Soledad, no me seas rencorosa
vuelve a la cama a abrazarme
con la alegría de vernos a solas.
Soledad, no me seas celosa
fue sólo un amor de verano,
lo nuestro es una relación seria,
madura, forjada con los años.
Soledad, no me des la espalda ahora,
no me dejes mirar en el techo
recuerdos de complicidades
o amores que son del viento.
Soledad, conquístame de nuevo,
tú que fuiste mi aliada
no me coloques espacios vacíos
ni piñas en la almohada.
Paula Bacariza
- De miradas, de suspiros, de imaginación, Queacer, de ficciones. –
respondió Revelación.
Se ajustó de nuevo la cofia. Queacer se acercó por detrás y le colocó el velo,
lo llevaba siempre retorcido y a Madre Superiora no le parecía correcto.
Queacer se dio cuenta enseguida y se le escapó un gemido.
- Sí, me he vuelto a rapar. – dijo Revelación antes de que su compañera de
celda abriera la boca para increparla.
Queacer bajó la mirada al suelo, no quería inquietarla, aunque le preocupaba
que un día Madre Superiora tomase alguna medida drástica.
Se estaba levantando otro convento y sabía que pronto se necesitarían allí
religiosas. De nuevo organizar las tierras para la labranza, la limpieza
inmaculada, vestir a la virgen y volver a coser. No quería pensar en la
posibilidad de su ausencia y sin darse cuenta, se distrajo con el dibujo
infinito del terrazo gastado de años.
- ¡Vamos, Queacer! - ordenó con suavidad Revelación mientras cogía
suavemente a su amiga del brazo. - Vamos ya.
Subieron en silencio las escaleras del comedor donde aguardaba ya la comunidad.
Quedaban dos sillas libres. María tenía el cuaderno abierto en las últimas
páginas, la historia de Camila terminaría hoy, tal vez antes de la hora de
lectura. No habría más historias esta noche, en la Comunidad nunca se comenzaba
el siguiente relato cuando Llanos, como la llamaban las monjas más cercanas a
ella, terminaba una historia. Se levantarían y recorrerían hoy, sin colocar las
sillas en las mesas, los pasillos de vuelta a sus habitaciones. Madre Superiora
nunca decía nada en las noches que los cuentos llegaban a su fin, se marchaba
también silenciosa y se recogía después de dar las buenas noches a cada una,
celda por celda. Revelación sentía que lo hacía para vigilar que cada mochuelo
estuviera en su olvido.
- Buenas noches, compañeras. - dijo Llanos mirando a su auditorio desde sus
ojos casi transparentes. Siempre la mirada nublada, siempre como queriendo
alargar el saludo, abrir una amable charla y comentarse. Pero callaba, la
mirada inquisidora de la superiora la paraba, aunque sin intimidarla. Elegía
siempre bajar la mirada, y poder continuar leyendo a sus hermanas, escribiendo,
mejor dicho.
Llanos sabía que
superiora no aprobaba sus historias, sabía que le molestaban y esperaba cada
vez, la posibilidad de que fuera la última.
Después de un
silencio intencionado, que Llanos guardaba cada noche, antes de la lectura,
continuó con su historia de Camila.
- Aquel día, mientras escuchaba el sonido agudo del tren alejándose en la
superficie de las vías, era la primera vez que lloraba.
Camila cogió la maleta con su mano, al levantarla la sintió fría. Se dio la
vuelta, sin saber aún por qué había dejado marchar aquel tren.
Hubo un silencio prolongado y denso.
Cuando Llanos
levantó la vista del cuaderno, parecía cansada, lejana. Las demás la miraban
expectantes, deseando que siguiera, que ese no fuera el final, que Camila se
subiera a aquel tren, que no se diera la vuelta, que no regresara a la aldea.
Pero nadie se atrevió a seguir aquella frase.
Se escuchó el crujido de la tela almidonada del hábito de Felicidad, que sacó a
las demás de su ensimismamiento. Se fueron levantando poco a poco, una a una y
fueron saliendo del comedor en dirección a sus celdas. Madre Superiora se
dirigió a su mesa pequeña donde organizaba las cuentas del convento y se sentó
con sus cuadernos. Al rato se levantó, metió la silla en la mesa después de
ordenarla y bajó las escaleras que llevaban a las celdas para recorrer las habitaciones
deseándoles que descansaran, como hacía cada noche.
A la mañana siguiente se encontraron en el coro, al terminar la oración y
después del desayuno, cada una se encomendó a sus tareas diarias.
En el convento se rotaban semanalmente los trabajos. Madre Superiora organizaba
las tareas equitativamente, procuraba que los grupos no se repitiesen y todas
las mañanas repartía atenciones, cuidados, consejos y a veces algún dulce. Era
justa, formal, inquisidora y también resentida.
En su rutina diaria, la Madre Superiora recorría cada rincón del convento supervisando,
vigilando decía Revelación a Queacer, vilando querida, vigilando, y es posible
que esa fuera la intención, pero en cualquier caso, era vigilancia.
Esta mañana se quedó merodeando la zona de labranza, hacía calor y en esta
época del año era duro trabajar fuera, a pesar de que aún era temprano. Se
dirigió a María que hoy le había tocado trabajar la tierra y la llamó.
- María, ven por favor, me gustaría hablar contigo. – dijo la Superiora.
María levantó la cabeza, le goteaba el sudor por la frente, estaba acalorada y
tenía el rostro sonrosado. Miró hacia la monja, dejó los aperos en el suelo y
se quitó los guantes de laborar. Se incorporó con algo de dificultad y se
colocó frente a ella.
- Dígame, Madre.
-Vamos a caminar, María.
Se alejaron de la zona de labranza por el sendero, desde los huertos hacia el
convento. Caminaban despacio y aún en silencio.
- María, he estado pensando, mucho y te reconozco que me cuesta, que no sé
bien si me estoy equivocando. Medito y pido en mis oraciones iluminación para
ser justa y obrar certeramente. – hubo un silencio extraño, como el que flotó
denso en el aire mientras Camila, inmóvil en el andén, escuchaba el sonido del
tren al arrancar y sabía que las puertas de los vagones ya estaban cerradas. –
María, ¿me estás escuchando?
A María le resonaron las palabras de la Superiora como venidas de lejos y se le
encogió el pecho. Recordó cuando decidió ingresar en la orden, cuando pasó por
aquella puerta con su vestido de flores diminutas y su bolsa de viaje. Ya se
había cortado el pelo. Llevaba la mirada expectante y se sentía alegre, plena.
Sentía realmente la vocación.
Se llamó Bárbara, ahora era María de la Llanura, cuando llegó al convento le
dijeron que podría mantener su nombre, que era nombre en sí de religiosa. Ella
consideró que estaba demasiado manchado de mundo y decidió abandonarlo sin
olvidarlo.
En el convento
nadie sabía de su vida, que era madre, realmente, ella casi lo había olvidado,
apartado más bien. Llanos no sabía que su esposo la buscaba desde hacía meses, ni
que habían denunciado en la policía su desaparición. Claro que ninguna podía
imaginar algo así, porque Bárbara llegó al convento feliz y parecía tener más
vocación que las demás, a pesar de su mirada melancólica y de los finales
tristes que se repetían en sus historias de mujeres que dejaban pasar el amor.
Llanos no recordaba a Bárbara, había olvidado los recuerdos y no reconocía
aquel cuerpo, en su cuerpo de ahora. No hablaba mucho y siempre parecía
cansada, sin embargo, a menudo estaba llena de ganas, rozando a veces la
euforia.
- María, he recibido una llamada desde la capital. Están buscando a una mujer,
concretamente su familia, su esposo y sus hijos. Desapareció el 13 de octubre,
más o menos cuando tú llegaste al convento, ¿recuerdas?
- Madre...- y Llanos se quedó sin palabras. Su mente se iba, sus
pensamientos...Ángela, Ángela...caminó hacia la casa de su madre entre los
árboles, estaba exhausta de haber caminado toda la noche...Madre, ¿puedo
retirarme? Necesito escribir, tengo una nueva historia para las hermanas. Por
favor, madre, volveré esta tarde y terminaré mis labores en el huerto. - y
salió corriendo.
La Superiora no pudo decir más. Ese ímpetu de Llanos, que ponía también en sus
lecturas nocturnas, se lo llevaba todo. Además, y por primera vez, sintió
tristeza por aquella mujer. Mientras la miraba correr hacia el convento, comprendió
que tenía que encontrar la manera de que abandonara la comunidad. Sabía que la
presencia de Llanos causaría desorden, que la armonía se rompería, caos... Caminó
tras ella hacia el convento, pero la figura de María se perdía en la distancia,
corría.
Al llegar al convento,
superiora entró en su despacho, cogió el teléfono y marcó el número de la
policía local.
- ¿Es la policía? Me gustaría informar de algo que tiene que ver con la
desaparición de la mujer, de Bárbara Méndez, la esposa de Cebrián Méndez, el concejal,
aclaro. - y se quedó quieta, como congelada. Colgó el teléfono cuando la
policía tomó nota y le confirmó que se ponían de camino. Después sacó el
cuaderno donde llevaba la contabilidad de la comunidad y se dispuso a registrar
los gastos del mes.
Mientras tanto en el huerto, Felicidad miró a sus hermanas, inmóviles, también desde
ahí ellas veían aquella sombra diminuta que se perdía entre el polvo, sentían
su desespero.
- Vamos, a trabajar hermanas, a terminar las tareas. Nada nos distrae a
nosotras de las vidas ajenas. Cada una con su historia, con sus pasados, también
nosotras los tenemos. – y se secó el sudor de la frente antes de inclinarse
para seguir removiendo la tierra.
- Arrepentimiento,
¿qué estás mirando? ¿Qué buscas? Olvídala y recoge el abono, los pájaros ya están
llegando.
Miró hacia el cielo,
se podía sentir el atardecer.
- Felicidad. - respondió Arrepentimiento.
- ¡A callar! A callar hermanas, dejemos a la vida que siga.
- Yo siempre supe que había algo extraño detrás de esas historias. Nos ha
engañado con su candidez actuada, no es lo que parecía, ya os lo dije desde el
principio. Tiene que marcharse. Desde esta noche no habrá más historias. -
habló Arrepentimiento a las monjas alzando la voz. Había en su mirada una
cierta satisfacción lujuriosa.
- Arrepentimiento. - insistió Felicidad. - Estás hablando conmigo. Yo ya soy
vieja y no me increpa tu bajeza, sé lo que hay detrás de tus silencios, de tus
miradas vigilando a las hermanas. Sí, te he escuchado alguna noche, tus infames
delaciones.
Queacer se pegó a Revelación, sintió cierto miedo, inquietud. No sabía cómo
decirle sin ser escuchada, que se te ha movido el velo querida, que se ve un
poco tu cabeza rapada. Afrentas, y más afrentas que nunca se atrevía a nombrar.
Queacer la quería tanto, la necesitaba para seguir, para superar el agotamiento
en la mañana, el desaliento de empezar de nuevo un día más. Nadie como
Relevelación era más visible. Ninguna imaginaba que habría algo escondido tras
su rostro. Su cuerpo, vestido con el hábito y la cabeza cubierta por el velo,
se presentaba aún masculino. Era grande, tenía musculatura y su cuerpo fuerte y
corpulento se significaba ante los demás, pequeños junto al suyo o delgados o
curvados.
Revelación trabajaba y producía más que el resto de las hermanas, su fortaleza
le permitía seguir sin descansar apenas. Las ayudaba cuando sentían el
agotamiento bajo el sol. Nunca ocultó su origen, nunca disimuló que ella sí
había disfrutado en las verbenas de la aldea, de donde llegó. Su caminar
hombruno se distinguía entre las demás, era única, diferente y lo sabía. Nadie
le preguntaba nunca nada, la respetaban y la querían. Sin embargo, Queacer
sabía, podía escuchar su inquietud en la noche, la tormenta en su pecho, la
rabia y las ganas de decir que basta ya, que una comunidad no tiene jerarquías,
tiene tareas, misiones, trabajamos para la casa de todas y no tenemos que
obedecer tus órdenes, que me voy, sí Queacer, que no puedo más, que yo no salí
de la aldea para entrar en otra cárcel. Me voy y se quitaba el velo, su cabeza
rapada mirando hacia el pasillo parecía aún más grande y la sombra de las rejas
alineándose en su cuerpo. Después de estas crisis siempre volvía a la cama,
pero ya ninguna de las dos podía volver a dormir.
De pronto, algo imperceptible hizo que todas se incorporasen, parece que va a
llover, este viento, que siempre me molesta, me duele la cabeza. Revelación
puso su mano en el hombro de la compañera.
Desde el campo, donde estaban, podían ver el gran edificio de su piedra, su
casa. Se percibía desde la distancia cierta agitación. Varias hermanas se
habían asomado a las ventanas, un coche se aproximaba a la verja del convento y
en ese momento, Bárbara se desplomaba desde la ventana más alta del edificio y
se escuchó el suspiro ahogado en coro de la comunidad, mientras la superiora
abría las grandes puertas de la cancela, dejando paso al coche conducido por un
hombre. Dos niños de unos diez y doce años iban sentados detrás. Sus miradas
expectantes buscaban el rostro de su madre.
- Buenos días don Luis, pase por favor, puede aparcar allí, bajo los árboles. -
le indicó superiora.
El coche avanzó levantando polvo.
- Cerrad las ventanillas niños. El polvo está entrando en el coche.
- Pero papá, es que hace mucho calor. - respondió el chiquillo de doce años
mientras el pequeño lloriqueaba.
- ¿Vamos a
recoger a mamá?
- Papá, ¿crees que mamá querrá volver a casa con nosotros?
- Calla Andrés. - respondió el padre conteniendo el grito. - A callar los
dos.
El campo ardía y ningún pájaro sobrevolaba el plano. En los huertos, las cuatro
monjas que habían acompañado a María aquella mañana, con la mirada suspendida y
sin habla, entendían que algo grave estaba pasando. Nadie lo mencionaba.
Llanos yacía
muerta en el suelo, yo la vi caer y se mordía los labios para no llorar delante
de las demás. Alguna creyó que se mareaba, es el calor.
Me voy, ¿qué? Que
me voy, no por favor. Acordaos cuando llegó con su falda de colores,
sonriendo, parecía feliz. Pero yo lo sabía, lo supe siempre, su mirada falsa
ocultaba algo y ahí lo tenemos. Tiene que estar muerta, su pobre cuerpo no
habrá podido resistir el impacto. La vida se para así, en un golpe imprevisto,
un accidente. No, no es un accidente. Ha ofendido al orden, a lo que debe ser.
¿Y la libertad? ¿La libertad? Ofendes. No puedes callarme. Libertad para
saltar, para irse y no decir adiós, para callar las palabras prohibidas. Calla,
mancillas con tu discurso. Vete. No, no te vayas. Ya se ha ido. Nunca
estuvo. Pero llegó. ¿Y ahora qué? Ahora nada, a seguir. ¿Trabajando? ¿Qué
estás diciendo? Se ha quitado la vida, mírala. Veo su sangre desde aquí. Esa no
podrá ya descansar en paz.
- Me voy.
- No.
- Adiós.
Sonó la sirena de la ambulancia, ya es tarde, sí. No creo que nos veamos
más.
Un sollozo sordo
que no pudo escucharse. Un llanto infantil en la lejanía. Volvió a levantarse
el polvo. El coche parado, el tiempo parado.
- La culpa la tiene esa maldita manía de escribir. - gritó cualquiera.
El convento no tenía muro, tampoco valla.
Revelación tiró
el velo, se desnudó dejando ver su verdadero rostro, caminó a través del campo,
llevaba siempre debajo del hábito, los pantalones con los que había llegado al
convento. No miró hacia atrás. Queacer lloraba y deseaba marcharse y descansar
junto a Llanos.
- La tragedia
encubierta.
- Cállate,
blasfema.
Felicidad la seguía con la mirada, caminado en dirección opuesta al convento,
sabia.
- Vamos, hay que
recogerla y prepararla para que la familia se la llevé. Querrán velarla.
Superiora tendrá que preparar la documentación. - dijo sin emoción, Felicidad.
Tomó a Queacer del brazo y la levantó con amabilidad del suelo. Le sacudió el
polvo del hábito y la invitó a caminar de su brazo. Queacer parecía en ese
momento más vieja.
Arrepentimiento se adelantó. Quería llegar la primera.
Las monjas que hacían ese día las labores dentro del convento bajaron a verla.
Nadie se movía, nadie decía nada. Solo cuando el rostro de Bárbara se manchaba
con el polvo que levantaba el viento, alguna rompió el círculo y dejaron de
mirarla. Mecánicamente se acercaron y entre varias la alzaron del suelo, su
cuerpo adelgazado pesaba. Nadie se quejó. Una abrió la puerta para pudieran
meterla dentro.
La comitiva que volvía del huerto se detuvo al escuchar el chirrido de la
bisagra. Habían llegado tarde. Alineadas frente al edificio, detenidas, se escuchaban
los poros de sus frentes que goteaban sudor y cansancio. Nadie se dio cuenta de
cuánto tiempo estuvieron así.
La mancha de sangre se mezclaba con la arena. Una salió del edificio con una escoba y lo barrió meticulosamente, hasta que no quedó rastro, estirando el albero, dejándolo pulido y plano.


.jpg)

