miércoles, 2 de septiembre de 2026

Yalda

A veces se me vienen los recuerdos sin querer, como las mareas repentinas en el lago, como tus enfados ahora y no sé qué hacer con ellos, entonces siento cierta tristeza porque añoro nuestras risas ingenuas.

Me doy cuenta de que se va el verano y hoy no me apetece salir. He estado ordenando mis cosas, clasificando fotos y revisando cuadernos. Tú estabas jugando en el porche, ensimismado en ti, como en otro sitio. Cuando estás así, concentrado, prefiero no hablarte. Me doy cuenta de que has crecido y que es un día perfecto para alargarte los pantalones.

Siento cierta melancolía hoy. Aún me ocurre, y no sé por qué, esta sensación que me paraliza de pronto y me quedo sintiendo que el tiempo ha pasado, que ha pasado mi vida.





Me acordé de aquel solsticio de invierno en la brisa fresca que entró a través de la ventana y en el sonido de las hojas, es aún verano, pero el bosque se prepara para abrigarse del frío, para recibir al invierno. Eras más pequeño, aquel año fuimos a la casa de la montaña, para ti era un nuevo viaje y yo pensaba que tal vez haría demasiado frío. No sabía si la casa estaría preparada, si sería suficientemente confortable para ti, si tendrías miedo. Yo había ido sola muchas veces y me gustaba el silencio en la noche y mi soledad en los caminos de piedras, mirar el valle desde el final de la montaña y sentir el viento azotando mi rostro y empujándome violento.

El viaje se nos hizo un poco largo porque te cansabas y a cada rato me pedías que parásemos y preguntabas que cuanto quedaba. Por un momento dudé de si era una buena idea o si tal vez debíamos regresar. Te lo pregunté y me dijiste:

- Está bien, no quiero volver a casa, Yaya.

- De acuerdo Avena, sigamos, no queda ya mucho y si estás cansado puedo cargarte en mi espalda.

- Sí, sí, quiero, quiero, quiero… - y de pronto parecía que ya no estabas cansado y que no querías parar.

Pienso en ese momento, cuando las pequeñas cosas te entusiasmaban y nunca parabas de reír y me hacías a mí reír también.

Por fin llegamos, fue difícil encender el fuego, yo lo sabía, habíamos salido temprano y teníamos tiempo, pero tú me decías que tenías frío. Te senté en el poyete de la ventana porque entraba el sol y te cubrí con las mantas, te quedaste organizando las piedras que habías recogido en el camino y también algunas hojas que te habían parecido preciosas. Yo mientras, me peleaba con la chimenea, que estaba húmeda y sucia y pensaba que menos mal que habíamos salido temprano para tener tiempo de organizar el refugio y también poder salir juntos a recoger algo de madera de la leñera. Pensé como siempre que era un alivio encontrar todo listo, a pesar de que hoy tuve que organizar varias cosas.

Habíamos llegado temprano por la tarde, después vendrían nuestros amigos y en la noche celebraríamos este solsticio de tu infancia. Me acuerdo de que yo había preparado una pequeña representación para nosotros, era una noche cuando nos regalábamos pequeños espectáculos. Yo no había tenido mucho tiempo para prepararnos, pero sí tenía la idea, lo que íbamos a mostrar.

Oscurecía dentro del refugio, se abrió la puerta y allí estaban. Sabía que te quedarías callado, esta timidez que te acompaña calma, hasta que explota tu alma de jugar y ya no puedes parar y nos envuelves a todos en tus ganas y ya no podemos estar quietos.

El fuego ya estaba preparado y la noche era completa, cenamos y reímos con nuestras bromas hasta que llegó la medianoche, tú no querías dormirte, estabas impaciente por hacer nuestro pequeño teatro. Primero nuestro amigo hizo su función, recuerdo su capa roja subiendo las enormes escaleras, parecía un rey. Iba dejando pequeñas piedras en cada peldaño mientras contaba su historia. Tú lo mirabas desde tus ojos almendrados y brillantes y no decías nada, tu silencio se imponía entre nosotros y todos escuchábamos. Cuando terminó tú dijiste que querías que lo hiciese otra vez, pero nosotros te explicamos que en las noches de Yalda la magia viene para irse y que solo está permitido dibujarla. Así mientras nos tomamos un descanso y bebimos infusiones, tú te fuiste a dibujar.

Y llegó nuestro momento.

Evoqué vívidamente la magia del teatro, el telón, la expectación del público, la tensión y el miedo emocionante y lo vi en tus ojos infantes. Tu primera vez, como cada una de tus primeras veces de las que he sido testigo.

Representamos Los 3 ositos.

Tú hacías de ricitos de oro y yo el resto de los personajes. Me acuerdo de que entraba y salía cambiando mi voz y la máscara. Tu madre nos había dibujado las tres durante la semana, ella siempre ha pintado muy bien y nosotros las habíamos coloreado. Anoche me fui tarde a la cama terminando de colocar las gomas y preparando la música y nuestros disfraces. Fue divertido, tú te olvidabas del texto y yo de los nervios te lo decía con voz de oso. Nuestros amigos no paraban de reír y a nosotros nos entró también la risa, tú que siempre me contagias con tus grititos chillones y tus carcajadas de niño feliz.

La noche estaba espléndida y quisimos salir a ver la luna, el frío de la noche despejada nos cortaba la cara, pero tú no querías quedarte en el refugio, deseabas salir con nosotros a ver la gran luna en la noche oscura. Nos acomodamos en el suelo sobre la manta, no había humedad, el viento helado se llevaba el rocío y sonó el crujido de las hojas secas y los palitos en el suelo al sentarnos.

Los cuatro mirando a la luna, la noche despejada y silenciosa, como nosotros, celebrando la llegada del verano.

Una pequeña nube se acercó a la luna y se detuvo el viento, el cielo se cubrió poco a poco y comenzó a nevar.

A la mañana siguiente la montaña y el valle se veía cubierto por la nieve, blanco como la luna de ayer.


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