miércoles, 2 de septiembre de 2026

Yalda

A veces se me vienen los recuerdos sin querer, como las mareas repentinas en el lago, como tus enfados ahora y no sé qué hacer con ellos, entonces siento cierta tristeza porque añoro nuestras risas ingenuas.

Me doy cuenta de que se va el verano y hoy no me apetece salir. He estado ordenando mis cosas, clasificando fotos y revisando cuadernos. Tú estabas jugando en el porche, ensimismado en ti, como en otro sitio. Cuando estás así, concentrado, prefiero no hablarte. Me doy cuenta de que has crecido y que es un día perfecto para alargarte los pantalones.

Siento cierta melancolía hoy. Aún me ocurre, y no sé por qué, esta sensación que me paraliza de pronto y me quedo sintiendo que el tiempo ha pasado, que ha pasado mi vida.





Me acordé de aquel solsticio de invierno en la brisa fresca que entró a través de la ventana y en el sonido de las hojas, es aún verano, pero el bosque se prepara para abrigarse del frío, para recibir al invierno. Eras más pequeño, aquel año fuimos a la casa de la montaña, para ti era un nuevo viaje y yo pensaba que tal vez haría demasiado frío. No sabía si la casa estaría preparada, si sería suficientemente confortable para ti, si tendrías miedo. Yo había ido sola muchas veces y me gustaba el silencio en la noche y mi soledad en los caminos de piedras, mirar el valle desde el final de la montaña y sentir el viento azotando mi rostro y empujándome violento.

El viaje se nos hizo un poco largo porque te cansabas y a cada rato me pedías que parásemos y preguntabas que cuanto quedaba. Por un momento dudé de si era una buena idea o si tal vez debíamos regresar. Te lo pregunté y me dijiste:

- Está bien, no quiero volver a casa, Yaya.

- De acuerdo Avena, sigamos, no queda ya mucho y si estás cansado puedo cargarte en mi espalda.

- Sí, sí, quiero, quiero, quiero… - y de pronto parecía que ya no estabas cansado y que no querías parar.

Pienso en ese momento, cuando las pequeñas cosas te entusiasmaban y nunca parabas de reír y me hacías a mí reír también.

Por fin llegamos, fue difícil encender el fuego, yo lo sabía, habíamos salido temprano y teníamos tiempo, pero tú me decías que tenías frío. Te senté en el poyete de la ventana porque entraba el sol y te cubrí con las mantas, te quedaste organizando las piedras que habías recogido en el camino y también algunas hojas que te habían parecido preciosas. Yo mientras, me peleaba con la chimenea, que estaba húmeda y sucia y pensaba que menos mal que habíamos salido temprano para tener tiempo de organizar el refugio y también poder salir juntos a recoger algo de madera de la leñera. Pensé como siempre que era un alivio encontrar todo listo, a pesar de que hoy tuve que organizar varias cosas.

Habíamos llegado temprano por la tarde, después vendrían nuestros amigos y en la noche celebraríamos este solsticio de tu infancia. Me acuerdo de que yo había preparado una pequeña representación para nosotros, era una noche cuando nos regalábamos pequeños espectáculos. Yo no había tenido mucho tiempo para prepararnos, pero sí tenía la idea, lo que íbamos a mostrar.

Oscurecía dentro del refugio, se abrió la puerta y allí estaban. Sabía que te quedarías callado, esta timidez que te acompaña calma, hasta que explota tu alma de jugar y ya no puedes parar y nos envuelves a todos en tus ganas y ya no podemos estar quietos.

El fuego ya estaba preparado y la noche era completa, cenamos y reímos con nuestras bromas hasta que llegó la medianoche, tú no querías dormirte, estabas impaciente por hacer nuestro pequeño teatro. Primero nuestro amigo hizo su función, recuerdo su capa roja subiendo las enormes escaleras, parecía un rey. Iba dejando pequeñas piedras en cada peldaño mientras contaba su historia. Tú lo mirabas desde tus ojos almendrados y brillantes y no decías nada, tu silencio se imponía entre nosotros y todos escuchábamos. Cuando terminó tú dijiste que querías que lo hiciese otra vez, pero nosotros te explicamos que en las noches de Yalda la magia viene para irse y que solo está permitido dibujarla. Así mientras nos tomamos un descanso y bebimos infusiones, tú te fuiste a dibujar.

Y llegó nuestro momento.

Evoqué vívidamente la magia del teatro, el telón, la expectación del público, la tensión y el miedo emocionante y lo vi en tus ojos infantes. Tu primera vez, como cada una de tus primeras veces de las que he sido testigo.

Representamos Los 3 ositos.

Tú hacías de ricitos de oro y yo el resto de los personajes. Me acuerdo de que entraba y salía cambiando mi voz y la máscara. Tu madre nos había dibujado las tres durante la semana, ella siempre ha pintado muy bien y nosotros las habíamos coloreado. Anoche me fui tarde a la cama terminando de colocar las gomas y preparando la música y nuestros disfraces. Fue divertido, tú te olvidabas del texto y yo de los nervios te lo decía con voz de oso. Nuestros amigos no paraban de reír y a nosotros nos entró también la risa, tú que siempre me contagias con tus grititos chillones y tus carcajadas de niño feliz.

La noche estaba espléndida y quisimos salir a ver la luna, el frío de la noche despejada nos cortaba la cara, pero tú no querías quedarte en el refugio, deseabas salir con nosotros a ver la gran luna en la noche oscura. Nos acomodamos en el suelo sobre la manta, no había humedad, el viento helado se llevaba el rocío y sonó el crujido de las hojas secas y los palitos en el suelo al sentarnos.

Los cuatro mirando a la luna, la noche despejada y silenciosa, como nosotros, celebrando la llegada del verano.

Una pequeña nube se acercó a la luna y se detuvo el viento, el cielo se cubrió poco a poco y comenzó a nevar.

A la mañana siguiente la montaña y el valle se veía cubierto por la nieve, blanco como la luna de ayer.


miércoles, 26 de agosto de 2026

Ulises, capítulo VII

 




ULISES, CAPÍTULO VII

En cada cosa hay una grieta

Así es como la luz se cuela

Leonard Cohen


To Otti, for the time been 


A la mañana siguiente se asomó al balcón del palacio.


EOLIA 

Ulises anciano.

Te he amado en el naufragio, he atardecido en tus sombras y tinieblas, como un único cuerpo hemos gozado en el salitre de la mañana.

Te añoro me pregunto si apenas te recuerdo.

Habíamos atracado en Eolia. La tripulación estaba tensa y se empezaba a sentir el ambiente crispado. Tú estabas agotado, te veía anciano entre el reflejo del atardecer en el puerto.

Aquí el sol de la tarde siempre levantaba la brisa y entonces el viento se tornaba helado y azotaba el rostro. Me fijé en tus mejillas que había besado tantas veces durante la travesía, el aire era frío y cortaba la piel. Te afeitaba cada mañana y ungía tu faz con aceites que traje de mi hogar, la Isla. Sin embargo, Eolia es implacable y no pude evitar con mis cuidados aquellas grietas en tu piel.

Conocía bien el puerto, había estado antes en varias ocasiones. Mi vida ha transcurrido en una gavia.

 

ÍTACA

Aquel otoño conocí Ítaca, el barco en el que navegaba terminaba ahí su viaje y por alguna razón, el Destino quiso esa vez que no zarpara ningún barco durante semanas. Por primera vez en mi vida de marino dormí en tierra firme varias noches. Me sentí impaciente los primeros días, la isla no es muy grande y la caminé enseguida. Recorrí sus mercados, compré aceites y especias para mí. La comida de los barcos nunca me sabe a nada. Visité el prostíbulo del puerto cada noche y volvía al amanecer vacío e insatisfecho, borracho y solo. 

Nunca me despertó ningún interés tu isla. Escuchaba tu nombre por las calles y percibía el ambiente tenso en tu reino. Se hablaba de tu partida inminente, pero a mí solo me interesaba que fletaras tu barco y zarpar de nuevo. Podía ya percibir la agitación en el puerto. Escuché voces detrás, un grupo de hombres cargaba grandes cajas bien precintadas. La luz me deslumbraba, pero alcancé a ver el sello real y leí tu nombre, Ulises Rey. Seguí con la mirada a los que trasportaban el equipaje y fue cuando vi tu nave. Era definitivamente la nave de un rey. Pulida, limpia, reluciente. Me pareció distinguir oro y rubíes en el mástil. Me dirigí impaciente a la oficina del puerto, quería ser el primero en apuntarme en la lista de marineros. Estaba cansado de esta vida sedentaria y de pronto sentí una terrible curiosidad por ti, quién eras que te entremetías en mis pensamientos, quien despertaba al cuerpo. 

En la ventanilla el operario confirmó que el barco del rey zarparía, pero que aún no se sabía el día, que aún no estaba abierta la lista de marineros. No me importó, he dormido muchas veces al raso en los puertos y quería asegurarme de que no se fijara una fecha de salida imprevista y yo no estuviera allí. 

Desde la oficina se veía tu nave, me fijé detenidamente en la torre de vigía. Era hermosísima y relucía impoluta. Brillaba como te he dicho sí en materiales nobles. El barco de un rey. Deseaba estar ahí, vigilar desde su torre, conocerte de pronto. Nunca había visto un barco como este. Todo hablaba de ti, tú, el Señor de Ítaca.

Me dio una punzadura en el pecho y reconocí el recuerdo antiguo, el dolor del amor que había borrado cuando dejé mi casa, mi madre, a ti, al primer tú. Cerré los ojos, convencido de que podría borrar el recuerdo, que podría acogotar al fantasma y vencerlo y sentí una rabia violenta recorriendo mi cuerpo porque no te había olvidado, porque subiste conmigo en el primer barco y hemos transitado por este mar que ahora amo y me pertenece, recorriendo cada isla. Fui a la bodega del puerto a comprar una botella para no pasar frío en la noche. Mentira, siempre me engaño cuando se trata de ti, pero aquella noche no me creí. Te recordaba tan cerca que podía olerte y escuchar tu voz. Estaba furioso. Bebí tragos largos mientras volvía hacia la oficina que ya estaba cerrada y perdí el conocimiento.

 

Ahora, estamos juntos aún, en Eolia. Hemos zarpado ya numerosas veces, yo he dado voz de tierra varias también y tú ahora, desesperanzado en el abrigo de mi amor. Te ayudo a desembarcar y te acompaño a la posada. Como siempre me he adelantado a reservarte la mejor habitación a cambio de unos lingotes. He ordenado que esté limpia, caliente y preparada con la bañera templada en una hora, el tiempo que tu cuerpo ajado tarda en recorrer el camino desde el barco al habitáculo. Pareces viejo Ulises y solo, abandonado. 

 

Primer sueño de Ulises

Estamos en la habitación. Me observas sentado desde el borde del camastro mientras te preparo el baño. Te recojo de tu asiento y te desnudo. Te ayudo a entrar en la bañera y te acurrucas en el agua tibia. Recorro tu cuerpo con mis manos y te estremeces, tu boca se aprieta en un gemido sordo de placer callado. Tus ojos cerrados. Te unjo en los aceites que he preparado para ti. Te acuesto y te cubro con las pieles, tus ojos cerrados, remotos. Salgo del dormitorio y te miro desde la puerta. Atravieso el camino hacia mi cama después de cerrar la tuya.

 

A la mañana siguiente entro sin llamar. Me dices que no quieres esperar, que fletemos de nuevo el barco, que quieres retornar a casa. Has soñado con Penélope y necesitas volver. Estás ansioso y creo que está volviendo la fiebre. 

Te limpio el rostro, aliso tu cabello encrespado y te visto. Recorremos de nuevo el camino hacia la nave vacía. Es aún temprano y empieza a clarear, sin embargo, en el puerto ya hay hombres trabajando, nos miran con recelo. Te sujeto y subimos al barco. No ha venido ninguno de la tripulación y sabemos que no vendrán, lo sabemos desde ayer. 

Iniciamos nuestro viaje solos.

 

Segundo sueño de Ulises

Subo a la torre. Nada debe cambiar. Te acompaño hacia el timón. Tú eres el capitán y yo apenas piso la cubierta. Hace sol y otra vez este viento persistente. No confío en ti.

Llevamos ya horas de travesía. Hemos descuidado el avituallamiento de provisiones y tampoco hemos trazado un rumbo preciso. Los dos sabemos que no estamos preparados, que no sabes hacia dónde vas, desconoces el camino de regreso a casa. 

Necesito descansar y desciendo, me siento un poco mareado con el oleaje y la quietud en el barco. Te llamo, capitán, pero no respondes y me inquieto. El balanceo de la nave me desequilibra y no te encuentro. Te llamo otra vez. Escucho ahora tu respiración. Me acerco y estás dormido. 

La nave sin capitán.

La nave sin tripulación.

Estoy solo, me pregunto. Dudo en este momento si volver a mi puesto o cogerte en mis brazos y llevarte al lecho. Decido lo segundo. Has perdido el conocimiento y apenas tengo fuerzas para cargarte. Consigo arrastrarte hasta tu cámara, abro la puerta y te tumbo. Tus labios están entreabiertos, en las comisuras se te han formado unos pegotes amarillentos por la deshidratación. Busco en la alacena alguna tinaja y encuentro agua potable. Lleno un cazo y con un paño apenas limpio, lo mojo y te humedezco los labios, pero no es suficiente. Entonces atravieso con mi lengua cada grieta abierta de tu boca y te hidrato. Te beso. El escalofrío me recorre de nuevo y sé en esta inmensidad oscura, que estoy solo.


Tercer sueño de Ulises 

Esta noche has llamado a Penélope incesante. Me he tendido a tu lado y te he humedecido la frente constamente. Tienes fiebre y deliras. 

- ¡¡¡Penélope!!! -gritas una y otra vez. 

Penélope no reconocida, Penélope de tus sueños.  

Voy hacia el timón y dirijo la nave hacia Ítaca. Conozco el camino, ya te dije que había navegado tu rumbo varias veces. Ulises que se perdió en su retorno y se hizo viejo.

Cae la noche.


Cuarto sueño de Ulises

Por primera vez pierdo la esperanza. Veo como la tempestad se aproxima, las cortinas oscuras de agua cayendo al fondo, se ilumina el púrpura con los relámpagos, el sonido del trueno que se acerca. No quiero perder aquí mi vida, ni tampoco morir a tu lado. Siento compasión por los dos, pero tampoco puedo saltar al mar, tampoco abandonarte.

En un esfuerzo insólito decido salvarte también a ti. Voy hacia las barcas de salvamento compruebo que las sogas que la sujetan al barco están intactas, encuentro dentro los remos y la preparo para lanzarla al mar.

Es inútil llamarte, no puedes ya escuchar. Te cargo en mi hombro y te tumbo en la embarcación. Tiro de la cuerda hasta comprobar que las poleas han llegado a su tope para levantarla, la empujo hasta asegurarme de que está fuera de la cubierta. Entro con dificultad y dejo caer la soga. El agua salada nos salpica y tú pareces quejarte.

La tormenta está ya encima de nosotros, nos alejamos de la nave que comienza a escorarse.   

 

Quinto sueño de Ulises

Veo la costa. Ha cesado la tormenta.

Por un momento me siento desorientado y no sé dónde estoy. Grito tierra con desesperación y te llamo:

- Odiseo, despierta. Despierta Odiseo.

 

Sexto sueño de Ulises

Me recuesto en la arena después de haberte cargado. No me importa la humedad. Compruebo una vez más que respiras. Odiseo el héroe, invencible cuerpo que no muere. Tu piel pálida me huele a semillas de hinojo, otra vez la punzada. Es la hora de la despedida, de tu cuerpo que se marcha.

Te tomo en mis brazos y te llevo hasta la cueva de la playa. Puedo escuchar el alboroto en tu palacio, los gritos borrachos de los pretendientes, el sonido de los platos, el olor de la carne asada, el chasquido de las agujas de Penélope. Cierro los ojos, me cuesta respirar. Te abrazo ahora y mi llanto de caverna retumba en la playa, choca contra las olas furiosas que no han podido tragarnos, grito a los dioses que nos han devuelto a tu isla, repudio a mi madre, quiero morir, quiero terminar en esta orilla. Mi llanto moja la arena, me ahogo, me escuece el pecho que se desgarra. Me estoy estoy despidiendo de ti.

Grito ahora con mi voz de vigía quebrada.

-  El rey ha regresado. Ulises el naúfrago está aquí. El rey ha sido derrotado por el mar y desea volver a casa. Abrid, abrid las puertas para que entre el rey de Ítaca.

- Penélope, Penélope, aquí tiene al esposo. – he gritado con mi voz desgarrada y rota.

La boca me sabe a sangre. Me derrumbo amado, mi frente sobre la arena, diminutos granos se clavan en ella, mis manos abiertas sujetando mi cuerpo reclinado quieren tocar por última vez tu torso.

-    Estás derrotado y solo.

Me levanto sin tocarte y sin mirarte por última vez. Vuelvo a la embarcación y la empujo hacia adentro. El viaje a puerto será largo. Agarro los remos y me alejo de Ítaca con rumbo fijo.

 

Séptimo sueño de Ulises

No siente su cuerpo. Sus hombres han bajado hasta la playa a recogerlo, toman su cuerpo protocolariamente y lo llevan ante la esposa que lo cubre con el manto.

Silencio en palacio.

 

Octavo sueño de Ulises 

El vigía negro se desgarra en llamas.

lunes, 17 de agosto de 2026

Eclipses


Con tus ojos abiertos, desde el amanecer, en el lago,  la senda o sola, mi querida Kinua.

Tu madre mira al cielo, inquieta o distante, temprana. Amaranto duerme en sus brazos, presente, ocupante, habitando su cuerpo en la penumbra próxima.

Yo apresurada, detrás de tu hermano, Avena, el que corre hacia las olas. Yo, los azules y el silencio.

No teníamos mucho más que hacer que esperar al eclipse. Tú estabas sola, tendida en la arena apretada de la orilla, cubierta por mantas, como tu madre también muy atenta, percibiendo cada cambio de luz. Ambas unidas en la ausencia de sol y los silencios. Ella sabe que estás muy cerca, pero no puede dejar de mirar al cielo. Tú abres los ojos, así como vives, como escudriñas precisa cada palabra presente, cada forma que traspasa tu espacio, el color, cada engranage del mundo que solo tú aprecias. 

Hacía frío y ya caía la noche, el lago se oscurecía hasta desaparecer en un negro sin cielo y en tu piel se dibujó el eclipse. Te quedaste quieta, la luna sol se recortaba en tu silueta en sombra y no te moviste. 

Paralelas estrellas en la arena, dos, tus ojos, el diminuto destello, una chispa de espuma de mar.

sábado, 15 de agosto de 2026

Eclipses


 

- ¿No lo notáis? La luz. ¿No la notáis?- anunció tu madre.

Nosotros la miramos sonriendo, como diciendo sí, pero sin verla. Tú estabas ya pensando en bañarte en la pequeña laguna, sin pensar en lo que iba a ocurrir. Yo te dije que cuando fueras mayor recordarías este momento.

La luz se hacía metálica y no podíamos aún saber cómo iba a suceder. Ella abrió los ojos y yo la admiraba, tenía esa especial manera de respirar con la naturaleza.

Amaranto seguía durmiendo, tu madre te había cogido cuando bajaba la temperatura, estabas acurrucado en sus brazos y ella no te miraba. Te guardada en la manta que habíamos bajado al lago porque pensé que tendríamos frío al caer la primera noche.

Respirabais juntos arrítmicamente, tu pequeño cuerpo que lo hace dos veces y el nuestro al son. 

- No hemos visto el sol.- nos dijo al vernos.

- ¿Qué sol, mamá?- respondiste.

- El sol.- te dijo.

- Es porque se ha ido.- afirmaste mirando al mar. ¿Puedo bañarme otra vez? ¿Puedo?

- Espera.- te dije.

Amaranto niño dormía en el amanecer de la tarde. Sus ojos hacia el cielo cerrados al sol, respira mientras la luz vuelve y la brisa se calma. Sereno en el bosque.

Se escuchó entonces un ruido de ruiseñores y sobrevoló la garza sobre el lago.

Silencios.


jueves, 13 de agosto de 2026

Eclipses

Avena, esta tarde hubo un eclipse. 

Hemos preparado la merienda y unas absurdas gafas que hemos hecho juntos en casa con unos cristales ahumados y hemos salido hacia el lago, el claro del bosque donde miramos las estrellas y guardamos silencios compartidos.

Por el camino ibas buscando insectos, hoy te sentí inquieto y te dejé ir el primero. A veces te perdía de vista por la senda, pero escuchaba el crujido de las ramas y comprobaba tus huellas en el barro todavía húmedo. Había estado lloviendo y aún las nubes empañaban el cielo.

Eran días de desencuentros, tú lejano y desafiante, yo constante y lejana, expectante. Entonces no escuchabas, te ensimismabas en tus juegos, en tus remotos pensamientos y te ausentabas. Creo que era difícil compartir contigo, aceptar que no confirmas conmigo el sonido del bosque o el gruñido de algún animal pequeño. Era así y seguíamos en los días.

Hoy, camino hacia el eclipse, atravesar el bosque era difícil por las caídas ramas que aún no habíamos recogido, nos pareció que se adelantaba el otoño y tú lo dijiste sin volver la cabeza, te respondí, es cierto. Una pequeña luz asomó entre los árboles, la conocíamos bien, entonces saliste corriendo y gritando, como siempre, y pareciste pequeño, el Avena de ojos de almendra dulce que me cogía la mano y me acompañaba en el sendero. Estabas emocionado, siempre te llenaba de alegría llegar al lago. Te desvestiste solo y te metiste al agua. 

Tu madre te gritó:

- ¡Avena, ten cuidado! ¡te vas a resbalar con el verdín!

Y seguiste corriendo hasta salpicar con tu pequeño cuerpo la superficie en calma y te llenaste de ondas. Te reías y saltabas y buscabas piedras para hacer ranas que nunca te salían. Te reías y estabas feliz, habías olvidado que íbamos a ver el eclipse y eso me hizo sentir serena, como entender que todo era como siempre o que estaba bien. 

Me senté a preparar la merienda. Habíamos llevado unas galletas que hizo tu madre la tarde anterior y que a ti te encantaban, fruta, agua e infusiones para mí.

Era pronto aún. 

Tu madre se metió contigo en el lago y te besó, después regresó a la orilla y se sentó a mi lado. Cogió una galleta rota y un vaso de agua y bebió mientras te miraba, sintió frío y se cubrió los hombros al tiempo que te llamaba. Ella sabía que el eclipse había comenzado porque la  luz se hacía cenicienta y podía percibir como caía en golpes breves y violentos, imperceptibles para nosotros, como imperceptible también fue el inicio del eclipse y la luna.

Te llamó otra vez y preparó la toalla para secarte, pero no respondiste. Ella insistió serena. Las dos sabíamos que empezaba a oscurecerse y pensábamos que te asustarías al caer la noche repentina, pero no sería así. Te alejaste más y el lago se llenó de un azul también ceniciento, apenas podía distinguir tu figura diminuta de danzante y salí corriendo, pensando que te podías perder o que tal vez algún animal del bosque pudiera asustarte. 

Corrí hacia ti sin llamarte, te veía salpicando el agua del lago, celebrando el eclipse con tus juegos, lejano e inconsciente. Tu eclipse, tu libertad de niño que nadie percibía, tú y tu incipiente vida. Al llegar a tu lado la luz cayó, fue una noche inmediata, sin atarceder, sin sol. Oscuridad. Nos cubría una gran nube hasta la mitad del cielo donde asomaba esta noche extraña, esta ausencia de claridad que habíamos llamado noche, como si se fuera el día y volviese a amanecer. Sin embargo Avena, para ti era la tarde, otra tarde de juegos entre sombras. Todo se volvió azul oscuro y se dibujó una franja verde en el horizonte del lago, y me asusté. Me costó asir tu mano en esta noche rara que nos rodeaba. Tú seguías jugando y te dije:

- Mira Avena, mira al fondo. Tengo miedo. Dame la mano.

- Yo no tengo miedo.- me respondiste mientras te cogía la mano. ¿Por qué tienes miedo?

Regresamos a la orilla con tu madre. La luz volvía y ella estaba impasible, con Amaranto en los brazos.




domingo, 9 de agosto de 2026

Sueños de arena


Ya faltaba poco para que llegaran tus hermanos, tu madre sonreía cansada y charlaba desde su agota miento próximo. A veces la sorprendías mirando a través de la ventana mientras desayunaba y tú le preguntabas que piensas mamá, mamá y ella se volvió y te sonreía y le preguntabas si estaba bien.

Vamos Avena, vístete, vamos a llegar tarde al colegio y tardabas en llegar, porque te quedabas mirándola triste, preocupado. Yo como siempre pensaba que todo era igual, tú sin embargo te quedabas rezagado en el camino, como si quisieras perderte, como si no quisieras ir al colegio, aunque yo sabía que sí querías y seguíamos caminando. 

Ese día me tropecé y no pude seguir andando, me dijiste que ya eras mayor, que podías ir solito a la escuela, que no me preocupase y que me quedara ahí, seguro que mis hojas y el sonido de los pájaros me  haría sentirme mejor pronto y el calor de la mañana me daría fuerzas para seguir el día. 

Te miré y me di cuenta de que estabas creciendo. Sentí que un día como hoy cuidabas tú de mí y seguías solo tu camino hacía la escuela. 

Yo no insistí en acompañarte porque realmente me dolía el tobillo y podía moverme a duras penas. 

Me quedé dormida en el sendero, no sé si desde casa a la escuela o a la inversa. Me sentía abotargada. Había estado soñando que te perdías en la playa. Hacía viento y la bruma cubría todo. Habíamos bajado a jugar, era verano y nos habíamos marchado este año lejos, hacia el norte amado, hacia la lluvia y las nubes grises algunas tardes. Tú insistías en que ya eras mayor y podías dormir en la playa. Yo te preguntaba, ¿solo? y tú me dijiste que no, que juntos. Esa tarde dudé y pensé que podría ser una buena idea.

- ¿Por qué no Avena? Vale, quedémonos hoy en la playa, no hace frío y podemos cubrirnos con las toallas. 

- ¡Bien!- respondías con tu sonrisa de línea paralela a tus ojos rasgasdos, mientras saltabas haciendo tus tonterías que siempre me hacen reír. 

Te sentís feliz por mi respuesta, para ti solo existía el momento, aún no podías entender qué era crecer, como yo aún me esforzaba en entender que el tiempo pasaba, implacable y que por mis días habían quedado pedazos de vida deshilachados, desmadejados en el sendero.

Habíamos estado haciendo castillos en la arena y aquel día, que nos quedamos a dormir, habíamos construido juntos una ciudad, la ciudad de castillos. 

Habíamos llevado las palas y el cubo y habíamos estado recogiendo algas y conchas en la playa, había suficientes para decorarlo todo. Tú estabas emocionado y no querías parar. Empezó a oscurecerse y te dije que era la hora de descansar hasta el día siguiente.Tú seguías jugando y te dejé un poco más, mientras subía hacia la parte elevada de la playa a preparar las mantas para dormir. 

Excepcionalmente aquella tarde se paró el mar y podíamos oír cada sonido del bosque. Yo te ayudaba a reconocer el canto en cada pájaro y el nombre de las flores en las rocas y tú te quedabas pensando antes de responder.  Nos dormimos mecidos por el sonido de las olas.

En mis sueños te vi lejos, me asusté porque la marea subía deprisa y tú estabas abstraído mirando tus castillos. La noche silenciosa y el mar sereno habían dejado la playa intacta, los castillos seguían enteros, ni siquiera la brisa nocturna los había alterado. Yo sonreí y me acerqué a celebrarlo contigo, había amanecido y pronto volveríamos a casa. Dejé hirviendo el agua y tu fruta partida y caminé hacia donde estabas mientras te llamaba. 

- Avena, Avena querido, ¡qué bien! no se han roto los castillos esta noche, es fantástico. 

No te volviste. Yo sabía que me escuchabas. Sentía que algo ocurría y aceleré el paso. Al llegar te toqué el hombro y te giraste enfadado, me gritaste.

- Es tu culpa yaya, es tu culpa, yo no quería venir aquí, quiero llevarme los castillos a casa, quiero llevármelos.

Y lloraste de rabia y de impotencia y yo no sabía qué responderte, no podía llorar contigo, no tenía contestación. Me empujaste y saliste corriendo, la marea subía mientras corrías hacía el mar. Te seguí llamando, grité tu nombre que se escuchó junto al bramido de este océano. Entraste en el agua, una ola  te revolcó y te asustaste. Me llamaste entonces, me levanté y corrí hacia ti, te cubrí con las toallas y te acurruqué. Llorabas, y me repetías que no querías dejar tus castillos en la playa.



lunes, 3 de agosto de 2026

MVR

No tengo hambre, he salido a cenar fuera de modo automático, sin siquiera saber qué hacía. He ido al restaurante de la marina donde solíamos cenar los domingos. Tú siempre decías que los domingos no se han hecho para estar alicaída y que venga que a la calle y así, sin darnos cuenta, cenar fuera los domingos se convirtió en nuestra rutina. 
Cuando comencé a trabajar como correctora de estilo de aquella escritora se me empezó a hacer pesado salir tarde, el lunes madrugaba y tú siempre has sabido que necesito dormir, que si no no soy persona no doy pie con bola como siempre me decías bromeando y yo, bueno, no pasa nada, vamos anda, si te hace ilusión. 



Reservabas siempre mesa a las diez y pedías tu vino favorito, me llenabas la copa, aunque no estuviera aún vacía y hablabas, hablabas del día, del trabajo, de los niños, de la nueva chica, que si que fea era, que si no se lavaba, que si que pena que Purita se hubiera casado, con lo bien que cocinaba y lo que la querían los niños, me hablabas de tus pacientes, de tus alumnos en la Universidad, de cómo cambian los tiempos y también las generaciones.  

Nunca me levantaba para ir al baño, nunca te interrumpía. Y así, poco a poco me fui quedando ausente, con la mirada perdida en el comedor, respondiendo a camareros que me preguntaban algo mientras me llenaban el plato.

¿Me escuchas Sole? Hija, es que siempre estás en babia. Seguro que no sabes de qué hablo, a ver, dime, ¿de qué estaba hablando? Sí Elías, te estoy escuchando, continúa por favor. Y entonces ya no seguías hablando, empujabas las palabras hacia dentro mientras me herías con tu mirada inquisitiva apretando el tallo de tu copa.
Nos envolvía desde ese instante un silencio nuestro, pesado, denso, genuino, largo.
Al cabo de un rato me acariabas la mejilla en un gesto acostumbrado que anticipaba tu deseo. Era el final de tu ritual de domingo, cuando volvíamos a casa tarde, bebidos y yo solo podía pensar en que el despertador sonaría a las seis de la mañana. Al principio me decía que no me importaba, que total una noche de maldomir no era para tanto, después porque no era ya capaz de contrariarte y al final yo ya no decía nada, me callaba mientras me desnudaba, con la mirada perdida y apretando los muslos. 
No sé cuándo comenzó, en qué momento cambiaste y yo miré hacia otro lado, como si no me estuviera ocurriendo a mí, como si yo fuera otra y pudiera vivir sin mí. Sin embargo nunca he olvidado el primer día que me dolió, vi tu mano alzarse, la luz de la bombilla de la sala de estar titilando trémula, cerré los ojos y apreté los muslos y no te miré cuando me golpeaste. Saliste de la habitación enfurecido, gritando algo que yo no alcanzaba a entender, temí que los niños se despertaran, recogí las flores que se habían volcado en la mesa, me sequé las lágrimas y me quedé desconcertaba al ver la sangre en el pañuelo. Apagué las luces de la casa camino de nuestro domitorio, me desvestí y me acosté a tu lado con los ojos abiertos.
En aquellos días me sentía siempre cansada, visitamos varías consultas de médicos relevantes que habían sido compañeros tuyos de carrera. Nos decían que era el estrés, me recetaban vitaminas y tranquilizantes y me prescribían somníferos para conciliar el sueño. 
Entonces decidimos que sería mejor dejar la oficina. Cuando se lo comuniqué a Carolina, mi jefa, se sintió apresadumbrada. Yo sabía que hacía tiempo estaba preocupada por mi estado de ánimo. 
Al día siguiente de aquel primer episodio no fui a trabajar, tampoco salí del cuarto para no asustar a los niños. A los pocos días pude cubrir las marcas con el maquillaje y salí en bata del dormitorio.
La casa estaba en silencio, pregunté a Miguela por los niños y me dijo que habían salido al Retiro a montar en barca con Luisa y ¿Elías? Me respondió que con ellos, claro. Miré al calendario de la cocina y me di cuenta de que era domingo. Ya eran las ocho de la tarde y no habían vuelto, al día siguiente había colegio. Yo no sabía si arreglarme, es cierto que llevábamos varios domingos sin salir a cenar, pero tal vez este. Decidí vestirme, me peiné y me puse algo de perfume y me senté en la sala de estar a esperarte. Me fijé en que las flores de la mesa se estaban marchitando y me levanté para tirarlas. En ese momento se oyó un alboroto de risas y carreras de los niños por el pasillo. Yo me quedé congelada, ¿por qué?, el miedo. 
Reconocí ese día que estaba asustada, que caminaba por la casa sigilosa, parecía un fantasma. Hasta los niños me esquivababan. 
No sé si era por las pastillas, pero me sentía aturdida, como ausente, más aún, ya sin vida. 
A veces me decías algo en mi espalda y yo no te sentía, entonces me escupías la palabra por encima de mi oreja mientras apretabas mi hombro. Yo sentía un hormigueo incómodo en mi entrepierna y pedía que no me lo notases, que no me lo note, que no me lo note, que no me lo note, por favor. Y pasabas de largo a mi lado moviendo el aire como en un absurdo suspiro.
Se me aceleraba la respiración al quedarme sola de pie en el pasillo, en bata o maquillada, perfumada, yendo al cuarto de baño o con una taza de café en la mano. Yo no sabía qué hacer, a veces recordaba los días en los que me despertaba para ir a trabajar y regresaba a casa y tenía que quitarme de encima a los niños que me preguntaban si les había traído algo de la oficina, máma, mamá, mamá...y nos reíamos en la entrada de la casa porque otra vez me habíais tirado al suelo. Y me volvía a preguntar en qué momento había sucedido, cómo se nos había puesto así la vida patas arriba.

Lucía ya apenas me llamaba, pero era mi única amiga y en ímpetu raro, descolgué el teléfono y marqué su número. No me reconoció. Yo no sé de dónde saqué aquel días las fuerzas para pedirle que viniera, para contener el llanto que me apretaba la garganta. 
Elías estaba de viaje por trabajo y regresaría en unos días.

Llevábamos ya un buen rato en la sala de estar tomando té y un pedazo de tarta del día anterior. Habíamos estado charlando como siempre, como si nada, como si mi vida no hubiera estallado en mil pedazos y yo aún estuviera entera y recordase quién fui. Ella como siempre de sus cosas, de arte, de hombres, de libros y de su próximo viaje. Lucía seguía soltera y se sentía a gusto en su estado. Sabíamos de alguna de sus relaciones, pero ninguna cuajó y apenas los integró en nuestras actividades. Estaba radiante, la madurez le había hecho aún más atractiva y más segura. Ya no le afectaban los comentarios compasivos del entorno, ante su soltería. Era libre sin gritarlo a los cuatro vientos.

- ¿Cómo estás Soledad?

Me quedé paralizada, se me heló el gesto y fui incapaz de articular una simple palabra. Sabía que se me estaban empapando los ojos, que iba a llorar y que tú te darías entonces cuenta. Intenté contener las lágrimas mordiéndome las encías por dentro. Oculté la cara entre mis manos lloré y sin consuelo, amargamente, rompiendo el silencio. Cuando te acercaste para abrazarme me sobresalté y me cubrí la cabeza con los brazos.

Aquella tarde me fui contigo a tu casa, me preparaste algo de cenar que no pude comer porque se me había cerrado el estómago, me acostaste en tu cama y me arropaste. Me dormí. Al rato sentí el roce de las sábanas cuando te tumbaste junto a mí, pero seguí durmiendo.

Comprendí entonces que me había convertido en algo que apenas reconocía, en alguien a quien nunca hubiera tenido interés en conocer. Me daba cuenta de que había perdido la noción de los días, no recordaba apenas cuando había sido el último domingo que salimos a cenar. No retenía el sabor de la comida y me olvidaba con frecuencia de acudir a la mesa. 
Mi ausencia se convirtió en una pieza más del engranage familiar. Todos hacíais como si nada cuando pasabais por mi lado, cuando entrabais al dormitorio para darme alguna buena noticia, cuando cada noche te ibas a dormir al cuarto de invitados. A mis ojos todo transcurría como antes, como si yo no estuviera en esta cama, con este camisón y entre este olor a madera en verano y ventana cerrada. Me molestaba el ruido de la calle de día y de noche.

Los días que pasé en casa de Lucía se convirtieron en un tormento. Venías cada día a verme o llamabas constantemente. Si Lucía te decía que estaba descansando, insistías a la media hora.

Sin embargo, aquel tiempo fue para mí volver a recordar el olor de la poda, el calor de la tarde en primavera, el sabor del café por la mañana y recibir al día. No hacía mucho, la verdad, al principio llegaba a la casa y encendía la televisión, después empecé a ver películas, algunas que estaban en la programación y otras tantas de las que había en la casa de Lucía. Volví a leer. 

No sé muy bien cuánto tiempo estuve fuera de casa. Una mañana, mientras tomaba mi café y leía, decidí que quería volver a trabajar. Cuando llegó Lucía lo comentamos y le pareció una idea estupenda y no sé en qué momento esa idea se confundió con tu recuerdo, con nuestra casa, la familia y los domingos por la noche. Te llamé. Quería celebrar contigo mi iniciativa, celebrar la vida. Te propuse salir a cenar. 
Por un momento creí que la línea se había cortado y escuché tu respiración, te nombré y finalmente respondiste con un bueno, tranquila, no te precipites, Sole estás aún muy frágil. 
Cuando volvió Lucía le dije que volvía a casa y esa fue la única vez que me dijo que me estaba equivocando que no volviera que rehiciese mi vida que pensara en mí. Esa noche fumé, no lo hacía desde que me había quedado embarazada de Jorge. Nos bebimos varias botellas de vino juntas y le hablé por primera vez de todo lo que había ocurrido. Me sorprendió que lo supiera y que no le sorprendiera que al día siguiente, yo hiciera mi maleta y volviera a casa con Elías.
Y nada cambió.

Después llegó tu enfermedad, el diagnóstico implacable que te acortaba la vida. Te cuidé día y noche hasta el último momento. 

No volví a trabajar.

Hoy salgo a cenar. No es domingo. Nunca he comido sola en un restaurante.