. Dime si necesitas más espacio. 

Blanca se asomó por la ventana de aquel piso noveno y vio la carretera, las aceras de adoquines y los árboles talados por las copas intentando brotar. Ese día de la primavera había bruma y el aire no era claro. Hacía frío.

- Estoy cansada, pero no tengo ganas de dormir. Me gustaría comer algo, soy vegetariana. 

Por suerte, la mujer tenía en la cocina una tortilla de patata y algo de ensalada. Lo llevó al salón y se sentó con ella para acompañarla mientras le seguía haciendo preguntas.

- Perdona, no te estoy dejando aterrizar. A veces hablo demasiado y tú estás agotada. Te dejo en silencio para que abras tu maleta y te organices. Dime si necesitas algo por favor.

- Gracias. - Respondió Blanca con la mirada lejana. - Gracias.

El cuarto era de su hija, tenía una mesa blanca ya gastada y una cama nido. No era perfecto, pero tenía un armario grande donde le cupo todo lo que traía y la casa era acogedora. Se sintió bien, segura y sonrió cuando pensó en la mujer. Abrió su cuaderno de viaje y dibujó una yegua galopando por un camino estrecho y pulido, cerró los ojos para no recordar y comenzó a escribir. 

Día 1, 3 de marzo de 2023

Sigo caminando entre sumas y restas...

La vida transcurría sin rutina para Blanca. Se encontraba con la mujer en el pasillo de la casa donde comenzaron a charlar, a tener intensas conversaciones sobre temas profundos. Aprendieron sus diferencias y Blanca observó como esta mujer tenía una gran curiosidad por aprehender. Se gustaron con el tiempo y comenzaron a sentirse bien juntas.

Blanca salía a pasear a un parque cercano, era muy grande y allí podía caminar sin ver el final. En general, todos los espacios verdes por los que había paseado hasta ahora tenían límites, se veían edificios, estaban sucios. En España se fumaba mucho y había colillas por todas partes, incluso en zonas infantiles.

Pasaba los días en su ordenador solucionando papeles, buscando trabajos que tuvieran que ver con su formación, haciendo búsquedas exahustivas siempre en busca de conexiones, alianzas, contactos. Envió currículos a empresas, a organizaciones culturales. Buscó residencias de arte, formaciones y becas para másteres. Recibía alguna respuesta, hizo alguna entrevista y siguió buscando. 

Los días pasaban, llevaba más de un mes en Madrid. Conoció a algunas personas y siguió buscando trabajo. Sin embargo su búsqueda se torno en una espiral que siempre terminaba en el mismo sitio, necesitaba papeles.

Al cabo de tres meses dejó Madrid para irse a Barcelona, dejó allí también la presencia de su abuela, aunque deseaba que la acompañase en su camino. Se despidió de esta mujer que la había acogido con recelo al principio y a la que guardó en su corazón porque era honesta y la había cuidado. Ambas siguieron en contacto y Blanca volvió a la casa un par de veces, con su hija. 

Al cabo de los meses recibió un mensaje de voz de la mujer. Parecía serena y le decía que tenía el corazón roto. La ruptura con su esposa era ahora definitiva y estaba escribiendo un libro. Le pedía un testimonio que tratara del desamor. En el audio le explicaba que necesitaba referentes, información, alivio y ayuda para entender que el desamor pasa, que sucede, pero que se recorre hacia adelante hasta llegar a otro destino.

Blanca recordó su vida, cuando el padre de su hija le dijo que se marchaba, que era por el bien de las dos le decía y que estaría pendiente. Recordó su soledad y como sobrevió a la vida con su hija de la mano.

Se acordó de María, que había llorado en el aeropuerto de Brasilia y que solo por su amor había podido sonreír cuando Blanca cruzaba el control policial. Seguían juntas, pero sabían que pasaría muchísimo tiempo hasta que volvieran a encontrarse, que tal vez en el próximo abrazo sus cuerpos no fueran los mismos y se reconocieran tan solo en la presión amable de sus brazos. La quería, la echaba de menos. 

Sí, claro que fui amada y amé. Amé mi libertad sin huidas, amé el valor de la verdad y amé mis pasos. Amo mi camino a veces pedregoso y recuerdo desde el desamor la senda pulida y limpia por donde dejé la aldea. 

El amor para mí, querida, es un tránsito de vida y de valor. Caminar con quien te acompaña y te cuida. 

Claro que quise apegarme, claro que intenté engañarme ofreciéndome desamores y abrazando aún los que no reconozco porque están por llegar. Sí, el desamor duele, pero es parte de pasar. Yo siempre he amado desde el respeto a mí misma y he sabido quién soy. 

Mi dolor fueron las bridas que me puso la vida, pero seguí galopando. Mi desamor fue el mi pueblo, el lugar que todavía hoy puedo escuchar en el silencio de la noche. Perder el verde y el aroma de la selva, cargar con ese abandono, saber que algunos árboles mueren y yo no podré despedirlos. 

He traído a mi hija, pero la luz de mi tierra quedó allá. 

Sé de qué me hablas, sé que el corazón se seca cuando te vas de casa, cuando tienes que caminar otras tierras o países, como yo. Cuando no te reconocen porque acabas de llegar. Volver a empezar a construirte sin referentes. 

Cerró los ojos y vio a su pueblo, escuchó el chasquido de la madera y sintió el picotazo en el pecho. Lloró por el barro y el tacto de la tierra húmeda y sintió que su cuerpo se volvía denso y condensaba el aire.

La noche terminó, Blanca aún seguía sentada en la silla con los ojos cerrados. Sabía que Violeta dormía. Entonces miró la luz del amanecer que se colaba a través de la persiana gris de plástico. Escuchó los primeros coches arrancando en el barrio, la rutina de los ascensores y el monótono callar de las aves. Dejó a un lado el pilot morado con el que había escrito esta carta, la dobló, la metió dentro del sobre y escribió la dirección de la mujer, no necesitó buscarla en su cuadernillo porque había vivido allí con ella durante dos meses.

Se levantó a prepararse otra infusión antes de despertar a Violeta para acompañarla al colegio. 

Se sentía cansada.


jueves, 7 de agosto de 2025

Hablar

Avena, mañana iremos a caminar al campo. No te lo he dicho antes porque hubieras empezado con tus preguntas y sé que no hubieras podido dormir esta noche. Eres así, tu curiosidad puede con el sueño, la expectación de la vida te despierta y podrías desadormecer al cansancio aunque estuviera acostado. Por eso no te hablé de la montaña, de los lobos, de los niños que caminan entre árboles gigantes y se quedan a la sombra. 

Antes de dormirte te leo un cuento. No me acuerdo de que cada vez que lo hago, tus pensamientos cruzan por la habitación y me inquieto. Esta noche la luna entraba intermitente en ráfagas en nuestro cuarto, a veces una nube las tapaba y a veces no. Te asustabas un poco en la oscuridad, pero entonces los pensamientos sobrevolaban tu cama moviendo el aire, levantaban un poco el embozo de tu sábana y te reías. A mí me sobrecoge un poco esto, porque los escucho pasar riendo y hablando entre ellos. Esta noche nos han mojado, venían llenos de mar o de arena. Esto me ha angustiado y he tenido que bajar al arroyo a lavarme, a quitarme las piedrecitas que se te han caído de los bolsillos cuando revoloteabas por el cuarto con ellos.

Antes de apagar la luz me has dicho que tú nunca vas a ir a un bosque de lobos y te has dormido. 

Bajo al arroyo con una toalla, sé que estás ya soñando con tus cosas. Me he sentado donde siempre nos ponemos a jugar y a contar las piedras del arroyo. Yo siempre sonrío porque te veo en tu afán de contarlas todas mientras se te escapan en el agua y se pierden sin que te des cuenta. Me hablas, miro al cielo.

Ha pasado una nube y me he quedado a oscuras, se escucha el viento y dudo si es tu imaginación que se ha venido conmigo. Me paro a escuchar, pero el camino está en silencio. Respiro. No sé porque hoy tu curiosidad me ha inquietado. No sé porque bajo hoy a quitarme la arena que se ha pegado a mis pies, no sé por qué siento frío.

Otra nube. 

Escucho el rumor del agua del arroyo. He bajado la tela blanca con la que siempre nos lavamos, su color me ha hecho pensar en la muerte y he querido llorar.

Recuerdo que me has preguntado mientras leía, con los ojos aún abiertos, qué era la muerte y me decías que tú nunca irías a un bosque de lobos. Yo tampoco quiero ir Avena, a mí también me asusta, te he dicho. 

Me estoy ya secando los pies, la piel de mis manos tiene surcos pequeños, suaves, infinitos, me hablan del tiempo, de ese pasar que para ti aún no existe. Miro el aire, escucho la noche y deseo que nunca acabe, que ojalá estemos así siempre, eternos. Aunque me altere algunos días como hoy con tus pensamientos. 

He vuelto a casa descalza, olvidé mis alpargatas junto al agua y no quise volver para recogerlas. He recorrido la senda sientiendo la humedad del bosque en mis pies y me he preguntado que por qué tendríamos que ir a un bosque de lobos.

Abro la puerta y voy a mi cama, no voy a limpiarme los pies llenos de tierra mojada. Estoy cansada, hoy hemos jugado todo el día y tengo sueño. Antes de dormirme he pensado que mañana, cuando vayamos al campo, te voy a pedir que nos quedamos aquí para siempre, en esta casa en el valle y así yo no tendré que irme y tú no me dirás adiós desde la puerta.

Nos hemos despertado temprano y salimos, huele a hierba mojada. Empezamos a andar y tú te paras a cada momento y me llamas.

- ¡Yaya, mira! Yaya, ¿puedo coger un caracol?, yaya, mira esta araña grandísima.

Y tu voz suena interminable en el valle y se mezcla con tus preguntas.

Yo camino en silencio, aún siento el frío de la noche en el arroyo.

La mañana está despejada y vemos a tu madre en la dehesa, nos llama con los brazos y tú aún no puedes verla. La saludo de vuelta y no me preocupo por no sonreír porque sé que aún no puede verme. Ella sonríe. Cuando la ves sales corriendo envuelto en tus preguntas y la llamas. Ella no ha dejado de sonreír. Yo camino aún despacio, el rocío está calando mis zapatos y siento otra vez los pies mojados.

Llego también a la dehesa y os veo en el suelo, hablando. No os daís cuenta del rocío y de que también estáis mojados. Sonrío al llegar a vuestro encuentro y aún de pie te escucho que preguntas a tu madre:

- Mamá, y ¿cuándo yo sea mayor, yaya estará muerta?

Siento tu mirada y te escucho.

- Mamá, vamos.

Te sonrío y seguimos caminando.

Conversando con Avena en la noche, en el bosque de los lobos.

Audio

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lunes, 4 de agosto de 2025

EPÍLOGO


Se llamaba Alba.

Nació con la piel clara y pulida, ojos brillantes de cristal marrón castaño y la cara dulce.

En el colegio era feliz, nadie jugaba al fútbol como ella, nunca le faltaron los amigos. En su clase todos enorgullecían de que jugase en la liga escolar. No le gustaba competir, pero le divertían los domingos por la mañana cuando había partido. 

Sus padres siempre orgullosos de las dos, las querían sin descripciones. Eran dos niñas que brillaban en el colegio y además, eran populares. Ellos habían decidido asentarse hacía años, realmente un poco antes de decidir que querían formar una familia. Ambos tenían carreras y ahora buenos trabajos, ganaban dinero más que suficiente y pensaron que ya era hora de dejar la comuna. Seguían siendo felices, pero el cotidiano, los horarios en la empresa y el entorno se había convertido en un imán que los alejaba de su libertad y los atraía hacia el ordinario. Por este motivo creyeron en formar un hogar y construir su fantasía dentro de una casa. 

Alba era la mayor. Nació con los ojos abiertos y ya mirando. Su curiosidad mientras crecía causó algunos destrozos. Le gustaba desmontar los motores de las máquinas y también los mecanismos de los relojes.

Aquella Navidad se habían despertado las dos a la vez, siempre había sido así desde que cumplieron cinco años. Antes de domirse se decían la una a la otra que la primera que se despertase que despertara a la que dormía. Llegaron al salón de la casa y vieron los paquetes, fueron corriendo y gritando.

- ¡Mamá!,  ¡Papá! Ha venido Papá Noel. ¡Mamá! ¡Papá!

Y así era hasta que ellos salían de la cama.

Aquel año, cuando Alba abrió su paquete se quedó sorprendida, no entendía que Santa trajera un regalo con el que ella no sabía jugar. Le pareció injusto que hubiera dejado para ella una muñeca, miró a su familia y sonrío. 

Es cierto que sus padres habían notado que las hermanas no jugaban juntas como antes. El último año habían crecido mucho y también cambiado. 

Abrieron la caja y Azucena gritó con alegría. 

- ¡Bien! ¡Bien! Mi muñeca, la que había pedido a Santa. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad, mirad!

- Claro cariño, Santa siempre trae lo que deséais. Recuerda que siempre te digo que si deseas algo con mucha fuerza apretando tus manitas, si lo deseas así, ocurre.

El padre miraba a Alba, observaba su cara de sorpresa y también un poco de decepción. Alba estuvo un rato mirando su regalo, vió a su hermana hablando a la muñeca, volvió a sonreír y se fue hacía donde ella estaba.

- Toma Azucena, te la regalo. - le dijo sin perder la sonrisa.

Miró con alegría a su hermana que abrió los llenos de chispas, gritó aún más y salió corriendo hacia su madre.

- Mamá, mamá, ahora puedo tener dos bebés, como tú y papá. ¿Crees que pueden ser gemelas? ¿Cómo me dijiste que era ser gemelas?

En aquel momento el padre las interrumpió con su voz dulce.

- Vamos niñas, a desayunar, Papá Noel nos ha dejado en la cocina vuestro regalo preferido.

- Corre Alba, gofres, seguro que son gofres.

Las dos niñas corrieron entre risas y saltaron a la mesa de la cocina sin esperar a sus padres. Los años que vivieron en Bélgica siempre fueron así, las hermanas aún recordaban aquellas Navidades en la casa de Attert y el olor a pino en el salón. Fueron años muy felices, días de infancia. Años más tarde se mudaron a Madrid y allí se instalaron definitivamente.

Alba tenía diez años, su hermana uno menos. Eran muy parecidas, incluso en el patio del colegio a veces las confundían. Aquel año Azucena se empezó a dejar crecer el pelo. Su madre se lo derrendaba cada noche y por la mañana le hacía una trenza. Iban solas al colegio y por el camino se encontraban con sus compañeros. Alba, ahora, se quedaba siempre más retrasada cuando llegaban las amigas de su hermana y empezaban a hablar entre ellas y se reían. Hablaban de los chicos de la clase y Alba sentía vergüenza, porque jugaban en la liga de colegios y era amiga de todos. 

Alba no se había dejado crecer el pelo, ni su madre la peinaba por las noches, no hablaba de chicos, ella jugaba al fútbol. Era muy buena con el balón y cuando llegaron a la adolescencia, solo entonces lo alternaba por el ordenador. 

Las dos hermanas se querían mucho, y siguieron siempre unidas, como cuando eran pequeñas. 

Los padres de Alba no olvidaron aquella Navidad. A veces la recordaban juntos y a veces hacían también  pequeñas bromas. Era una familia feliz y también inocente. Se querían y todos crecían libres, seguros. 

Alba era más retraída, sin embargo siempre se reía y sonreía.

Cuando llegó al instituto, tuvo una profesora de Educación Física que la animó a participar en la Campeonato Nacional de Atletismo juvenil. 

- Alba, eres buena y creo que podríamos prepararte bien. Sería genial porque contigo podríamos presentar un buen equipo escolar. Me gustaría hablar con tus padres. Necesitaríamos federarte. 

- No sé...

- ¿No te apetece?, sé que te gusta el fútbol, no creas que esto te impedirá continuar en la liga. 

- Me gusta el fútbol, en el equipo están todos mis amigos.

- Verás, entrenamos los miércoles y los viernes por la tarde. El Campeonato comienza en mayo y la liga entonces está a punto de terminar. Será difícil que coincida algún partido y si es así, siempre puedes jugar en el equipo. Tenemos suplentes, no te preocupes.

- Me gusta jugar con mis amigos.

Lucía la miró fijamente.

- Vale, me apunto a atletismo. - y sonrió.

Alba consiguió varias medallas en el equipo de atletismo y sobre todo, como cada vez que competía, buena reputación para el colegio.

Sabía que era buena, se sentía orgullosa de sí misma. En casa siempre habían reconocido sus cualidades. Las habían dejado libres y no habían juzgado sus diferencias. 

Azucena era una niña como las de su clase, estudiaba y sacaba buenas notas. No llamaba la atención, le gustaba salir el sábado al cine con sus amigas o a merendar al Burguer. En su grupo todas se peinaban de un modo similar, les gustaba comentar las mismas series. Les gustaba charlar en el recreo del colegio y concursar en los murales que se hacían en patio escolar cuando se celebraba la Semana Cultural del instituto. Participaba también en actividades extraescolares y le gustaba ayudar a sus compañeros en los grupos de apoyo que organizaba el tutor fuera del horario escolar.

Aquel año de Secundaria fue una época compleja para Alba que nunca perdió su sonrisa.

Siguió jugando en la liga, aquel año habían llegado a la final. El entrenador estaba exultante. Llegaron al campo con sus familias, como siempre. Aparcaban, iban hacia la puerta del campo, se saludaban y se despedían de los chicos en la puerta de jugadores. Bajaban todos comentando los que habían hecho el fin de semana. Se sentían nerviosos ante la responsabilidad de una final. Es cierto que no era la primera, pero cada vez era como si jugasen por primera vez. Todos fueron hacia el vestuario para cambiarse junto a su taquilla. Al llegar a la puerta del vestuario el entrenador esperó en la puerta hasta que llegó Alba, le hizo una seña para que se acercase y le dijo:

- Alba, el vestuario de chicas está en lado de la derecha.

Ella se sorprendió, sintió que se le encogía el estómago y casi se le empaparon los ojos de lágrimas. Hasta ese momento nunca se había sentido diferente, siempre habían entrado todos al vestuario y se habían cambiado juntos, ella se sentía una más y ninguno de ellos la veía como una chica. Eran un equipo, eran amigos y siempre se divertían. 

La adolescente miró a su entrenador con los ojos muy abiertos y estuvo así un instante. El tiempo que dura una palabra en quedarse prendida por dentro, por qué.

Fue un buen partido, se llevaron a casa otro nuevo trofeo. Se fecilitaron en el campo de fútbol, se cambiaron la camiseta y celebraron la victoria camino del vestuario. Alba no estaba. 

Cuando terminó el partido se fue corriendo a su vestuario, se cambió sin ducharse y salió corriendo del recinto. Apretaba los dientes para no gritar, sentía rabia, un dolor agudo que no reconocía, también vergüenza. No entendía esto. En casa había aprendido que la vergüenza era algo puntual, que no dolía como ahora.

Salió del campo corriendo, con la bolsa de entrenar medio abierta, medio vacía. Era tarde y ya de noche. Conocía de memoria el camino y siguió corriendo. Sentía rabia y no comprendía. Siguió corriendo hacia su casa, las lágrimas se resbalaban por su rostro como arroyos y saltaban hacia la calle, hacia ese espacio vacío que ella iba dejando al pasar. Cuando llegó a casa tenía la cara sucia, enrojecida. Abrió la puerta con sus llaves y subió las escaleras corriendo, sin saludar.

- ¡Alba! - gritó su madre desde el salón al oír la puerta - ¿Alba?

Oyeron el portazo, se miraron sorprendidos y subieron a su cuarto. Llamaron a la puerta.

- Alba, ¿podemos pasar?

La oyeron llorar y se miraron, empujaron la puerta y la vieron en su cama tumbada boca abajo. Los dos se sentaron junto a ella. Lloraba.

- No voy a volver a entrenar, odio el fútbol. - les explicó sin gritar.

- ¿Qué ha pasado cariño? - prenguntó su padre.

Ella volvió a repetir lo mismo. Al cabo de un rato, agotada, se fue quedando dormida. Sus padres se quedaron con ella hasta que se calmó, la cubrieron con el edredón y salieron en silencio. 

Alba no dio más explicaciones.

Al día siguiente bajó a desayunar. Su mirada había cambiado.

- ¿Estás bien cielo? - preguntó la madre.

- Mamá, me voy a dejar crecer el pelo. Me gustaría pintarme las uñas, ¿puedo hacerlo ya?

Los tres la miraron asombrados, confusos.

- Sí, creo que tu hermana tiene varios pintauñas guardados en una caja en su habitación. Yo también creo que tengo alguno de una boda, aunque no sé si estará un poco seco. - sonrió y fue a coger las tostadas que ya habían saltado hacía un rato. Se habían quedado frías, las cogió con la mano, las puso en un plato y las llevó a la mesa. Ninguno lo notó. Charlaron mientras desayunaban. Era domingo.

Alba cambió de amigos, ya no iba a entrenar y los fines de semana salía al Burguer con sus amigas. En el patio de colegio se sentaba con ellas en el suelo a charlar. Llevaba una falda muy corta. No necesitaba ya pantalones porque no jugaba al fútbol en el recreo.

Cuando cumplió treinta años su familia le preparó una fiesta sorpresa muy especial. Aquel año coincidió con la Semana Santa y organizaron un viaje a Bélgica. La llevaron al aeropuerto sin decirle adonde iban y cuando se detuvieron frente al panel de salida de vuelos Alba gritó.

- ¡Bruselas!

No habían vuelto desde que las niñas eran pequeñas, seguían aún en contacto con sus amigos, pero el trabajo no les dejaba mucho tiempo y cuando tenían vacaciones largas iban a la casa de Denia.

Las hermanas siempre recordaban los días de Bruselas como algo mágico, la nieve, el olor dulce de la ciudad, el chirrido de los trenes cuando iban al colegio por la mañana, los colores en el aula, el frío, la infancia.

Fue un viaje especial. Aunque volaron el día de su cumpleaños, lo celebraron prácticamente durante el tiempo que duraron aquellas vacaciones.

Al llegar fueron a cenar a su restaurante favorito en la ciudad, aún seguía abierto. El dueño los conocía porque solían ir a allí cada viernes después del colegio. Sus padres siempre decían que no era un día  para cocinar y se sonreían. Prepararon la fiesta en casa de una de las amigas de su hermana, consiguieron juntar a casi todos los amigos de la infancia de Alba. Azucena abrazó a su amiga cuando esta abrió la puerta y les invitó a pasar.

- Gracias Marie, - dijo Azucena emocionada. - es que, todo sigue igual. - le dijo emocionada.

Los padres de Marie habían fallecido en un accidente hacía algunos años y ella, hija única, había heredado la casa paterna.

Marie había preparado la fiesta junto a Azucena por vídeo, también los padres habían aportado ideas y entre todos habían conseguido que, salvo los amigos de la infancia que vivían fuera de Bélgica por trabajo, estuvieran allí. Fue una noche maravillosa, parecía que el tiempo, no hubiera pasado.

Se despidieron como si al día siguiente fueran a verse para ir a la escuela. Cada hermana con sus amigos, los padres organizándose para llevar a los niños al colegio y verse una próxima vez.

Volvieron al hotel, hacía mucho frío, pero iban bien abrigados. Caminaron en silencio, llenos de recuerdos y rememorando cada una de las conversaciones que habían mantenido, viendo cada imagen como si fuera una película, grabando en su corazón cada uno de los rostros que habían amado, llevándose impresos en la memoria los olores de la ciudad.

Entraron en el hotel, se dieron un beso de buenas noches antes de subir a las habitaciones. Alba y Azucena dormían juntas. La hermana pequeña se puso el pijama, se cepilló los dientes y se acostó. Se durmió inmediatamente.

Alba se pusó el abrigo, también el gorro y los guantes y salió al balcón del hotel, desde ahí podía ver la ciudad vieja. Hacía frío y la nariz se le quedó congelada y roja en cuanto cerró la puerta del balcón. Empezaba a nevar. Los ojos se le emparon de lágrimas que saltaban desde su rostro hacia la calle. Volvió otra vez a sentir su corazón roto, sintió de nuevo aquel dolor de su infancia cuando decidió no volver a jugar al fútbol y cambiar. Se dió cuenta en aquel momento de que aún no había amado a nadie, de que no se había enamorado. Se vio a sí misma corriendo aquella noche por la calle desde el campo de fútbol camino a su casa. Se recordó a sí misma quitándose las botas de fútbol en el vestuario femenino, sola, sentada en el banco y rodeada de taquillas. Se acordó de la voz de su madre que le pregunta desde el piso de abajo de la casa que dónde había olvidado la ropa de entrenar, que su bolsa estaba vacía y que le respondió que ya no la necesitaba. Apretaba la boca y lloraba con rabía. Se llamaba Al y sus amigos la llamaban así. El corazón se le encogía más y más y lloraba el sabor amargo que deja en la boca el desamor, sentía en su pecho el mismo dolor que aquella noche cuando dedició olvidarse de esa niña y determinó que tenía que inventarse una nueva Alba. Aquella noche, tumbada en su cama boca abajo borró quién había sido y se abandonó. Necesitaba nuevos escenarios. Cambió a sus amigos por las compañeras de clase. Lloraba a solas para que nadie pensara que prefería ser como antes, cuando los días se sucedían solos y no necesitaba cambiar porque, la vida transcurría sin ella que se diera cuenta. Los días de la niñez en que todas las caras le resultaban conocidas y reírse era fácil, porque todos nos reíamos de lo mismo, éramos iguales y nos gustaban las mismas cosas, íbamos a los mismos sitios sin preguntar a dónde. Y comprendí el miedo a sufrir, comprendí que estaba sola y que no sería fácil compartir mi dolor. Hoy me hablas de desamor en la cocina de casa y sí entiendo lo que me cuentas. Te abrazo y te digo que yo nunca he sentido ese desamor del que me hablas porque el corazón se me rompió el día que me dejé crecer el pelo y dejé de ser quien era. El día que traicioné a la adolescente que me hacía feliz y la olvidé durante tantos años.

Cuando aterrizaron en Madrid se quedaron un rato parados mirando hacía la ciudad antes de bajar las escaleras del avión. Se dieron cuenta de que ya olía a verano.

Alba había olvidado ponerse los pantalones cortos y las deportivas. Llevaba aún el chandal con el salió de Bélgica. En el momento en que iba a poner el pie en el primer escalón, su madre la miro y le dijo:

- Pero mira que te que te queda bien el pelo corto, cielo. 







domingo, 15 de junio de 2025

Padre caracol

Ayer lloraste Avena, tú corazón niño se encogió y yo temí por tu inocencia, pero claro, es que no me doy cuenta de que estoy siempre tan cerca, tan temerosa de tu mirada y tus encuentros. Velo por ti Avena. La noche es diferente porque tus sueños son infranqueables. Cuando duermes no temo, porque sé que si tienes miedo me vas a llamar. La noche calma cuando es rutinaria, cuando lo único que cambian son los sueños.

Te pongo en tu cama y te cubro o tú te pones y yo te cubro.

Sin embargo ayer lloraste de separación, cuando entendiste que no podías viajar con tus caracoles.

Mamá y yo te explicábamos. que al país que marchábamos no podías llevarlos, que allí hacía frío y que apenas llovía. Tú llorabas en silencio en tus ojos de ahora. Avena, la cara se te transforma y a veces, no pareces el mismo y yo me aferro a la otra, a la que conozco, cerrando mis ojos para verte mejor. Y tú no te fijas, solo cuando me estás hablando y yo no te escucho. Y no quiero ver que el tiempo pasa también por tu cara.

Hemos bajado al huerto, al cruzar el patio has visto más caracoles y nos has mirado abriendo por un instante tu boca niña. para pedirnos algo y no has dicho ninguna palabra. Tu madre y yo te hemos mirado con el mismo vacío que tú sientes ahora Avena, en estos momentos eternos de tu vida niña que son ahora y para siempre y después te olvidas y no sé si se quedan guardados y serán tu historia, porque el caso es que los olvidas, y como te duelen, nosotras ya no los recordamos más juntos, para que no te vuelva el dolor. 

Tú sigues, cruzas el patio y ya estás en el huerto. Llevas en tus pequeñas manos a tus caracoles, los miras y no dices nada y no nos miras porque no quieres leer la página de la vida que te habla de la realidad. Esquivas ágil los lugares del desamparo y así puedes sonreír, vuelves a sonreír.

Te veo hablando con tus caracoles, yo no sé que les dices, tú madre sí, te mira desde lejos. Llueve. Yo avanzo un paso para ir a tu encuentro, quiero ayudarte y ella me agarra fuerte del brazo. Siento la determinación de su mano joven que no me asusta. Escucho sus palabras de silencio que me llegan en sus dedos. No me vuelvo a mirarla. Tú vas dejando uno a uno los caracoles en el barro, en las hojas de las lechugas, en los palos rotos que encuentras. Procuras que no los tiren las gotas que caen y a la vez procuras que estén entre ellas. Los miras y te mojas y a nosotras eso no nos importa. No sabemos si lloras, no te escuchamos y llueve y entonces tu madre, erguida y mojada bajo la lluvia, te llama, te vuelves mientras nos dice que volvamos a casa, que está lloviendo, que tienes que cenar y que está cansada.

Ya es de noche Avena, la rutina del cielo negro y las estrellas, de tus preguntas infinitas acerca de las nubes o de la luna. Estás cansado, bostezas y te dejas poner tu pijama, como no te gusta dormir solo me pides un cuento a oscuras, un cuento sin libro y tu madre nos apaga la luz y baja las escaleras.

Me llamas y me miras a los ojos y me preguntas
por los caracoles.

Nos dormimos.



sábado, 7 de junio de 2025

MCA



Qué he de temer, lo ignoro – pero, desquiciada, lo temo todo,  sospecho que son causa de tu larga demora.

Las heroidas, Ovidio

Y seguía trazando el círculo en la arena, la circunferencia antigua de angustia y dolor. Procuraba cantar para no asustar a los pájaros y volvía a dibujar meticulosamente la forma. 

La cala, el rincón de piedra y los días. Se escuchaba el mar en calma y la casa. La sal golpeando su rutina y las manos secas, sedientas de espera y de tejer. 

Dejó el palacio hace semanas. Nadie sabía dónde buscarla. Los pretendientes, las sirvientas, la serpiente y el grito desolado del niño en la noche. Oscuridad y terror. 

El festín interminable del abandono, la espera y se preguntaba de nuevo si regresaría. Si podría algún día llamarse viuda o esposa.

Había dejado de mirar al mar. Así era, una nada abandonada, una madeja, el pelo enredado por la sal.

Vivía sola ahora, estaba siempre sola. Nadie ni siquiera por lástima bajaba a escucharla y nadie la acompañaba en su canto, nada. Paseaba sin sentido junto al mar, como buscando algo por la orilla. Miraba la arena obsesivamente como queriendo encontrar tesoros, esperanzas, pero nada, vacío y soledad, silencio. En la aldea hablaban de ella, la loca, la llamaban. Y su nombre era Penélope, la que había dejado de esperar. 

Antes era diferente, miraba al horizonte, búscaba su nave en el vacío o la noche. Y seguía tejiendo. Había empezado el sudario de Laertes después de la marcha de Ulises, algún tiempo después de la muerte del patriarca. Ahora en la playa continuaba tejiendo sin tiempo y cada día la arena desaparecía con el manto que seguía alargándose hasta casi la orilla.

Cuando el agotamiento paralizaba la costumbre de vivir, el hábito de seguir. Solo entonces paraba de tejer, dejaba las agujas a un lado sobre la arena y se levantaba. Entonces extendía el manto un poco más, cubriendo así otro trozo de la playa.

Era el día siguiente de su partida, Penélope aún no hablaba sola, sin embargo tenía esta costumbre vieja de narrar sus haceres. Su voz reproducía sus pasos y narraba los movimientos premeditados de sus manos. En aquellos días danzaba. Por la mañana sin despertarse, salía de la cueva donde dormía y se encaminaba hacia la orilla, descalza, con su corazón arrasado. Nadie diría que penaba, tan solo que estaba desnuda y su piel celebraba la luz recién llegada. 

Era la primera mañana, había dormido sin despertarse, la respiración suave. Cuando estuvo frente al mar lloró. Y así fue cada amanecer, después de la noche, con la primera luz del día salía de la cueva, lloraba, miraba al fondo y se sentaba en el suelo junto al manto, enganchaba la aguja en el último punto sin hacer y comenzaba a tejer.

Y así transcurrieron varios amaneceres y ella llegaba desnuda y comenzaba a bailar. También por aquellos días empezó a cantar. Introducía cambios en su rutina sin ser consciente, no sonreía.

Había logrado caminar por la orilla sin mirar al mar, descalza y desierta por dentro. Sus pensamientos se habían agrietado y sus canciones ya no sonaban como antes.

Se acostumbró al dolor, al silencio, a la espera. Su vida continuaba esta costumbre vacía. Se despertaba, caminaba sobre el manto hasta la orilla y regresaba a la entrada de la cueva para seguir tejiendo. 

El palacio de Penélope, la casa abandonada a la que da la espalda. Desde el balcón de su dormitorio nupcial, ya no se veía la arena de la playa. El manto de Laertes la cubría desde el principio al mar, las olas rompían bajo el tejido y lo hacían ondular.

Un día fue diferente, entró en el mar y nadó adentro. Sintió el agua golpeando su rostro, el pelo enmarañado que se empapaba, sintió su piel, su cuerpo, los pies moviéndose debajo y siguió así avanzando, contra las olas y contra la espuma, sin mirar al horizonte.

Estuvo nadando hasta el mediodía. Su piel reseca se reblandeció y se limpió. Cuando tocó el suelo se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo en el agua, caminaba hacia la orilla y se miraba los dedos de las manos arrugados. Penélope tenía los labios amoratados. Su pelo enredado colgaba en madejas y se desordenaba por su pecho. Olía a pescado, a yodo y a aire, fresco.

Salió del agua y se sentó en la orilla sobre el manto, las olas rompían en sus muslos y podía sentir su bofetada fría. Se tumbó y miró al sol, la luz intensa le quemaba las pupilas. Bajo su espalda los nudos del sudario que con tanto cuidado había tejido se le clavaban produciendo una sensación de dolor agudo. Aún sentía que podía dejar de respirar, sin embargo cerró los ojos, cogió en sus manos puñados de arena y los apretó para sentir la tierra. Estaba regresando, podía sentir el murmullo de la nave resonando, el agua agitada. Se quedó tumbada, muda. Dejó que pasara este momento.

Cuando se incorporó, la ciudad recibía al héroe y lo honraba. Lo bañaban en incienso y lo tocaban, lo tocaban. 

Ella lo escuchó, hasta la playa llegó la resonancia de su voz y su quejido.

Preguntó por ella, nadie le respondió, le dijeron pasa, ya no importa, olvida, es tarde.

- He llegado tarde.

La mesa estaba preparada y se sentaron a comer.

Penélope, la abandonada dos veces, la que el olvido borró, de la tierra.

A la mañana siguiente se asomó al balcón del palacio, había dormido acompañado. Los vapores del vino y la pesadez de las carnes. Dos mujeres se acurrucaban junto a él. La brisa del mar rozó su rostro haciéndole llorar. 

En la playa, un manto granate tejido prietamente cubría la arena hasta el mar, las olas rompían sobre el tejido y lo mecían.

Ulises pensó que había pasado mucho tiempo, que bajaría más tarde y se bañaría en el mar, desnudo.

Aquella noche, antes del baño, mandó que recogieran el sudario de la playa. Cuando llegó descalzo, las olas ya habían borrado todas las huellas.

Penélope yacía en la orilla, olvidada de todos, invisible y muerta.