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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Yalda

A veces se me vienen los recuerdos sin querer, como las mareas repentinas en el lago, como tus enfados ahora y no sé qué hacer con ellos, entonces siento cierta tristeza porque añoro nuestras risas ingenuas.

Me doy cuenta de que se va el verano y hoy no me apetece salir. He estado ordenando mis cosas, clasificando fotos y revisando cuadernos. Tú estabas jugando en el porche, ensimismado en ti, como en otro sitio. Cuando estás así, concentrado, prefiero no hablarte. Me doy cuenta de que has crecido y que es un día perfecto para alargarte los pantalones.

Siento cierta melancolía hoy. Aún me ocurre, y no sé por qué, esta sensación que me paraliza de pronto y me quedo sintiendo que el tiempo ha pasado, que ha pasado mi vida.





Me acordé de aquel solsticio de invierno en la brisa fresca que entró a través de la ventana y en el sonido de las hojas, es aún verano, pero el bosque se prepara para abrigarse del frío, para recibir al invierno. Eras más pequeño, aquel año fuimos a la casa de la montaña, para ti era un nuevo viaje y yo pensaba que tal vez haría demasiado frío. No sabía si la casa estaría preparada, si sería suficientemente confortable para ti, si tendrías miedo. Yo había ido sola muchas veces y me gustaba el silencio en la noche y mi soledad en los caminos de piedras, mirar el valle desde el final de la montaña y sentir el viento azotando mi rostro y empujándome violento.

El viaje se nos hizo un poco largo porque te cansabas y a cada rato me pedías que parásemos y preguntabas que cuanto quedaba. Por un momento dudé de si era una buena idea o si tal vez debíamos regresar. Te lo pregunté y me dijiste:

- Está bien, no quiero volver a casa, Yaya.

- De acuerdo Avena, sigamos, no queda ya mucho y si estás cansado puedo cargarte en mi espalda.

- Sí, sí, quiero, quiero, quiero… - y de pronto parecía que ya no estabas cansado y que no querías parar.

Pienso en ese momento, cuando las pequeñas cosas te entusiasmaban y nunca parabas de reír y me hacías a mí reír también.

Por fin llegamos, fue difícil encender el fuego, yo lo sabía, habíamos salido temprano y teníamos tiempo, pero tú me decías que tenías frío. Te senté en el poyete de la ventana porque entraba el sol y te cubrí con las mantas, te quedaste organizando las piedras que habías recogido en el camino y también algunas hojas que te habían parecido preciosas. Yo mientras, me peleaba con la chimenea, que estaba húmeda y sucia y pensaba que menos mal que habíamos salido temprano para tener tiempo de organizar el refugio y también poder salir juntos a recoger algo de madera de la leñera. Pensé como siempre que era un alivio encontrar todo listo, a pesar de que hoy tuve que organizar varias cosas.

Habíamos llegado temprano por la tarde, después vendrían nuestros amigos y en la noche celebraríamos este solsticio de tu infancia. Me acuerdo de que yo había preparado una pequeña representación para nosotros, era una noche cuando nos regalábamos pequeños espectáculos. Yo no había tenido mucho tiempo para prepararnos, pero sí tenía la idea, lo que íbamos a mostrar.

Oscurecía dentro del refugio, se abrió la puerta y allí estaban. Sabía que te quedarías callado, esta timidez que te acompaña calma, hasta que explota tu alma de jugar y ya no puedes parar y nos envuelves a todos en tus ganas y ya no podemos estar quietos.

El fuego ya estaba preparado y la noche era completa, cenamos y reímos con nuestras bromas hasta que llegó la medianoche, tú no querías dormirte, estabas impaciente por hacer nuestro pequeño teatro. Primero nuestro amigo hizo su función, recuerdo su capa roja subiendo las enormes escaleras, parecía un rey. Iba dejando pequeñas piedras en cada peldaño mientras contaba su historia. Tú lo mirabas desde tus ojos almendrados y brillantes y no decías nada, tu silencio se imponía entre nosotros y todos escuchábamos. Cuando terminó tú dijiste que querías que lo hiciese otra vez, pero nosotros te explicamos que en las noches de Yalda la magia viene para irse y que solo está permitido dibujarla. Así mientras nos tomamos un descanso y bebimos infusiones, tú te fuiste a dibujar.

Y llegó nuestro momento.

Evoqué vívidamente la magia del teatro, el telón, la expectación del público, la tensión y el miedo emocionante y lo vi en tus ojos infantes. Tu primera vez, como cada una de tus primeras veces de las que he sido testigo.

Representamos Los 3 ositos.

Tú hacías de ricitos de oro y yo el resto de los personajes. Me acuerdo de que entraba y salía cambiando mi voz y la máscara. Tu madre nos había dibujado las tres durante la semana, ella siempre ha pintado muy bien y nosotros las habíamos coloreado. Anoche me fui tarde a la cama terminando de colocar las gomas y preparando la música y nuestros disfraces. Fue divertido, tú te olvidabas del texto y yo de los nervios te lo decía con voz de oso. Nuestros amigos no paraban de reír y a nosotros nos entró también la risa, tú que siempre me contagias con tus grititos chillones y tus carcajadas de niño feliz.

La noche estaba espléndida y quisimos salir a ver la luna, el frío de la noche despejada nos cortaba la cara, pero tú no querías quedarte en el refugio, deseabas salir con nosotros a ver la gran luna en la noche oscura. Nos acomodamos en el suelo sobre la manta, no había humedad, el viento helado se llevaba el rocío y sonó el crujido de las hojas secas y los palitos en el suelo al sentarnos.

Los cuatro mirando a la luna, la noche despejada y silenciosa, como nosotros, celebrando la llegada del verano.

Una pequeña nube se acercó a la luna y se detuvo el viento, el cielo se cubrió poco a poco y comenzó a nevar.

A la mañana siguiente la montaña y el valle se veía cubierto por la nieve, blanco como la luna de ayer.


jueves, 13 de agosto de 2026

Eclipses

Avena, esta tarde hubo un eclipse. 

Hemos preparado la merienda y unas absurdas gafas que hemos hecho juntos en casa con unos cristales ahumados y hemos salido hacia el lago, el claro del bosque donde miramos las estrellas y guardamos silencios compartidos.

Por el camino ibas buscando insectos, hoy te sentí inquieto y te dejé ir el primero. A veces te perdía de vista por la senda, pero escuchaba el crujido de las ramas y comprobaba tus huellas en el barro todavía húmedo. Había estado lloviendo y aún las nubes empañaban el cielo.

Eran días de desencuentros, tú lejano y desafiante, yo constante y lejana, expectante. Entonces no escuchabas, te ensimismabas en tus juegos, en tus remotos pensamientos y te ausentabas. Creo que era difícil compartir contigo, aceptar que no confirmas conmigo el sonido del bosque o el gruñido de algún animal pequeño. Era así y seguíamos en los días.

Hoy, camino hacia el eclipse, atravesar el bosque era difícil por las caídas ramas que aún no habíamos recogido, nos pareció que se adelantaba el otoño y tú lo dijiste sin volver la cabeza, te respondí, es cierto. Una pequeña luz asomó entre los árboles, la conocíamos bien, entonces saliste corriendo y gritando, como siempre, y pareciste pequeño, el Avena de ojos de almendra dulce que me cogía la mano y me acompañaba en el sendero. Estabas emocionado, siempre te llenaba de alegría llegar al lago. Te desvestiste solo y te metiste al agua. 

Tu madre te gritó:

- ¡Avena, ten cuidado! ¡te vas a resbalar con el verdín!

Y seguiste corriendo hasta salpicar con tu pequeño cuerpo la superficie en calma y te llenaste de ondas. Te reías y saltabas y buscabas piedras para hacer ranas que nunca te salían. Te reías y estabas feliz, habías olvidado que íbamos a ver el eclipse y eso me hizo sentir serena, como entender que todo era como siempre o que estaba bien. 

Me senté a preparar la merienda. Habíamos llevado unas galletas que hizo tu madre la tarde anterior y que a ti te encantaban, fruta, agua e infusiones para mí.

Era pronto aún. 

Tu madre se metió contigo en el lago y te besó, después regresó a la orilla y se sentó a mi lado. Cogió una galleta rota y un vaso de agua y bebió mientras te miraba, sintió frío y se cubrió los hombros al tiempo que te llamaba. Ella sabía que el eclipse había comenzado porque la  luz se hacía cenicienta y podía percibir como caía en golpes breves y violentos, imperceptibles para nosotros, como imperceptible también fue el inicio del eclipse y la luna.

Te llamó otra vez y preparó la toalla para secarte, pero no respondiste. Ella insistió serena. Las dos sabíamos que empezaba a oscurecerse y pensábamos que te asustarías al caer la noche repentina, pero no sería así. Te alejaste más y el lago se llenó de un azul también ceniciento, apenas podía distinguir tu figura diminuta de danzante y salí corriendo, pensando que te podías perder o que tal vez algún animal del bosque pudiera asustarte. 

Corrí hacia ti sin llamarte, te veía salpicando el agua del lago, celebrando el eclipse con tus juegos, lejano e inconsciente. Tu eclipse, tu libertad de niño que nadie percibía, tú y tu incipiente vida. Al llegar a tu lado la luz cayó, fue una noche inmediata, sin atarceder, sin sol. Oscuridad. Nos cubría una gran nube hasta la mitad del cielo donde asomaba esta noche extraña, esta ausencia de claridad que habíamos llamado noche, como si se fuera el día y volviese a amanecer. Sin embargo Avena, para ti era la tarde, otra tarde de juegos entre sombras. Todo se volvió azul oscuro y se dibujó una franja verde en el horizonte del lago, y me asusté. Me costó asir tu mano en esta noche rara que nos rodeaba. Tú seguías jugando y te dije:

- Mira Avena, mira al fondo. Tengo miedo. Dame la mano.

- Yo no tengo miedo.- me respondiste mientras te cogía la mano. ¿Por qué tienes miedo?

Regresamos a la orilla con tu madre. La luz volvía y ella estaba impasible, con Amaranto en los brazos.




domingo, 9 de agosto de 2026

Sueños de arena


Ya faltaba poco para que llegaran tus hermanos, tu madre sonreía cansada y charlaba desde su agota miento próximo. A veces la sorprendías mirando a través de la ventana mientras desayunaba y tú le preguntabas que piensas mamá, mamá y ella se volvió y te sonreía y le preguntabas si estaba bien.

Vamos Avena, vístete, vamos a llegar tarde al colegio y tardabas en llegar, porque te quedabas mirándola triste, preocupado. Yo como siempre pensaba que todo era igual, tú sin embargo te quedabas rezagado en el camino, como si quisieras perderte, como si no quisieras ir al colegio, aunque yo sabía que sí querías y seguíamos caminando. 

Ese día me tropecé y no pude seguir andando, me dijiste que ya eras mayor, que podías ir solito a la escuela, que no me preocupase y que me quedara ahí, seguro que mis hojas y el sonido de los pájaros me  haría sentirme mejor pronto y el calor de la mañana me daría fuerzas para seguir el día. 

Te miré y me di cuenta de que estabas creciendo. Sentí que un día como hoy cuidabas tú de mí y seguías solo tu camino hacía la escuela. 

Yo no insistí en acompañarte porque realmente me dolía el tobillo y podía moverme a duras penas. 

Me quedé dormida en el sendero, no sé si desde casa a la escuela o a la inversa. Me sentía abotargada. Había estado soñando que te perdías en la playa. Hacía viento y la bruma cubría todo. Habíamos bajado a jugar, era verano y nos habíamos marchado este año lejos, hacia el norte amado, hacia la lluvia y las nubes grises algunas tardes. Tú insistías en que ya eras mayor y podías dormir en la playa. Yo te preguntaba, ¿solo? y tú me dijiste que no, que juntos. Esa tarde dudé y pensé que podría ser una buena idea.

- ¿Por qué no Avena? Vale, quedémonos hoy en la playa, no hace frío y podemos cubrirnos con las toallas. 

- ¡Bien!- respondías con tu sonrisa de línea paralela a tus ojos rasgasdos, mientras saltabas haciendo tus tonterías que siempre me hacen reír. 

Te sentís feliz por mi respuesta, para ti solo existía el momento, aún no podías entender qué era crecer, como yo aún me esforzaba en entender que el tiempo pasaba, implacable y que por mis días habían quedado pedazos de vida deshilachados, desmadejados en el sendero.

Habíamos estado haciendo castillos en la arena y aquel día, que nos quedamos a dormir, habíamos construido juntos una ciudad, la ciudad de castillos. 

Habíamos llevado las palas y el cubo y habíamos estado recogiendo algas y conchas en la playa, había suficientes para decorarlo todo. Tú estabas emocionado y no querías parar. Empezó a oscurecerse y te dije que era la hora de descansar hasta el día siguiente.Tú seguías jugando y te dejé un poco más, mientras subía hacia la parte elevada de la playa a preparar las mantas para dormir. 

Excepcionalmente aquella tarde se paró el mar y podíamos oír cada sonido del bosque. Yo te ayudaba a reconocer el canto en cada pájaro y el nombre de las flores en las rocas y tú te quedabas pensando antes de responder.  Nos dormimos mecidos por el sonido de las olas.

En mis sueños te vi lejos, me asusté porque la marea subía deprisa y tú estabas abstraído mirando tus castillos. La noche silenciosa y el mar sereno habían dejado la playa intacta, los castillos seguían enteros, ni siquiera la brisa nocturna los había alterado. Yo sonreí y me acerqué a celebrarlo contigo, había amanecido y pronto volveríamos a casa. Dejé hirviendo el agua y tu fruta partida y caminé hacia donde estabas mientras te llamaba. 

- Avena, Avena querido, ¡qué bien! no se han roto los castillos esta noche, es fantástico. 

No te volviste. Yo sabía que me escuchabas. Sentía que algo ocurría y aceleré el paso. Al llegar te toqué el hombro y te giraste enfadado, me gritaste.

- Es tu culpa yaya, es tu culpa, yo no quería venir aquí, quiero llevarme los castillos a casa, quiero llevármelos.

Y lloraste de rabia y de impotencia y yo no sabía qué responderte, no podía llorar contigo, no tenía contestación. Me empujaste y saliste corriendo, la marea subía mientras corrías hacía el mar. Te seguí llamando, grité tu nombre que se escuchó junto al bramido de este océano. Entraste en el agua, una ola  te revolcó y te asustaste. Me llamaste entonces, me levanté y corrí hacia ti, te cubrí con las toallas y te acurruqué. Llorabas, y me repetías que no querías dejar tus castillos en la playa.



sábado, 4 de abril de 2026

Fotos de familia

Foto de familia

Avena, hoy cuando volvíamos del colegio, me hablabas de tus hermanos. Ibas haciendo equilibrios entre las ramas del bosque, como siempre. Yo te digo que tengas cuidado con los escarabajos, a veces hacen sus nidos debajo de las ramas y tú, que eres tan delgado, prefieres pisar las finas, las que aún, aunque caídas y rotas, tienen brotes verdes. Te explico que los nidos de animales pequeños suelen estar ahí, debajo de los brotes que son tejado y alimento. Entonces me he distraído pensando en otra primavera, otra más a tu lado. Tú me has llamado, te he visto lejos y te he dicho que no corras y me dices que venga que te estás aburriendo, que vaya. Salgo de mis pensamientos y corro un poco hasta alcanzarte. Tú sigues hablando, me cuentas una de tus historias de miedo y me preguntas si cuando aprendas a escribirlo podrás narrarlas en tu cuaderno, como haces tú yaya, ¿crees que seré capaz? Te acaricio el pelo fosco, rebelde y me río por dentro imaginando cómo lo peinarás cuando cuando crezcas, historias de miedo, así seguido, como tú, ¿crees que seré capaz?

Así, como hago yo en las tardes de otoño, al lado de la ventana, mirando hacia el campo cuando no encuentro las palabras y de pronto vienen y entonces vuelvo a mi cuaderno y te veo mirándome, sonríes, porque sabes que las he encontrado y me dices que parece como las hojas de otoño. Nos miramos, nos reímos juntos de tus ocurrencias.

- Claro, claro que serás capaz Avena pequeño.

Seguimos caminando, me dices que tienes hambre. Hoy me olvidé de llevarte la merienda, últimamente estoy en otras cosas, pienso en tu madre y en los bebés que vienen, en los brotes de avena que ella aún está gestando. 

- Es verdad, no hemos merendado.- te respondo.

- ¡Corre yaya! Me duele mi tripa, ¡corre!

Y salimos corriendo sin darnos cuenta ya de las ramas chiquititas.

mariposas, saltamontes, pequeños caracoles, escarabajos, ciempiés, tijeretas

Y salimos corriendo.

- ¿Puedo coger un bicho bola, yaya? ¿puedo?

- Sí, cógelo con cuidado, que no se asuste.- te respondo.

Sé que ya te has olvidado del hambre, que solo piensas en la casita de madera que hemos construido juntos en nuestra puerta para que aniden los insectos esta primavera.

abejas, avispas, moscas, mosquitos, chinchillas, mariquitas

Empujo el pestillo de la puerta de madera y entramos, huele a flores, ayer recogimos pequeñas margaritas y la casa huele a manzanilla y miel. 

Me dirijo hacia la mesa de la cocina y cojo la hogaza de pan, la madera cruje al empujar el cuchillo sobre la corteza.

Nos sentamos a la mesa, yo me he preparado un té, no tengo hambre. Tú devoras tu rebanada, ¿tenías hambre, mi niño? Sonrío. Tú no me escuchas porque estás pensando en tu historía, la que escribirás cuando aprendas a escribir. Me preguntas si las historias se pueden escribir en la cabeza y guardarlas intactactas hasta que puedan ser escritas. Te miro. Me vuelves a preguntar, la verdad es que no sé que responder.

- Sí, sí es posible, pero serán un poco distintas a las que escribiste en tus pensamientos. Habrán cambiado con la luz de la mañana o con los sueños de la noche, a veces pueden cambiar con las estaciones.

-Yaya.

- Dime Avena.- te respondo sin mirarte. 

Y tú empiezas otra vez con las orujas, las lombrices, las hormigas rojas y las arañas 

He cogido mi cuaderno y estoy ahora mirando a través de la ventana. Me llamas de nuevo. Te he oído, pero tú querido Avena que tienes impaciencia por vivir, por ver qué habrá después de lo siguiente, preguntas incesante hasta que te atiendo. Tus ojos de almendra tumbada me miran expectantes desde lo negro, siento tu espera inquieta a esa respuesta que explique un poco este mundo inmenso en el que vives y que nosotras tallamos para ti, para que no se te haga demasiado grande, ni tampoco demasiado pequeño.

Escuchamos el sonido de la puerta abriéndose, sé que es tu madre. He escuchado su respiración profunda al acercarse. En estos días de preñez le cuesta respirar. Llega cansada y parece lejana. Nos mira sin vernos y se acerca a besarte en el pelo.

- Mamá.- repites una y otra vez. Mamá, mamá, mamá...hasta que nos ve, nos sonríe, sentimos su cansancio, la vida que está creciendo en su vientre, imparable. 

Te pregunta cómo ha sido tu día en el colegio.

Te levantas, le coges de la mano y le besas la tripa, un beso de plumón que traspasa los tejidos, que roza imperceptible los cuerpos dados, las madejas ordenadas que saldrán al mundo para vivir. Respirar.

mariposas nocturnas, grillos, libélulas, luciérnagas

La invitas a sentarse, la acaricias y le dices algo al oído, ella sonríe y a mí me parece escucharte que es la tripa que le crece con los hijos.

Me he levantado a por un vaso de agua fresca, el sol se está yendo, otro atardecer. 

Nos quedamos en silencio.

- Esta noche habrá luna rosa.- dice ella.




martes, 26 de agosto de 2025

Soñando con ser maquinista


Esta mañana hemos cogido el tren. Al llegar a la estación me has dicho que de mayor quieres ser maquinista. Yo me he reído imaginándote en la cabina, muy serio y concentrado, con un bigote negro muy bien peinado. Imaginaba que iba cada día a la estación y te decía adiós desde la plataforma, tú cogías tu bolsa con el desayuno que yo te había preparado y me sonreías sin verme. 

Desde que has crecido es así y yo ya me he acostumbrado. Tú mirada se ha marchado a las cosas y a mí ahora me ves con las manos o cuando apagas la luz de la habitación y te duermes.

Ahora, cuando te despiertas temprano, sales a caminar. Yo sé que hace frío y que te gusta. Tu cuerpo ahora es fuerte y guardas tu calor, que no puedes compartir. 

Me dices que nunca tendré frío y yo te miento, porque cuando conduces atravesando los raíles, lejos de casa, me tapo con la manta que tenemos siempre en el sofá y bebo las infusiones que hemos recogido antes en las rocas. Te miento porque no quiero que te pese mi soledad y mi dolor de haber pasado tus días, porque no quiero que sepas que ahora me parece que me queda menos tiempo y que me despierto antes porque no quiero olvidarme de tus ojos cerrados cuando duermes.

Esta vez me dices que vas viajar más días, que tal vez no vuelvas hasta dentro de semanas. No he podido preparar más desayunos y tú has cogido la bolsa que cada día te llevo como si un día fueran los demás y pudieras guardarlos en esta bolsa, que tú todavía tomas de mis manos sin verla. 

Hoy me he quedado más tiempo hasta que ha arrancado tu tren y he vuelto a casa despacio. No quería pensar ni soñar contigo, ni tampoco recordar los días en el arroyo, ni cuando llegaste al mundo cubierto de avena y tu madre te tomó en sus brazos y te lamió y me miraba respirando y yo no podía verla. 

A veces es así Avena, nos miramos sin vernos mientras nos recordamos antes, cuando éramos tan solo dibujos detenidos en el tiempo. Como ahora que me estás diciendo que serás maquinista.

De pronto te miro y se me diluye el sueño de la estación. Me llamas dos veces porque otra vez me he quedado en mis pensamientos. Sé que te irrita y yo sé que no puedo evitarlo. Tú aún no te das cuenta de que yo a veces también me olvido de tu presencia, aún no sabes que a veces nos paramos en una nada extraña que detiene el tiempo y lo perdemos, como tú perderás hoy este tren que estamos viendo. Tú en la cabina con tu volante y yo diciéndote adiós aún, con mis manos vacías. 

Me vuelves a tirar de la mano para que avancemos. Tu madre nos ha visto y nos llama. Ha venido a recogerte. Lleva en la mano un paquete de papel y te hace señas. Sonríe y tú corres porque adivinas que ha traído tu dulce preferido. Te adelantas a tu boca pegajosa y llena de azúcar y te ríes a carcajadas sabiendo lo que va a pasar. Que iremos después a jugar con los niños y que acabarás exhausto mientras nosotras nos sentamos terminando la mañana, en silencio, sin mirarnos.

Hoy no dormiremos juntos. Sin embargo lo has olvidado y me preguntas si vamos a coger este tren, ¿el otro?, ¿el de allí? e insites en que tú quieres viajar ahora en tren sin recordar que hemos salido para que juegues con los niños.

Eres así Avena, te olvidas de lo siguiente cuando estamos en las cosas. Es lo contrario a mí, y también a tu madre que las dejó detrás, en la entrada de la casa donde solo crecía la pequeña maleza. Ella quería vivir en la arena, jugar entre los animales o dormir destapada. Decía que el viento le contaba historias y que de mayor quería ser pájaro. Yo miraba al cielo y la veía ahí, mirando la luz que traía insectos, pequeñas aves amigas y el espacio amplio. Me sentaba en un poyete y tejía con las lanas de colores todas estas mantas que ahora no nos caben en nuestra casa y que tampoco nos sirven para nada. 

Me repites que de mayor quieres ser maquinista. Yo no traigo la bolsa con el desayuno, tu madre nos está llamando
desde su rostro amplio sonriendo.

- Vamos Avena. - te digo al tiempo que me tiras de la mano y me sacas de mi ensueño. 


jueves, 7 de agosto de 2025

Hablar

Avena, mañana iremos a caminar al campo. No te lo he dicho antes porque hubieras empezado con tus preguntas y sé que no hubieras podido dormir esta noche. Eres así, tu curiosidad puede con el sueño, la expectación de la vida te despierta y podrías desadormecer al cansancio aunque estuviera acostado. Por eso no te hablé de la montaña, de los lobos, de los niños que caminan entre árboles gigantes y se quedan a la sombra. 

Antes de dormirte te leo un cuento. No me acuerdo de que cada vez que lo hago, tus pensamientos cruzan por la habitación y me inquieto. Esta noche la luna entraba intermitente en ráfagas en nuestro cuarto, a veces una nube las tapaba y a veces no. Te asustabas un poco en la oscuridad, pero entonces los pensamientos sobrevolaban tu cama moviendo el aire, levantaban un poco el embozo de tu sábana y te reías. A mí me sobrecoge un poco esto, porque los escucho pasar riendo y hablando entre ellos. Esta noche nos han mojado, venían llenos de mar o de arena. Esto me ha angustiado y he tenido que bajar al arroyo a lavarme, a quitarme las piedrecitas que se te han caído de los bolsillos cuando revoloteabas por el cuarto con ellos.

Antes de apagar la luz me has dicho que tú nunca vas a ir a un bosque de lobos y te has dormido. 

Bajo al arroyo con una toalla, sé que estás ya soñando con tus cosas. Me he sentado donde siempre nos ponemos a jugar y a contar las piedras del arroyo. Yo siempre sonrío porque te veo en tu afán de contarlas todas mientras se te escapan en el agua y se pierden sin que te des cuenta. Me hablas, miro al cielo.

Ha pasado una nube y me he quedado a oscuras, se escucha el viento y dudo si es tu imaginación que se ha venido conmigo. Me paro a escuchar, pero el camino está en silencio. Respiro. No sé porque hoy tu curiosidad me ha inquietado. No sé porque bajo hoy a quitarme la arena que se ha pegado a mis pies, no sé por qué siento frío.

Otra nube. 

Escucho el rumor del agua del arroyo. He bajado la tela blanca con la que siempre nos lavamos, su color me ha hecho pensar en la muerte y he querido llorar.

Recuerdo que me has preguntado mientras leía, con los ojos aún abiertos, qué era la muerte y me decías que tú nunca irías a un bosque de lobos. Yo tampoco quiero ir Avena, a mí también me asusta, te he dicho. 

Me estoy ya secando los pies, la piel de mis manos tiene surcos pequeños, suaves, infinitos, me hablan del tiempo, de ese pasar que para ti aún no existe. Miro el aire, escucho la noche y deseo que nunca acabe, que ojalá estemos así siempre, eternos. Aunque me altere algunos días como hoy con tus pensamientos. 

He vuelto a casa descalza, olvidé mis alpargatas junto al agua y no quise volver para recogerlas. He recorrido la senda sientiendo la humedad del bosque en mis pies y me he preguntado que por qué tendríamos que ir a un bosque de lobos.

Abro la puerta y voy a mi cama, no voy a limpiarme los pies llenos de tierra mojada. Estoy cansada, hoy hemos jugado todo el día y tengo sueño. Antes de dormirme he pensado que mañana, cuando vayamos al campo, te voy a pedir que nos quedamos aquí para siempre, en esta casa en el valle y así yo no tendré que irme y tú no me dirás adiós desde la puerta.

Nos hemos despertado temprano y salimos, huele a hierba mojada. Empezamos a andar y tú te paras a cada momento y me llamas.

- ¡Yaya, mira! Yaya, ¿puedo coger un caracol?, yaya, mira esta araña grandísima.

Y tu voz suena interminable en el valle y se mezcla con tus preguntas.

Yo camino en silencio, aún siento el frío de la noche en el arroyo.

La mañana está despejada y vemos a tu madre en la dehesa, nos llama con los brazos y tú aún no puedes verla. La saludo de vuelta y no me preocupo por no sonreír porque sé que aún no puede verme. Ella sonríe. Cuando la ves sales corriendo envuelto en tus preguntas y la llamas. Ella no ha dejado de sonreír. Yo camino aún despacio, el rocío está calando mis zapatos y siento otra vez los pies mojados.

Llego también a la dehesa y os veo en el suelo, hablando. No os daís cuenta del rocío y de que también estáis mojados. Sonrío al llegar a vuestro encuentro y aún de pie te escucho que preguntas a tu madre:

- Mamá, y ¿cuándo yo sea mayor, yaya estará muerta?

Siento tu mirada y te escucho.

- Mamá, vamos.

Te sonrío y seguimos caminando.

Conversando con Avena en la noche, en el bosque de los lobos.

Audio

https://drive.google.com/file/d/17bm7mcOXrAnP82FVlvvWviYGyB2oqULd/view?usp=sharing



domingo, 15 de junio de 2025

Padre caracol

Ayer lloraste Avena, tú corazón niño se encogió y yo temí por tu inocencia, pero claro, es que no me doy cuenta de que estoy siempre tan cerca, tan temerosa de tu mirada y tus encuentros. Velo por ti Avena. La noche es diferente porque tus sueños son infranqueables. Cuando duermes no temo, porque sé que si tienes miedo me vas a llamar. La noche calma cuando es rutinaria, cuando lo único que cambian son los sueños.

Te pongo en tu cama y te cubro o tú te pones y yo te cubro.

Sin embargo ayer lloraste de separación, cuando entendiste que no podías viajar con tus caracoles.

Mamá y yo te explicábamos. que al país que marchábamos no podías llevarlos, que allí hacía frío y que apenas llovía. Tú llorabas en silencio en tus ojos de ahora. Avena, la cara se te transforma y a veces, no pareces el mismo y yo me aferro a la otra, a la que conozco, cerrando mis ojos para verte mejor. Y tú no te fijas, solo cuando me estás hablando y yo no te escucho. Y no quiero ver que el tiempo pasa también por tu cara.

Hemos bajado al huerto, al cruzar el patio has visto más caracoles y nos has mirado abriendo por un instante tu boca niña. para pedirnos algo y no has dicho ninguna palabra. Tu madre y yo te hemos mirado con el mismo vacío que tú sientes ahora Avena, en estos momentos eternos de tu vida niña que son ahora y para siempre y después te olvidas y no sé si se quedan guardados y serán tu historia, porque el caso es que los olvidas, y como te duelen, nosotras ya no los recordamos más juntos, para que no te vuelva el dolor. 

Tú sigues, cruzas el patio y ya estás en el huerto. Llevas en tus pequeñas manos a tus caracoles, los miras y no dices nada y no nos miras porque no quieres leer la página de la vida que te habla de la realidad. Esquivas ágil los lugares del desamparo y así puedes sonreír, vuelves a sonreír.

Te veo hablando con tus caracoles, yo no sé que les dices, tú madre sí, te mira desde lejos. Llueve. Yo avanzo un paso para ir a tu encuentro, quiero ayudarte y ella me agarra fuerte del brazo. Siento la determinación de su mano joven que no me asusta. Escucho sus palabras de silencio que me llegan en sus dedos. No me vuelvo a mirarla. Tú vas dejando uno a uno los caracoles en el barro, en las hojas de las lechugas, en los palos rotos que encuentras. Procuras que no los tiren las gotas que caen y a la vez procuras que estén entre ellas. Los miras y te mojas y a nosotras eso no nos importa. No sabemos si lloras, no te escuchamos y llueve y entonces tu madre, erguida y mojada bajo la lluvia, te llama, te vuelves mientras nos dice que volvamos a casa, que está lloviendo, que tienes que cenar y que está cansada.

Ya es de noche Avena, la rutina del cielo negro y las estrellas, de tus preguntas infinitas acerca de las nubes o de la luna. Estás cansado, bostezas y te dejas poner tu pijama, como no te gusta dormir solo me pides un cuento a oscuras, un cuento sin libro y tu madre nos apaga la luz y baja las escaleras.

Me llamas y me miras a los ojos y me preguntas
por los caracoles.

Nos dormimos.



sábado, 3 de mayo de 2025

¿Y aquí, cuántos años tendré?


Me he quedado dormida. No me daba cuenta de que aún jugabas entre las flores soñando con ser mayor.

Lo último que recuerdo es que cortabas margaritas para tu madre, pequeñas margaritas silvestres y que me las dabas. 

Como cada vez que me quedo dormida, tú, que estabas hablando, contándome una de tus historias, te das cuenta de que me he dormido. Siempre es igual. Tú te vuelves y yo ya no te escucho. Me miras y te vuelves. Yo nunca sé si sonríes o te contraría que me haya vuelto a dormir. Nunca lo sé, porque ya estoy dormida. 

Esta es la prueba de tu presencia, eres en el otro lado, cuando te quedas solo y me das la espalda y yo te la guardo dormida Avena querido. Porque sabes que siempre jugamos en los lugares tranquilos, porque sabes que estamos a salvo, que nadie vendrá a molestarnos. Tú y yo Avena niño, nosotros solos entre las flores y las abejas.

Yo pensaba que no quería que crecieras, quería en ese momento que te quedaras así para siempre, pero no podía decírtelo Avena. A los niños no podemos decirles que no se hagan mayores, que no crezcan, que esperen a que nosotros nos detengamos o nos durmamos o nos vayamos.

Yo lo pienso Avena, y me callo.

Me has despertado, te has subido en una roca y me preguntas.

- ¿Cuándo sea así cuántos años tendré?

Abro los ojos perezosa, el zumbido de las abejas me ha vuelto a adormecer. Me preguntas otra vez, me llamas, vienes y me zarandeas, me susurras al oído.

- Yaya, yaya, despierta. ¿Cuándo llegue aquí cuántos años tendré?

Te miro con los ojos aún empañados y pienso que tienes ya 10 años, que has crecido y que el tiempo se ha vuelto a olvidar de recordarme que pasaba. De nuevo no se ha detenido, otra vez. 

Me sobresalto y me siento entre las flores. Tú te enfadas y me dices que he aplastado las margaritas, las que habías recogido para tu madre, que me habías dicho que al llegar a casa las ibas a poner en un vaso pequeño, en agua, como hice yo la última vez. Yo no tengo tiempo de disculparme.

Hacemos el camino de vuelta a casa en silencio, tú enfadado y yo, como adormecida, ausente. Son ya varios días que estamos solos, que tu madre no ha llegado. 

Los días nos han traído este silencio que me da sueño y que a ti te lleva por el prado sin pensar en mí. Sabes que estoy y duermo y que por alguna razón cierro los ojos. 

Volvemos a casa, te subes en cada tapia y me preguntas, en el tronco de los árboles, no pisas las flores, tampoco las cortas. Persistes en tu afán de crecer y concretar el tiempo en tu cabeza. Yo me digo que qué te importará el tiempo, me enfado, sigo caminando sin hacerte caso, mirando al suelo, fijándome en las briznas de hierba que ayer, cuando pasábamos, eran brotes y que aunque las habíamos pisado, se han vuelto a ergir. 

Me preguntas interminablemente que cómo serás cuando llegues ahí, que cuántos años tendrás y subes cada vez más alto, más arriba, hasta que ya no sé qué decirte, hasta que apenas te veo Avena. 

Allí lejos, desde la colina me saludas pequeño y sonriente. Puedo ver tus ojos reflejando la hierba, en tus manos se proyectan las sombras de las flores. Tu voz resuena en el valle y te ríes. 

Llego a casa y me doy cuenta de que nos hemos dejado la puerta abierta. Entro.

Te dejo saltando solo, subes y bajas pregúntandome desde lo alto, yo te veo mientras abro la puerta y te respondo con números, hasta que ya no tiene sentido y no puedo decirte más. Me vuelvo y entro en la casa, dejo la puerta abierta por si me duermo otra vez. 

De pronto escucho tus pasos saltarines, tu sonrisa de Avena. Has venido corriendo a casa, tienes hambre. Me preguntas otra vez subido en el banco, de espaldas al valle, que dónde nos sentaremos para ver crecer las flores, me miras fijamente a los ojos y me preguntas, ¿y aquí? ¿aquí cuántos años tendré?

Ahí doce querido Avena, doce sí.

- ¿Tienes hambre? 

Me respondes que sí, que ya me lo has dicho y vienes corriendo a cogerme de la mano. 

Has vuelto excitado de tanta primavera. 

Entramos en casa y me cuentas interminablemente todas las cosas que has visto.

- Vamos Avena pequeño. La cena está preparada y tienes sueño.

Entras por fin, cierro la puerta y te miro quieta, vas corriendo hacia la mesa. Pienso que te subirás en la silla y me volverás a preguntar que ahí cuántos años tendrás, yo ya estoy preparada y he adivinado el número, pero esta vez ya no me has preguntado. Bostezas. Ya estás sentado a la mesa. 

- Venga, date prisa yaya, tengo hambre.

Yo te sonrío y voy, me siento a tu lado y empezamos a cenar.

jueves, 23 de enero de 2025

tÚ


Eres AvEnA y te llamo, el último sonido de mi voz que acaba en tu nombre. Percibo mis labios cerrándose en caída, entrecierro los ojos e imagino que puedo llamarte en el tiempo, que puedo encontrarte, también.

- AvEnA, ven, mira, oye, toma...

Imagino que podría jugar a encontrarte, cada atardecer, recogiendo semillas, cantando nuestras canciones, soñando que volvemos a encontrarnos, abandonar nuestras huellas en la arena de la playa, otoños, otoños otra vez. 

Me he quedado callada. Tú me miras y pronuncias mi nombre, nana, y también tus labios se dejan caer en picado, cerrando en grito el modo en que me nombras. 

tÚ, tú, Tú, AvEnA

Te recuerdo, te invento para imaginarte más, para imaginarte dos veces, tres, infinitas. Para soñar contigo y sentirte en todo. 


Hoy he bajado sola a pasear, estabas dormido y cuando he ido a despertarte para bajar al lago a pescar, he visto la luz de plato en el cielo que siempre te hace gracia. A mí me marea un poco, pero nunca te digo nada para no quitarte la ilusión. La luz de Levante, la de algunos sures, la del norte remoto en verano, plata, blanca, pastel.

No he encontrado las gafas de sol, así que me he puesto mi sombrero y he salido. 

Tú, Avena pequeño que cambias. Te reconozco en el paisaje porque siempre hueles a campo, a semillas, a leche templada. 

Pienso en ti y te veo entre el reflejo que pule este sol extraño hoy. 

Pienso en lo que eres, en lo que serás, no, nunca pienso en quién serás. Estás conmigo, puedo acunarte y besarte y buscarte. 

Te encuentro en mi recuerdo, en las horas respiradas, en los momentos desgastados, en los días y en los días, días, tÚ, AvEna.

Ayer saliste del colegio con una tarjeta que hablaba de ti, de tu dulzura de avena remojada en leche, hablaba de tu sonrisa, de tu carcajada ancha que parte la tarde, generosa, generoso. Venías pensativo y no sabías muy bien qué preguntarme, te quedabas callado y en silencio, mirabas a todos y te despedías, hasta mañana, hasta mañana. 

Se escuchaba el viento y el sonido de algunas hojas cayendo, creo que va a llover Avena. 

No me escuchas, estás ensimismado, el campo esta tarde se te ha quedado pequeño y no quieres correr, te parece que no vas a caber entre los arbustos, yo he decidido no decirte nada. Callamos camino a casa.

Te has entretenido escondiéndote entre las ramas y las flores, te llamo y tú vienes, sin preguntar por qué.



domingo, 12 de enero de 2025

Otoños

Ha vuelto a ser otoño Avena, yo no recuerdo cuándo nos ha pasado. Estábamos en el campo jugando a ver quien de los dos veía más hojas caer. 

Yo, como siempre soy la más distraída, no me daba cuenta de que tú ya habías visto muchas más que yo. Entonces me tiraste del ala ancha de mi sombrero y yo me sobresalté, porque creí que era un pájaro distraído que se había chocado contra nosotros. 

Tú sonreíste y me enseñaste todas las hojas que habías visto caer. Las habías recogido del suelo con tus pequeñas manos y las habías traído a donde estábamos los dos.

Yo te miraba con los ojos planos, no entendía muy bien cómo habías podido estar tan atento, con tus ojos siempre abiertos desde dentro para entender las cosas.

- ¿Por qué vuelve el otoño, nana?

Yo no sabía qué decirte, no podía dejar de pensar en el pájaro, en las hojas.

- ¿Por qué vuelve, nana?

- ¿Por qué vuelve el qué, Avena?

- ¿Por qué vuelve el otoño?

- El otoño, el otoño siempre vuelve, viene para que se vaya el verano, para eso viene Avena.

- Entonces nana, cuando se va el verano, ¿dónde va?

Te cojo de la mano porque nos marchamos, tú quieres que nos llevemos a casa todas las hojas que has recogido. Como nos hemos olvidado de nuestro saco, tenemos que llevarlas en los brazos. A ti se te van cayendo al suelo y cada vez, te agachas a recogerlas. Todas son importantes y tú no quieres dejar ninguna en el camino. Has visto cada una de ellas desprenderse y caer en diferentes vuelos, dices que me tirabas del ala del sombrero para enseñármelas, pero que yo estaba distraída, que me imaginaba que los pájaros bajaban a comer a mi sombrero. Me dices que te has enfadado, porque no miraba como caían tus hojas.

Tiro con suavidad de tu brazo y tú me sigues, caminamos al mismo ritmo, de la mano, yo un poco más adelante. 

Tú hablas de tus cosas sabiendo que te escucho, yo miro al campo, hoy está muy bonito. Me olvido de las hojas que hemos cogido y se me escurren sin darme cuenta. Tú, como estás hablando, no lo ves.

Al llegar a casa, pienso que siempre volvemos con todo lo que hemos encontrado y también con lo que habíamos salido a buscar. 

Extiendo nuestra manta de lana en el suelo y tú vas colocando encima, una a una, las hojas. 

A mí me parece como si ahora, fuera otoño en nuestra casa.





lunes, 21 de octubre de 2024

Cíclopes

Avena, ayer nos miramos a los ojos. Juntamos nuestras frentes y nos reímos.

Nos divierte jugar a los cíclopes.

Así, tan cerca, nuestra cara desaparece y queda un ojo, gigante, redondo, único. Es imposible ver el resto de la cara, imaginamos que está, que rodea nuestro ojo compartido, porque mi ojo es el tuyo, el que veo y el tuyo es el que tú miras. Y te ríes con la boca abierta, enseñando tus pequeños dientes blancos, de leche.

Te parece tan divertido, que hay un momento que ya no sé si es tu cara la ríe. Me desorienta sentirte extraño, como si tu risa fuera la de un cíclope que se interpone en nuestro juego.

Entonces llamo a Ulises, tú apenas te fijas en mi voz porque grito en silencio, bajito, como cuando te dormías de aún más pequeño.

Me acuerdo de la otra tarde, cuando te busqué en los campos y me encontré montones de avena y reí yo sola. Creí que estabas escondido, que habías preparado un juego nuevo, que en nuestro universo ya no había cíclopes. Mientras, los puñados de avena que había cogido en mis manos, se me iban resbalando entre los huecos de mis dedos y yo no me daba cuenta, y seguía riendo alto porque pensaba que me escuchabas.

Pasó un rato, y me extrañó que no llegaras. Entoncés me senté a esperarte y dejé que se fuera la tarde y que llegara la noche y la luna y lo oscuro inquietante de no ver. A ti no te gusta la oscuridad.

Pensé que te habías marchado. Ulises tampoco había acudido a mi llamada.

No quiero tumbarme aquí a dormir al raso, sin estrellas ni luna. Yo quiero estar contigo Avena, pero me vencía el sueño, el cansancio de haber caminado con los cícloples. Hacía un poco de frío y no quería cobijarme por si aparecías. La noche sería más lenta y más larga esperándote.

Aún tenía los ojos abiertos cuando te vi. Llegabas heróico, tu pecho henchido de flores, la barba incipiente y la mirada futura. Detrás de ti venía Ulises, silencioso y pensativo, distraído. No traías al cíclope, tus dientes ya no eran de leche y la barba oscura había crecido en tu rostro. Me buscabas con la mirada, venías lleno de historias que contarme, tus aventuras. 

Yo quería salir a encontrarte. Me agaché, apreté en mis puños los copos de avena que aún no se habían escurrido y me escondí entre las espigas para que no me vieras. Y me dormí y soñé con nuestro cíclope y con que aún éramos en la tarde, los tres.

Te mueves entre las espigas, cruje el viento y te vuelves a mirarlo, con tu mano descuidada has dejado volar varios copos de avena. Me ves, nos miramos, sonreímos y vamos a encontrarnos. Estás cansado y me pides que te coja. 




jueves, 22 de agosto de 2024

Escribir

 

Avena, esta mañana cuando me he despertado, me acordé de que soñé que me escribías una carta. Me decías al empezar:

Querida nana,

Yo me emocioné al ver las letras torcidas, perdiendo el equilibrio y enseguida cogí papel de carta y mi pluma y me senté a escribirte. Al comenzar, me quedé pensativa, imaginando qué cartas escribirías a lo largo de tu vida. Recordé tu inocencia y el sentido de las letras que no son más que letras. Me puse a pensar en como, cuando crecemos, todo parece tener un sentido oculto. Pero de pronto te escuché desde mi habitación del tejado, subías las escaleras jugando a preguntar. Ponías un pie en un escalón y me hacías una pregunta, yo me quedaba un tiempo pensativa y entonces, cuando empezaba a responderte, ya estabas en el siguiente escalón y me preguntabas otra vez. 

Los significados de la vida cambian al pasar, igual que pasan tus preguntas inmediatas, como ayer cuando leíamos cuentos y hablábamos de que si los lobos entran en las casas y yo te explicaba que hay dos mundos, el mundo de las fábulas y el de los bosques. Tú llegaste a la conclusión de que no irías a los bosques de lobos y yo sonreí y recordé que yo siempre soñaba con ir a esos bosques, que nunca pensé en el miedo, tan solo en la fantasía de que la infancia se prolongase hasta toda mi vida.

Miedo a crecer y sin embargo tú, quieres crecer Avena. Te gusta descubir la vida y conocerla para entrar con cuidado en ella, a tu ritmo. 

Tú me recuerdas siempre cosas, me recuerdas al escribir esto, que yo no entendía con cuidado y que aún lo desconozco y me doy cuenta de que tu madre tampoco lo entendió. 

A veces Avena, el ansia por la vida nos confunde y solo queremos correr. 

Tal vez en algún momento de mi infancia me olvidé de crecer y así pude seguir soñando que en los bosques, los lobos llevaban gorras de lana con cuadrados azules y bufandas ceñidas al cuello.

Me gusta este modo que tienes de adentrarte en tu vida, tu manera lógica de no querer dañarte, cuando yo no me doy cuenta del daño que puede hacer la vida después de vivir. 

Somos tan diferentes Avena, a pesar de que tengamos la piel oscura en verano, casi en esta competición en la que tú siempre ganas, porque tú le gustas más al sol.

Me preguntaste ayer, antes de dormirte, si esta mañana me despertaría para escribir. Por eso ahora estoy en mi cama, contigo acurrucado a mi costado, para que no te despiertes y yo pueda seguir escribiendo.

Me pregunto, me respondo, sé que es posible escribir y leer cuidando Avenas, que existen siempre huecos para ser, una, entre los escalones de la escalera.

Ahora los gatos hacen ruido en el cuarto, tú sigues durmiendo, porque en tu corta vida has aprendido que dormir, es una tarea de dos, o de tres, porque tú apenas aún conoces tu cama, lo que significa dormir solo, que la mañana te sorprenda sin un cuerpo que te abrace.

Más días en tu vida de Avena menudo, en tu pequeña vida que se alarga por el tiempo de tus pasos. Creces en este ritmo inverso al de las palabras que escribes y que irán menguando según crezcas. Las palabras que reflejarán tu cara en el tiempo de los cuadernos que acabes, tal vez de tus diarios o de los amaneceres, cuando anotes tus sueños raros.

Y es que no sé por qué Avena, las letras se vuelven más pequeñas según el paso del tiempo nos alarga el cuerpo, las manos o el rostro.




jueves, 15 de agosto de 2024

Aquí mamá aquí Thiago

Avena, hoy te he visto navegando en tu barco. Estabas solo por primera vez. En los últimos días de tu vida te has vuelto más independiente.

Nosotros te hemos visto alejarte desde la orilla y nos ha inquietado un poco que decidieras viajar solo. Te hemos preguntado y nos has dicho que salías a pescar. 

Tu madre ha guardado su miedo en la boca, apretada y concisa. Nadie quiere evitar que crezcas, aunque a tu alrederor todos miramos hacia otro lado, hacia las espigas, hacia el cielo que avanza, hacia el mar, para que no te pierdas, para que sepas que estamos en la orilla.

Ulises, Avena, y nadie te llama.

Serás un Ulises en tu barba complida, cerrada tal vez. 

Serás un Ulises en tus manos bravas, anchas y fuertes. Tus manos que ya apuntan hacia tu vida.

Tus ojos mirando al mar. Nos has olvidado eternamente ya en el sonido del mar, en la luz rosada de tu barco, en el sabor a sal. 

Yo casi te llamo Avena, casi me lanzo a las olas de la orilla para cogerte. Yo no quiero que te marches Avena, no quiero que juegues con tu barco de papel soñando a la vida. Pero tu madre me siente y me aprieta el brazo muy fuerte, siento su angustia y su bravura. El valor antiguo de soltar la mano del hijo que se marcha. El presagio de la vida. El anticipo de ti que no conocemos.

Y te adentras en el mar, la luz de la tarde te vuelve naranja y dorado. Te brilla tu cabello negro y rígido, el que te anuncia en tu rosa de los vientos y te camina. Tu mirada se posa por un instante en el horizonte, como en un segundo creces y tu barco se aleja un poco más. 

Se me escapa.

- ¡Ulises!- te llamo.

Y se me ahoga la voz en la garganta, ¡Avena! Y se me revuelve tu nombre por dentro y siento rabia y también pesar porque sé que estás creciendo y que no entiendo que se marche la inocencia con la infancia, los sueños de mentira. Como me fui yo Avena. Yo también me fui entre unos versos reales que no empujaban mi barco y yo no quería zarpar Avena, a mí me empujaron y por eso yo Avena amado, solo por eso.

Me doy cuenta de que me he quedado sola en playa, de que ya no te veo aunque te estaba mirando. Siento que mis articulaciones están dormidas y me doy cuenta de que ya es de noche. 

No sé donde están los demás, no me siento sola aunque te hayas ido. Me quedo en la arena y miro al cielo, está oscuro hoy, tú sentirías miedo y me llamarías gritando, tú me cogerías de la mano y me preguntarías si hay piratas y yo te diría que no, pero que los piratas existieron, pero que en este país ya no existen, porque sé que después me ibas a preguntar que qué país es este y yo te lo digo en pequeño, para que tú lo entiendas, te digo que estamos en el país de Galicia y te veo azul mar, ya es la tarde y respiro. Has vuelto. En tu rostro está tu sueño, tu delirio, los pómulos rosados del viento y del salitre. Sé que has navegado, que has regresado, que todo fue así y que te fuiste y yo, aprieto los puños, aprieto los dientes y los rechino y deseo cerrar los ojos así y dormir en blanco y volver a soñar que me coges de la mano y mirar al océano y me preguntas que qué hay al otro lado y yo puedo hacer que no me olvidaste en el sonido del mar ni en el sabor a sal.

Nos llaman desde la baranda, nos habíamos olvidado de nosotros, yo sigo teniendo un nudo en mi garganta y tú mirando al mar. Te agarro de la muñeca y doy un tirón, siento de nuevo la rabia y tu te quejas.

- ¡Avena! ¡Vamos!

Caminamos de la mano, por la playa, nuestros pies se hunden más y más en la arena.

Nos giramos de espaldas al mar y volvemos a casa.

viernes, 18 de agosto de 2023

Volver del colegio

Cada tarde volvemos del colegio cogidos de la mano y entonces te acuerdas Avena y en un impulso infantil y suave te me escurres de mis dedos y corres afanado hacia el semáforo.


Cruzar


Cada día se repite cinco veces, uno sobre otro y siempre llegamos a tiempo, tú tan responsable en tu espera y yo en mi caminar lento Avena, porque sé que siempre te paras y me esperas y vigilas con tu mirada a los viandantes.


El semáforo ha parado, la luz parpadea y parece que los niños cruzan, tú me llamas desde el otro lado y te oigo y te veo, pero me quedo pensando en la distancia que nos cruza, en el recorrido que hace tu vida cada día desde la mano de tu madre hasta la mía.

Días que transcurren por las estaciones que se cuelan por las ventanas del colegio, mientras pasa el tren Avena y tú lo buscas de reojo bostezando de nuevo. Días extraños para mí, tiempo que no comprendo, porque es una vida que no presencio y tú, semilla, pizca de grano, Avena, ¿cómo podría ni siquiera comprender que tú, vives sin mí? 

Desde mi soledad puedo entender que me recuerdes, sin embargo no puedo razonarlo y lo ignoro y lo evito y llego cada día a esperarte. Te veo en tus cosas desde fuera, entiendo lo que piensas, imaginas y siempre te olvidas que es la salida del colegio, la libertad y entonces te llaman Avena, quienes no saben tu nombre y me miras y corres la rampa abajo para hacer cada día la curva de los pequeños pasos y nos vemos y sentimos la alegría de recordar que el día vuelve a ser nuestro, que estamos juntos.

Yo intento preguntarte con frases hechas que tú respondes rutinarias desde tu voz que aún está en un lugar que yo no conozco.

el hueco

El olor a lápiz que reconozco, el sabor a patio y a sudor, el tacto pegajoso de la piel respirada entre la mañana y la tarde a través de las horas. El ruido, el silencio forzado, la mirada perdida, la emoción, momentos que son tuyos Avena, y que nosotros desconocemos.

Me llamas, el semáforo se ha vuelto a poner en verde y el sonido que emite me despierta de mi ensueño, cruzo y te veo, llego a tu lado y te cojo de nuevo de la mano. 

Vamos a casa te digo.

martes, 15 de agosto de 2023

he vuelto Avena, estoy a tu lado y la playa se vuelve cemento, tus manos buscan en los huecos que dejamos inconscientes, ignorantes del vacío que va horadando el agua y la arena, tú vigilas el mar y yo cuido de los bordes, las esquinas vacías por donde entran los cíclopes y te buscan, te guardo Avena, te recojo en mis sentidos y vigilo a los titanes para que no te lleven, tú dices que te da miedo muy lejos y que el mar viene, que viene y sales corriendo sin importarte que yo me quedo, que la ola podría mojar mis pies y no me tambalearía




vamos Avena, vamos allí, donde el agua está más cerca de nosotros y podemos recogerla para seguir construyendo, para mojar las torres que amasan tus manos de arena y que serán indestructibles, te distraes Avena, pero mis ojos vigilan, mi mirada no ceja, escucho el rugido del mar y me calmo, sin embargo, no puedo descansar, me inquieta el tiempo de la tarde, el recorrido constante de la luz en tu espalda, el brillo plateado del atardecer

quiero guardarte Avena, acotar tu mirada fija en un círculo en la arena, dibujar centeno en el surco de mi dedo para que huela freco, para sentir el crujido de la siembra y la simiente y cubrirlo con el mar, con este mar que nos ruge y nos silencia


construimos sin hablar, sin mirarnos apenas, soledando en nuestros vacíos que apenas ignoramos porque no son palabra

yo me he levantado para recorrer la playa, camino buscando sogas de algas y ramilletes, vigilo el centeno que nos crece en el surco de la playa, tú dentro Avena y yo a tu alrededor, nada te preocupa Avena mientras estás concentrado en tus castillos, sentimos el aire salado y mojado, la nube de salitre que nos vuelve de plata y que nos borra las caras, somos contraluces y nos reímos sin vernos porque te hace gracía lo que no tiene lógica y el sol se está poniendo y es difícil ahora mirarnos de frente, entonces te digo que vengas, que recogas tus juguetes, que nos vamos


 

domingo, 28 de mayo de 2023

Inocencia

guardando el centeno

Avena, te estado mirando esta mañana, llevo un tiempo mirando la inocencia.

Inocencia, es un estado, es un tiempo, unos días, instantes de momentos sin temor, sin pudor, sin miedo. 
La ignorancia. No sabes qué es el daño, no sabes qué la pena, no sabes de la soledad, del dolor, del sufrimiento o la derrota. 

Amado Avena, no sabrás de dónde vengo, yo soy tu abuela, tú no escucharás qué yo he perdido, que yo no pude agarrar entre mis dedos lo que amaba y se me escurría; tantas, tantas despedidas, tantos adioses. No sabrás lo que he sentido al hacer una maleta, al caminar bajo la lluvia de mis lágrimas ni tampoco, como se me agrietó el alma, y me quedé vacía. Como un día la vida no era más que un yermo y de cuando no quería ni creía. Nunca oirán tus labios de mi boca que me pude rendir, que odié, que clamé gritando al cielo en los parques, que la gente me miraba por la calle y sentía pena, pero no me hablaba porque mi dolor daba miedo. Y hui, cobarde, disuelta, anegada en lluvia, ignorante como tú ahora, con toda mi inocencia perdida. No te contaré que se puede pasar hambre para huir del terror de ser, que se puede dejar de comer, que no es posible consumirse y evaporarse, por mucho quieras, que lo único que puedes es adelgazarte y hacerte pequeña.

Yo me marché cuando no estabas, cuanto nosotros aún no nos conocíamos.

La inocencia es lo que tú guardas en tus dedos, puñaditos de alegría, tus carcajadas de granos de Avena que me explotan en la cara y me hacen también a mí reír. 

Esta mañana temprana me estás haciendo viajar, recordar que no tengo que olvidar, revivir que fui tristeza y no me duele el alma. Celebrar contigo que he caminado hasta ti por algunos caminos de los que ya no me acuerdo, que todos llevaban a ti, hasta tus campos de avena empapada de rocío que parecía aguacero, para refrescarnos juntos y aliviarnos de las inclemencias.

Me detengo en tu fe, en tu verdad absoluta, en tu ignorancia de no haber conocido la intención. Me develas qué es vivir en esto. 

Entiendo ahora que somos lo que somos tan solo en la medida que la intención nos desengañaba, cuando abriendo mis ojos infinitos no quería comprender por qué derrumbaban mi mundo o incendiaban mis sueños de niña.
Apeñas recuerdo si tuve inocencia Avena, pero tú eres un hecho, como yo nací también inocente.
Intento ahora comprender que se perdió como los objetos que no conservé porque un día se me quedaron olvidados y algunos Avena, no los recuerdo, no sé ya si los tuve o simplemente los ignoro, como mi inocencia.

Y después, no, no construirás de nuevo tus castillos, ni regarás tus sueños incenciados. A veces esto te hará odiar, como a mí, o tal vez no.
Si yo pudiera, si yo supiera guardar el centeno, si hubiera podido resguardar a tu madre, si todos fuéramos eternamente niños y viviéramos correteando a través de tus campos de avena.

Mientras tanto el tiempo se me pasa y no quiero aferrarme a las cosas temporales. 
Esta mañana temprana me acompañan mis poetas y los nombro, los repito cómplices desde este silencio extraño que es el sonido del teclado.
Apuro mi vida como si como si fuera ya breve, para no dejar de chupar cada espiga de trigo que nos está creciendo en tus campos de avena que yo cuido cada día.

Abro entre mis dedos los granos de los campos, recolecto la semilla, puñaditos del aire que respiramos y que anega las acequias con la lluvia del rocío. Te miro y se me pasa la mañana, y los colores del día nos destiñen los rostros. Hoy no me miras, porque no puedes verme. 
Otro día, un día nuevo que coloreo en mi calendario, un día más para que crezcan las espigas que recogeremos en verano, cuando juntos bajemos a tus campos y celebremos la cosecha, puñados de alegría.