jueves, 13 de agosto de 2026

Eclipses

 Avena, esta tarde hubo un eclipse. 

Hemos preparado la merienda y unas absurdas gafas que hemos hecho juntos en casa con unos cristales ahumados y hemos salido hacia el lago, el claro del bosque donde miramos las estrellas y guardamos silencios compartidos.

Por el camino ibas buscando insectos, hoy te sentía inquieto y te dejé ir el primero. A veces te perdía de vista por la senda, pero escuchaba el crujido de las ramas y comprobaba tus huellas en el barro aún húmedo. Había estado lloviendo y aún las nubes empañaban el cielo.

Eran días de desencuentros, tú lejano y desafiante, yo constante y lejana, expectante. Entonces no escuchabas, te ensimismabas en tus juegos, en tus remotos pensamientos y te ausentabas. Creo que era difícil compartir contigo, aceptar que no confirmases conmigo el sonido del bosque o el gruñido de algún animal pequeño. Era así y seguíamos en los días.

Hoy, camino hacia el eclipse, atravesar el bosque era difícil por las ramas caídas que aún no habíamos recogido, nos pareció que se adelantaba el otoño y tú lo dijiste sin volver la cabeza, te respondí, es cierto. Una pequeña luz asomó entre los árboles, la conocíamos bien, entonces saliste corriendo y gritando, como siempre, y pareciste pequeño, el Avena de ojos de almendra dulce que me cogía la mano y me acompañaba en el sendero. Estabas emocionado, siempre te llenaba de alegría llegar al lago. Te desvestiste solo y te metiste al agua. 

Tu madre te gritó:

- Avena, ¡ten cuidado! ¡te vas a resbalar con el verdín!

Y seguiste corriendo hasta salpicar con tu pequeño cuerpo la superficie en calma y te llenaste de ondas. Te reías y saltabas y buscabas piedras para hacer ranas que nunca te salían. Te reías y estabas feliz, habías olvidado que íbamos a ver el eclipse y eso me hizo sentir serena, como entender que todo era como siempre o que estaba bien. 

Me senté a preparar la merienda. Habíamos llevado unas galletas que hizo tu madre la tarde anterior y que a ti te encantaban, fruta, agua e infusiones para mí.

Era pronto aún. 

Tu madre se metió contigo en el lago y te besó, después regresó a la orilla y se sentó a mi lado. Cogió una galleta rota y un vaso de agua y bebió mientras te miraba, sintió frío y se cubrió los hombros al tiempo que te llamaba. Ella sabía que el eclipse había comenzado porque la luz se hacía cenicienta y podía percibir como caía en golpes breves y violentos, imperceptibles para nosotros, como imperceptible también fue el inicio del eclipse y la luna.

Te llamó y preparó la toalla para secarte, pero no respondiste. Ella insistió serena. Las dos sabíamos que empezaba a oscurecerse y pensábamos que te asustarías al caer la noche repentina, pero no erá así. Te alejaste más y el lago se llenó de un azul también ceniciento, apenas podía distinguir tu figura diminuta de danzante y salí corriendo, pensaba que te podías perder o que tal vez algún animal del bosque pudiera asustarte. 

Corrí hacia ti sin llamarte, te veía salpicando el agua del lago, celebrando el eclipse con tus juegos, lejano e inconsciente. Tu eclipse, tu libertad de niño que nadie percibía, tú y tu incipiente vida. Al llegar a tu lado la luz cayó repentina, fue una noche inmediata, sin atarceder, sin sol. Oscuridad. Nos cubría una gran nube hasta la mitad del cielo donde asomaba esta noche extraña, esta ausencia de claridad que habíamos llamado noche, como si se fuera el día y volviese a amanecer. Sin embargo Avena, para ti era la tarde, otra tarde de juegos entre sombras. Todo se volvió azul oscuro y se dibujó una franja verde en el horizonte del lago, y me asusté. Me costó asir tu mano en esta negrura rara que nos rodeaba. Tú seguías jugando y te dije:

- Mira Avena, mira al fondo. Tengo miedo. Dame la mano.

- Yo no tengo miedo.- me respondiste mientras te cogía la mano. ¿Por qué tienes miedo?

Regresamos a la orilla con tu madre. La luz volvía y ella estaba impasible, con Amaranto en los brazos.




domingo, 9 de agosto de 2026

Sueños de arena


Ya faltaba poco para que llegaran tus hermanos, tu madre sonreía cansada y charlaba desde su agota miento próximo. A veces la sorprendías mirando a través de la ventana mientras desayunaba y tú le preguntabas que piensas mamá, mamá y ella se volvió y te sonreía y le preguntabas si estaba bien.

Vamos Avena, vístete, vamos a llegar tarde al colegio y tardabas en llegar, porque te quedabas mirándola triste, preocupado. Yo como siempre pensaba que todo era igual, tú sin embargo te quedabas rezagado en el camino, como si quisieras perderte, como si no quisieras ir al colegio, aunque yo sabía que sí querías y seguíamos caminando. 

Ese día me tropecé y no pude seguir andando, me dijiste que ya eras mayor, que podías ir solito a la escuela, que no me preocupase y que me quedara ahí, seguro que mis hojas y el sonido de los pájaros me  haría sentirme mejor pronto y el calor de la mañana me daría fuerzas para seguir el día. 

Te miré y me di cuenta de que estabas creciendo. Sentí que un día como hoy cuidabas tú de mí y seguías solo tu camino hacía la escuela. 

Yo no insistí en acompañarte porque realmente me dolía el tobillo y podía moverme a duras penas. 

Me quedé dormida en el sendero, no sé si desde casa a la escuela o a la inversa. Me sentía abotargada. Había estado soñando que te perdías en la playa. Hacía viento y la bruma cubría todo. Habíamos bajado a jugar, era verano y nos habíamos marchado este año lejos, hacia el norte amado, hacia la lluvia y las nubes grises algunas tardes. Tú insistías en que ya eras mayor y podías dormir en la playa. Yo te preguntaba, ¿solo? y tú me dijiste que no, que juntos. Esa tarde dudé y pensé que podría ser una buena idea.

- ¿Por qué no Avena? Vale, quedémonos hoy en la playa, no hace frío y podemos cubrirnos con las toallas. 

- ¡Bien!- respondías con tu sonrisa de línea paralela a tus ojos rasgasdos, mientras saltabas haciendo tus tonterías que siempre me hacen reír. 

Te sentís feliz por mi respuesta, para ti solo existía el momento, aún no podías entender qué era crecer, como yo aún me esforzaba en entender que el tiempo pasaba, implacable y que por mis días habían quedado pedazos de vida deshilachados, desmadejados en el sendero.

Habíamos estado haciendo castillos en la arena y aquel día, que nos quedamos a dormir, habíamos construido juntos una ciudad, la ciudad de castillos. 

Habíamos llevado las palas y el cubo y habíamos estado recogiendo algas y conchas en la playa, había suficientes para decorarlo todo. Tú estabas emocionado y no querías parar. Empezó a oscurecerse y te dije que era la hora de descansar hasta el día siguiente.Tú seguías jugando y te dejé un poco más, mientras subía hacia la parte elevada de la playa a preparar las mantas para dormir. 

Excepcionalmente aquella tarde se paró el mar y podíamos oír cada sonido del bosque. Yo te ayudaba a reconocer el canto en cada pájaro y el nombre de las flores en las rocas y tú te quedabas pensando antes de responder.  Nos dormimos mecidos por el sonido de las olas.

En mis sueños te vi lejos, me asusté porque la marea subía deprisa y tú estabas abstraído mirando tus castillos. La noche silenciosa y el mar sereno habían dejado la playa intacta, los castillos seguían enteros, ni siquiera la brisa nocturna los había alterado. Yo sonreí y me acerqué a celebrarlo contigo, había amanecido y pronto volveríamos a casa. Dejé hirviendo el agua y tu fruta partida y caminé hacia donde estabas mientras te llamaba. 

- Avena, Avena querido, ¡qué bien! no se han roto los castillos esta noche, es fantástico. 

No te volviste. Yo sabía que me escuchabas. Sentía que algo ocurría y aceleré el paso. Al llegar te toqué el hombro y te giraste enfadado, me gritaste.

- Es tu culpa yaya, es tu culpa, yo no quería venir aquí, quiero llevarme los castillos a casa, quiero llevármelos.

Y lloraste de rabia y de impotencia y yo no sabía qué responderte, no podía llorar contigo, no tenía contestación. Me empujaste y saliste corriendo, la marea subía mientras corrías hacía el mar. Te seguí llamando, grité tu nombre que se escuchó junto al bramido de este océano. Entraste en el agua, una ola  te revolcó y te asustaste. Me llamaste entonces, me levanté y corrí hacia ti, te cubrí con las toallas y te acurruqué. Llorabas, y me repetías que no querías dejar tus castillos en la playa.



lunes, 3 de agosto de 2026

MVR

No tengo hambre, he salido a cenar fuera de modo automático, sin siquiera saber qué hacía. He ido al restaurante de la marina donde solíamos cenar los domingos. Tú siempre decías que los domingos no se han hecho para estar alicaída y que venga que a la calle y así, sin darnos cuenta, cenar fuera los domingos se convirtió en nuestra rutina. 
Cuando comencé a trabajar como correctora de estilo de aquella escritora se me empezó a hacer pesado salir tarde, el lunes madrugaba y tú siempre has sabido que necesito dormir, que si no no soy persona no doy pie con bola como siempre me decías bromeando y yo, bueno, no pasa nada, vamos anda, si te hace ilusión. 



Reservabas siempre mesa a las diez y pedías tu vino favorito, me llenabas la copa, aunque no estuviera aún vacía y hablabas, hablabas del día, del trabajo, de los niños, de la nueva chica, que si que fea era, que si no se lavaba, que si que pena que Purita se hubiera casado, con lo bien que cocinaba y lo que la querían los niños, me hablabas de tus pacientes, de tus alumnos en la Universidad, de cómo cambian los tiempos y también las generaciones.  

Nunca me levantaba para ir al baño, nunca te interrumpía. Y así, poco a poco me fui quedando ausente, con la mirada perdida en el comedor, respondiendo a camareros que me preguntaban algo mientras me llenaban el plato.

¿Me escuchas Sole? Hija, es que siempre estás en babia. Seguro que no sabes de qué hablo, a ver, dime, ¿de qué estaba hablando? Sí Elías, te estoy escuchando, continúa por favor. Y entonces ya no seguías hablando, empujabas las palabras hacia dentro mientras me herías con tu mirada inquisitiva apretando el tallo de tu copa.
Nos envolvía desde ese instante un silencio nuestro, pesado, denso, genuino, largo.
Al cabo de un rato me acariabas la mejilla en un gesto acostumbrado que anticipaba tu deseo. Era el final de tu ritual de domingo, cuando volvíamos a casa tarde, bebidos y yo solo podía pensar en que el despertador sonaría a las seis de la mañana. Al principio me decía que no me importaba, que total una noche de maldomir no era para tanto, después porque no era ya capaz de contrariarte y al final yo ya no decía nada, me callaba mientras me desnudaba, con la mirada perdida y apretando los muslos. 
No sé cuándo comenzó, en qué momento cambiaste y yo miré hacia otro lado, como si no me estuviera ocurriendo a mí, como si yo fuera otra y pudiera vivir sin mí. Sin embargo nunca he olvidado el primer día que me dolió, vi tu mano alzarse, la luz de la bombilla de la sala de estar titilando trémula, cerré los ojos y apreté los muslos y no te miré cuando me golpeaste. Saliste de la habitación enfurecido, gritando algo que yo no alcanzaba a entender, temí que los niños se despertaran, recogí las flores que se habían volcado en la mesa, me sequé las lágrimas y me quedé desconcertaba al ver la sangre en el pañuelo. Apagué las luces de la casa camino de nuestro domitorio, me desvestí y me acosté a tu lado con los ojos abiertos.
En aquellos días me sentía siempre cansada, visitamos varías consultas de médicos relevantes que habían sido compañeros tuyos de carrera. Nos decían que era el estrés, me recetaban vitaminas y tranquilizantes y me prescribían somníferos para conciliar el sueño. 
Entonces decidimos que sería mejor dejar la oficina. Cuando se lo comuniqué a Carolina, mi jefa, se sintió apresadumbrada. Yo sabía que hacía tiempo estaba preocupada por mi estado de ánimo. 
Al día siguiente de aquel primer episodio no fui a trabajar, tampoco salí del cuarto para no asustar a los niños. A los pocos días pude cubrir las marcas con el maquillaje y salí en bata del dormitorio.
La casa estaba en silencio, pregunté a Miguela por los niños y me dijo que habían salido al Retiro a montar en barca con Luisa y ¿Elías? Me respondió que con ellos, claro. Miré al calendario de la cocina y me di cuenta de que era domingo. Ya eran las ocho de la tarde y no habían vuelto, al día siguiente había colegio. Yo no sabía si arreglarme, es cierto que llevábamos varios domingos sin salir a cenar, pero tal vez este. Decidí vestirme, me peiné y me puse algo de perfume y me senté en la sala de estar a esperarte. Me fijé en que las flores de la mesa se estaban marchitando y me levanté para tirarlas. En ese momento se oyó un alboroto de risas y carreras de los niños por el pasillo. Yo me quedé congelada, ¿por qué?, el miedo. 
Reconocí ese día que estaba asustada, que caminaba por la casa sigilosa, parecía un fantasma. Hasta los niños me esquivababan. 
No sé si era por las pastillas, pero me sentía aturdida, como ausente, más aún, ya sin vida. 
A veces me decías algo en mi espalda y yo no te sentía, entonces me escupías la palabra por encima de mi oreja mientras apretabas mi hombro. Yo sentía un hormigueo incómodo en mi entrepierna y pedía que no me lo notases, que no me lo note, que no me lo note, que no me lo note, por favor. Y pasabas de largo a mi lado moviendo el aire como en un absurdo suspiro.
Se me aceleraba la respiración al quedarme sola de pie en el pasillo, en bata o maquillada, perfumada, yendo al cuarto de baño o con una taza de café en la mano. Yo no sabía qué hacer, a veces recordaba los días en los que me despertaba para ir a trabajar y regresaba a casa y tenía que quitarme de encima a los niños que me preguntaban si les había traído algo de la oficina, máma, mamá, mamá...y nos reíamos en la entrada de la casa porque otra vez me habíais tirado al suelo. Y me volvía a preguntar en qué momento había sucedido, cómo se nos había puesto así la vida patas arriba.

Lucía ya apenas me llamaba, pero era mi única amiga y en ímpetu raro, descolgué el teléfono y marqué su número. No me reconoció. Yo no sé de dónde saqué aquel días las fuerzas para pedirle que viniera, para contener el llanto que me apretaba la garganta. 
Elías estaba de viaje por trabajo y regresaría en unos días.

Llevábamos ya un buen rato en la sala de estar tomando té y un pedazo de tarta del día anterior. Habíamos estado charlando como siempre, como si nada, como si mi vida no hubiera estallado en mil pedazos y yo aún estuviera entera y recordase quién fui. Ella como siempre de sus cosas, de arte, de hombres, de libros y de su próximo viaje. Lucía seguía soltera y se sentía a gusto en su estado. Sabíamos de alguna de sus relaciones, pero ninguna cuajó y apenas los integró en nuestras actividades. Estaba radiante, la madurez le había hecho aún más atractiva y más segura. Ya no le afectaban los comentarios compasivos del entorno, ante su soltería. Era libre sin gritarlo a los cuatro vientos.

- ¿Cómo estás Soledad?

Me quedé paralizada, se me heló el gesto y fui incapaz de articular una simple palabra. Sabía que se me estaban empapando los ojos, que iba a llorar y que tú te darías entonces cuenta. Intenté contener las lágrimas mordiéndome las encías por dentro. Oculté la cara entre mis manos lloré y sin consuelo, amargamente, rompiendo el silencio. Cuando te acercaste para abrazarme me sobresalté y me cubrí la cabeza con los brazos.

Aquella tarde me fui contigo a tu casa, me preparaste algo de cenar que no pude comer porque se me había cerrado el estómago, me acostaste en tu cama y me arropaste. Me dormí. Al rato sentí el roce de las sábanas cuando te tumbaste junto a mí, pero seguí durmiendo.

Comprendí entonces que me había convertido en algo que apenas reconocía, en alguien a quien nunca hubiera tenido interés en conocer. Me daba cuenta de que había perdido la noción de los días, no recordaba apenas cuando había sido el último domingo que salimos a cenar. No retenía el sabor de la comida y me olvidaba con frecuencia de acudir a la mesa. 
Mi ausencia se convirtió en una pieza más del engranage familiar. Todos hacíais como si nada cuando pasabais por mi lado, cuando entrabais al dormitorio para darme alguna buena noticia, cuando cada noche te ibas a dormir al cuarto de invitados. A mis ojos todo transcurría como antes, como si yo no estuviera en esta cama, con este camisón y entre este olor a madera en verano y ventana cerrada. Me molestaba el ruido de la calle de día y de noche.

Los días que pasé en casa de Lucía se convirtieron en un tormento. Venías cada día a verme o llamabas constantemente. Si Lucía te decía que estaba descansando, insistías a la media hora.

Sin embargo, aquel tiempo fue para mí volver a recordar el olor de la poda, el calor de la tarde en primavera, el sabor del café por la mañana y recibir al día. No hacía mucho, la verdad, al principio llegaba a la casa y encendía la televisión, después empecé a ver películas, algunas que estaban en la programación y otras tantas de las que había en la casa de Lucía. Volví a leer. 

No sé muy bien cuánto tiempo estuve fuera de casa. Una mañana, mientras tomaba mi café y leía, decidí que quería volver a trabajar. Cuando llegó Lucía lo comentamos y le pareció una idea estupenda y no sé en qué momento esa idea se confundió con tu recuerdo, con nuestra casa, la familia y los domingos por la noche. Te llamé. Quería celebrar contigo mi iniciativa, celebrar la vida. Te propuse salir a cenar. 
Por un momento creí que la línea se había cortado y escuché tu respiración, te nombré y finalmente respondiste con un bueno, tranquila, no te precipites, Sole estás aún muy frágil. 
Cuando volvió Lucía le dije que volvía a casa y esa fue la única vez que me dijo que me estaba equivocando que no volviera que rehiciese mi vida que pensara en mí. Esa noche fumé, no lo hacía desde que me había quedado embarazada de Jorge. Nos bebimos varias botellas de vino juntas y le hablé por primera vez de todo lo que había ocurrido. Me sorprendió que lo supiera y que no le sorprendiera que al día siguiente, yo hiciera mi maleta y volviera a casa con Elías.
Y nada cambió.

Después llegó tu enfermedad, el diagnóstico implacable que te acortaba la vida. Te cuidé día y noche hasta el último momento. 

No volví a trabajar.

Hoy salgo a cenar. No es domingo. Nunca he comido sola en un restaurante.



           


viernes, 31 de julio de 2026

respirar



Llegaste primero, la madre abrió la puerta cuando yo aún hervía el agua, aún descalza, con la toquilla desordenada sobre mis hombros y no sé por qué.

Era la canícula. Días sofocantes en la casa. 

Apenas en penumbra durante el día porque tu madre sentía angustia en la sombra. Desde que el vientre empezó a crecerle de modo ingente se sintió agotada. Poco a poco fue espaciando más las noches de conversaciones y risas en la puerta de la casa, al sereno de la noche y se fue recogiendo. Su respiración se escuchaba por la casa. Avena la seguía atenta, le preguntaba si estaba bien, le acariciaba el cabello y ella, sonreía cansada. 

Fueron días de lectura para mí y hacer los cuadernos de escribir la vida. Ahora tendrían más que anotar, pronto serían tres, tres almas y tres cuerpos. Cuerpos diferentes cada uno, originaria respiración del instante, de lo concreto de cada ser. 
Cuerpos que guardan vidas, cuerpos libres y poderosos que no se doblegan, que crecerán solitarios en este bosque bajo la mirada acechante de la madre cuidadora entre los árboles. 

Respirar, tomar aliento, vivir.

Cuerpos continentes sin derecho a ser definidos, cuerpos sin sexo y sin forma, cuerpos sin molde. Sin patrón.

Respirador.

Cuando te vi, ya pude sentirte, reconocí el fuego y el sol, la fuerza de estar y de ser, tu presencia y tu templanza. Llegaste adelantando el solsticio, épico en tus formas y en tu mirada. Tu cuerpo fornido de héroe clásico y que sabíamos vivo a cada instante. Desde semilla te movías, danzabas primero y tu madre se reía porque sentía burbujas, decía. Yo la veía tan feliz, respiraba y cantaba en los sosiegos que le daban las náuseas y el agotamiento. 
Nunca cuestionaste si querías vivir porque llegaste con la vida en tus hombros, porque tú, Amaranto querido de mis días, llegaste vivo y nada más. 
Te habíamos recibido ya desde los primeros latidos. Fuiste cuerpo desde el comienzo, hambre y sueño y la batalla por respirar.

Yo sentí que, como yo, guardarías nuestras vidas. Así te sentí cuando cruzaste la puerta de nuestra casa.

Amaranto,

respirar

el que guarda la vida.

Respirar otra vez


miércoles, 29 de julio de 2026

respirar


y llegaste a la vida con los ojos abiertos,  mojados aún del fluido de la madre, del líquido ancestral de la tierra, agua y regadío para tu vida pequeña.

y llegasté detrás, te quedaste en el vientre de la madre un poco más, retuviste dentro del agua de amaranto y la kinua

y te empujó,  montuoso empello de animal cansado

y no sé si lloraste 

Fue después cuando llegó tu madre, cansada como un cometa apagado.

Era ya la madrugada, Amaranto escuchaba los planetas en mis brazos, yo aún estaba acostumbrándome a su aliento y se abrió la puerta, esta vez no había escuchado sus pasos. El llanto de Amaranto inundaba la casa con su voz apenas reciente. La casa entera olía a semilla y sebo dulce. Lo había lavado y lo miraba abstraído. 

El tiempo se detenía en el bosque durante tus partos y el silencio callaba.

La madre en el cerco, con la hija en brazos. 

Llegaste envuelta en las hojas mojadas por tu madre en el lago. Ella había estado preparando los mantos para guardaros. Durante las últimas semanas apenas hablaba, se despertaba al amanecer y salía hacía el lago, por el camino recogía hojas de castaño, de yamuro y catalpa, semillas y flores aleatorias. Comía algún fruto que el verano generoso ocultaba entre las sombras de los árboles. Volvía cada día al atardecer, siempre antes de que cayera la noche. Yo la esperaba con un cuenco de sopa y Avena en la cama y cada vez, ella me sonreía cansada.

En la tarde del primer día de junio no volvió sola, yo siempre la esperaba anotando palabras a la última claridad del día. Me entregó a Amaranto y lo guardé en mis brazos. Las hojas transpiraban su aliento y me empapaban de humedad y lago, aún olía a grasa agría.

La puerta se quedó abierta y te miré envuelta entre las hojas, me acechaste infinita en tus ojos reciéntes que llegaban acaparando la vida, la mirada punzante y decidida. Y me quedé detenida, con el tiempo y Amaranto y el sueño de Avena.

La madre te había lavado, llegabas limpia y pulida con las semillas de kinua, orgullosa de estar, aprehendiendo el olor de la casa y detenida en mí. Y bajé la mirada y te recibí. 

Y entonces, no cerraste los ojos hasta más tarde, cuando tu madre exhausta se acostó con vosotros y la noche sonaba de insectos. 

Tu cuerpo se templó y te encojiste curiosa indagando en tu cuerpo y te dormiste sin querer, contagiada por la respiración fatigada de tu madre y el tictac de Amaranto.

Avena dormía también y yo me quedé despierta, escuchando el jadeo dulce en el diapasón de vuestros cuerpos. Sabiendo la casa anegada 

de resuello,

de aire espirado, 

de la brisa oscura de la noche en vuestros cuerpos,

anegada en aliento,

llena de viento,

Colmando la noche

cuajo de los días y

respirar

y llegaste a la vida con los ojos abiertos, mojados aún del fluido de la madre, del líquido ancestral de la tierra, agua y regadío para tu vida pequeña.

y llegasté detrás, te quedaste en el vientre de la madre un poco más, retuviste dentro del agua de amaranto y la kinua

y te empujó, montuoso empello de animal cansado

y no sé si lloraste, fue después cuando llegó tu madre, cansada como un cometa apagado en el azul oscuro.

Era ya la madrugada, Amaranto escuchaba los planetas en mis brazos, yo aún estaba acostumbrándome a su aliento y se abrió la puerta, esta vez no había escuchado sus pasos. El llanto de Amaranto inundaba la casa con su voz apenas estrenada. La casa entera olía a semilla y sebo dulce. Lo había lavado y lo miraba ausente. 

El tiempo se detenía en el bosque durante sus partos y el silencio callaba.

La madre en el cerco, con la hija en brazos. 

Llegaste envuelta con las hojas mojadas en el lago. Tu madre había estado preparando los mantos para guardaros. Durante las últimas semanas apenas hablaba, se despertaba al amanecer y salía hacía el lago, por el camino recogía hojas de castaño, de yamuro y catalpa semillas y flores aleatorias. Comía algún fruto que el verano generoso ocultaba entre las sombras de los árboles. Volvía cada día al atardecer, siempre antes de que cayera la noche. Yo la esperaba con un cuenco de sopa y Avena en la cama y cada vez, ella me sonreía cansada.

En la tarde del primer día de junio no volvió sola, yo siempre la esperaba anotando palabras a la última claridad del día. Me entregó a Amaranto y lo guardé en mis brazos. Las hojas transpiraban su aliento y me empapaban de humedad y lago, aún olía a grasa agría.

La puerta se quedó abierta y te miré, me acechaste infinita en tus ojos acaparando la vida, la mirada punzante y decidida. Y me quedé detenida, con el tiempo y Amaranto y el sueño de Avena.

La madre te había lavado, llegabas limpia y pulida con las semillas de kinua, orgullosa de estar, aprehendiendo el olor de la casa y detenida en mí. Y bajé la mirada y te recibí. 

Y entonces no cerraste los ojos hasta más tarde, cuando tu madre exhausta se acostó con vosotros y la noche sonaba de insectos. 

Tu cuerpo se templó y te encojiste curiosa indagando en tu cuerpo y te dormiste sin querer contagiada por la respiración fatigada de tu madre y el tictac de Amaranto.

Avena dormía también y yo me quedé despierta, escuchando el jadeo dulce en el diapasón de vuestros cuerpos. Sabiendo la casa anegada de resuello,

de aire espirado, 

de la brisa oscura de la noche en vuestros cuerpos,

anegada en aliento,

llena la de viento,

Colmando la noche

cuajo de los días.

respirar