ULISES, CAPÍTULO VII
En cada cosa
hay una grieta
Así es como la
luz se cuela
Leonard Cohen
To Otti, for the time been
A la mañana
siguiente se asomó al balcón del palacio.
EOLIA
Ulises anciano.
Te he amado en el
naufragio, he atardecido en tus sombras y tinieblas, como un único cuerpo hemos
gozado en el salitre de la mañana.
Te añoro me
pregunto si apenas te recuerdo.
Habíamos atracado
en Eolia. La tripulación estaba tensa y se empezaba a sentir el ambiente
crispado. Tú estabas agotado, te veía anciano entre el reflejo del atardecer en
el puerto.
Aquí el sol de la
tarde siempre levantaba la brisa y entonces el viento se tornaba helado y
azotaba el rostro. Me fijé en tus mejillas que había besado tantas veces
durante la travesía, el aire era frío y cortaba la piel. Te afeitaba cada
mañana y ungía tu faz con aceites que traje de mi hogar, la Isla. Sin embargo,
Eolia es implacable y no pude evitar con mis cuidados aquellas grietas en tu
piel.
Conocía bien el
puerto, había estado antes en varias ocasiones. Mi vida ha transcurrido en
una gavia.
ÍTACA
Aquel otoño conocí Ítaca, el barco en el que navegaba terminaba ahí su viaje y por alguna razón, el Destino quiso esa vez que no zarpara
ningún barco durante semanas. Por primera vez en mi vida de marino dormí en
tierra firme varias noches. Me sentí impaciente los primeros días, la isla no
es muy grande y la caminé enseguida. Recorrí sus mercados, compré aceites y
especias para mí. La comida de los barcos nunca me sabe a nada. Visité el
prostíbulo del puerto cada noche y volvía al amanecer vacío e insatisfecho,
borracho y solo.
Nunca me despertó
ningún interés tu isla. Escuchaba tu nombre por las calles y percibía el
ambiente tenso en tu reino. Se hablaba de tu partida inminente, pero a mí solo
me interesaba que fletaras tu barco y zarpar de nuevo. Podía ya percibir la
agitación en el puerto. Escuché voces detrás, un grupo de hombres cargaba
grandes cajas bien precintadas. La luz me deslumbraba, pero alcancé a ver el
sello real y leí tu nombre, Ulises Rey. Seguí con la mirada a los que
trasportaban el equipaje y fue cuando vi tu nave. Era definitivamente la nave de un rey.
Pulida, limpia, reluciente. Me pareció distinguir oro y rubíes en el mástil. Me
dirigí impaciente a la oficina del puerto, quería ser el primero en apuntarme
en la lista de marineros. Estaba cansado de esta vida sedentaria y de pronto
sentí una terrible curiosidad por ti, quién eras que te entremetías en mis
pensamientos, quien despertaba al cuerpo.
En la ventanilla
el operario confirmó que el barco del rey zarparía, pero que aún no se sabía el
día, que aún no estaba abierta la lista de marineros. No me importó, he dormido
muchas veces al raso en los puertos y quería asegurarme de que no se fijara una
fecha de salida imprevista y yo no estuviera allí.
Desde la oficina
se veía tu nave, me fijé detenidamente en la torre de vigía. Era hermosísima y relucía impoluta. Brillaba como te he dicho sí en materiales nobles. El barco
de un rey. Deseaba estar ahí, vigilar desde su torre, conocerte de pronto.
Nunca había visto un barco como este. Todo hablaba de ti, tú, el Señor de
Ítaca.
Me dio una
punzadura en el pecho y reconocí el recuerdo antiguo, el dolor del amor que
había borrado cuando dejé mi casa, mi madre, a ti, al primer tú. Cerré los ojos,
convencido de que podría borrar el recuerdo, que podría acogotar al fantasma y
vencerlo y sentí una rabia violenta recorriendo mi cuerpo porque no te había
olvidado, porque subiste conmigo en el primer barco y hemos transitado por este
mar que ahora amo y me pertenece, recorriendo cada isla. Fui a la bodega del
puerto a comprar una botella para no pasar frío en la noche. Mentira, siempre
me engaño cuando se trata de ti, pero aquella noche no me creí. Te recordaba
tan cerca que podía olerte y escuchar tu voz. Estaba furioso. Bebí tragos
largos mientras volvía hacia la oficina que ya estaba cerrada y perdí el
conocimiento.
Ahora, estamos
juntos aún, en Eolia. Hemos zarpado ya numerosas veces, yo he dado voz de
tierra varias también y tú ahora, desesperanzado en el abrigo de mi amor. Te
ayudo a desembarcar y te acompaño a la posada. Como siempre me he adelantado a
reservarte la mejor habitación a cambio de unos lingotes. He ordenado que esté
limpia, caliente y preparada con la bañera templada en una hora, el tiempo que
tu cuerpo ajado tarda en recorrer el camino desde el barco al habitáculo.
Pareces viejo Ulises y solo, abandonado.
Primer sueño
de Ulises
Estamos en la
habitación. Me observas sentado desde el borde del camastro mientras te preparo
el baño. Te recojo de tu asiento y te desnudo. Te ayudo a entrar en la bañera y
te acurrucas en el agua tibia. Recorro tu cuerpo con mis manos y te estremeces,
tu boca se aprieta en un gemido sordo de placer callado. Tus ojos cerrados. Te
unjo en los aceites que he preparado para ti. Te acuesto y te cubro con
las pieles, tus ojos cerrados, remotos. Salgo del dormitorio y te miro desde la
puerta. Atravieso el camino hacia mi cama después de cerrar la tuya.
A la mañana
siguiente entro sin llamar. Me dices que no quieres esperar, que fletemos de
nuevo el barco, que quieres retornar a casa. Has soñado con Penélope y
necesitas volver. Estás ansioso y creo que está volviendo la fiebre.
Te limpio el
rostro, aliso tu cabello encrespado y te visto. Recorremos de nuevo el camino
hacia la nave vacía. Es aún temprano y empieza a clarear, sin embargo, en el
puerto ya hay hombres trabajando, nos miran con recelo. Te sujeto y subimos al
barco. No ha venido ninguno de la tripulación y sabemos que no vendrán, lo
sabemos desde ayer.
Iniciamos nuestro
viaje solos.
Segundo sueño
de Ulises
Subo a la torre.
Nada debe cambiar. Te acompaño hacia el timón. Tú eres el capitán y yo apenas
piso la cubierta. Hace sol y otra vez este viento persistente. No confío en ti.
Llevamos ya horas
de travesía. Hemos descuidado el avituallamiento de provisiones y tampoco hemos
trazado un rumbo preciso. Los dos sabemos que no estamos preparados, que no
sabes hacia dónde vas, desconoces el camino de regreso a casa.
Necesito
descansar y desciendo, me siento un poco mareado con el oleaje y la quietud en
el barco. Te llamo, capitán, pero no respondes y me inquieto. El balanceo de la
nave me desequilibra y no te encuentro. Te llamo otra vez. Escucho ahora tu
respiración. Me acerco y estás dormido.
La nave sin
capitán.
La nave sin
tripulación.
Estoy solo, me
pregunto. Dudo en este momento si volver a mi puesto o cogerte en mis brazos y
llevarte al lecho. Decido lo segundo. Has perdido el conocimiento y apenas
tengo fuerzas para cargarte. Consigo arrastrarte hasta tu cámara, abro la
puerta y te tumbo. Tus labios están entreabiertos, en las comisuras se te han
formado unos pegotes amarillentos por la deshidratación. Busco en la alacena alguna
tinaja y encuentro agua potable. Lleno un cazo y con un paño apenas limpio, lo
mojo y te humedezco los labios, pero no es suficiente. Entonces atravieso con
mi lengua cada grieta abierta de tu boca y te hidrato. Te beso. El escalofrío
me recorre de nuevo y sé en esta inmensidad oscura, que estoy solo.
Tercer sueño de Ulises
Esta noche has llamado a Penélope incesante. Me he tendido a tu lado y te he humedecido la frente constamente. Tienes fiebre y deliras.
- ¡¡¡Penélope!!! -gritas una y otra vez.
Penélope no reconocida, Penélope de tus sueños.
Voy hacia el timón y dirijo la nave hacia Ítaca. Conozco el camino, ya te dije que había navegado tu rumbo varias veces. Ulises que se perdió en su retorno y se hizo viejo.
Cae la noche.
Cuarto sueño de Ulises
Por primera vez
pierdo la esperanza. Veo como la tempestad se aproxima, las cortinas oscuras de
agua cayendo al fondo, se ilumina el púrpura con los relámpagos, el sonido del
trueno que se acerca. No quiero perder aquí mi vida, ni tampoco morir a tu
lado. Siento compasión por los dos, pero tampoco puedo saltar al mar, tampoco
abandonarte.
En un esfuerzo
insólito decido salvarte también a ti. Voy hacia las barcas de salvamento compruebo
que las sogas que la sujetan al barco están intactas, encuentro dentro los
remos y la preparo para lanzarla al mar.
Es inútil
llamarte, no puedes ya escuchar. Te cargo en mi hombro y te tumbo en la
embarcación. Tiro de la cuerda hasta comprobar que las poleas han llegado a su
tope para levantarla, la empujo hasta asegurarme de que
está fuera de la cubierta. Entro con dificultad y dejo caer la soga. El agua
salada nos salpica y tú pareces quejarte.
La tormenta está
ya encima de nosotros, nos alejamos de la nave que comienza a escorarse.
Quinto sueño
de Ulises
Veo la costa. Ha
cesado la tormenta.
Por un momento me
siento desorientado y no sé dónde estoy. Grito tierra con
desesperación y te llamo:
- Odiseo,
despierta. Despierta Odiseo.
Sexto sueño de
Ulises
Me recuesto en la
arena después de haberte cargado. No me importa la humedad. Compruebo una vez
más que respiras. Odiseo el héroe, invencible cuerpo que no muere. Tu piel
pálida me huele a semillas de hinojo, otra vez la punzada. Es la hora de la
despedida, de tu cuerpo que se marcha.
Te tomo en mis
brazos y te llevo hasta la cueva de la playa. Puedo escuchar el alboroto en tu
palacio, los gritos borrachos de los pretendientes, el sonido de los platos, el
olor de la carne asada, el chasquido de las agujas de Penélope. Cierro los
ojos, me cuesta respirar. Te abrazo ahora y mi llanto de caverna retumba en la
playa, choca contra las olas furiosas que no han podido tragarnos, grito a los dioses
que nos han devuelto a tu isla, repudio a mi madre, quiero morir, quiero
terminar en esta orilla. Mi llanto moja la arena, me ahogo, me escuece el pecho
que se desgarra. Me estoy estoy despidiendo de ti.
Grito ahora con mi voz de vigía quebrada.
- El rey ha regresado. Ulises el naúfrago está aquí. El rey ha sido derrotado por el mar y desea volver a casa. Abrid, abrid las puertas para que entre el rey de Ítaca.
- Penélope,
Penélope, aquí tiene al esposo. – he gritado con mi voz desgarrada y rota.
La boca me sabe a sangre. Me derrumbo amado, mi frente sobre la arena, diminutos granos se clavan en ella, mis manos abiertas sujetando mi cuerpo reclinado quieren tocar por última vez tu torso.
- Estás derrotado y solo.
Me levanto sin
tocarte y sin mirarte por última vez. Vuelvo a la embarcación y la empujo hacia
adentro. El viaje a puerto será largo. Agarro los remos y me alejo de Ítaca con
rumbo fijo.
Séptimo sueño de Ulises
No siente su cuerpo.
Sus hombres han bajado hasta la playa a recogerlo, toman su cuerpo
protocolariamente y lo llevan ante la esposa que lo cubre con el manto.
Silencio en palacio.
Octavo sueño de Ulises
El vigía negro se
desgarra en llamas.
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