miércoles, 26 de agosto de 2026

Ulises, capítulo VII

 




ULISES, CAPÍTULO VII

En cada cosa hay una grieta

Así es como la luz se cuela

Leonard Cohen


To Otti, for the time been 


A la mañana siguiente se asomó al balcón del palacio.


EOLIA 

Ulises anciano.

Te he amado en el naufragio, he atardecido en tus sombras y tinieblas, como un único cuerpo hemos gozado en el salitre de la mañana.

Te añoro me pregunto si apenas te recuerdo.

Habíamos atracado en Eolia. La tripulación estaba tensa y se empezaba a sentir el ambiente crispado. Tú estabas agotado, te veía anciano entre el reflejo del atardecer en el puerto.

Aquí el sol de la tarde siempre levantaba la brisa y entonces el viento se tornaba helado y azotaba el rostro. Me fijé en tus mejillas que había besado tantas veces durante la travesía, el aire era frío y cortaba la piel. Te afeitaba cada mañana y ungía tu faz con aceites que traje de mi hogar, la Isla. Sin embargo, Eolia es implacable y no pude evitar con mis cuidados aquellas grietas en tu piel.

Conocía bien el puerto, había estado antes en varias ocasiones. Mi vida ha transcurrido en una gavia.

 

ÍTACA

Aquel otoño conocí Ítaca, el barco en el que navegaba terminaba ahí su viaje y por alguna razón, el Destino quiso esa vez que no zarpara ningún barco durante semanas. Por primera vez en mi vida de marino dormí en tierra firme varias noches. Me sentí impaciente los primeros días, la isla no es muy grande y la caminé enseguida. Recorrí sus mercados, compré aceites y especias para mí. La comida de los barcos nunca me sabe a nada. Visité el prostíbulo del puerto cada noche y volvía al amanecer vacío e insatisfecho, borracho y solo. 

Nunca me despertó ningún interés tu isla. Escuchaba tu nombre por las calles y percibía el ambiente tenso en tu reino. Se hablaba de tu partida inminente, pero a mí solo me interesaba que fletaras tu barco y zarpar de nuevo. Podía ya percibir la agitación en el puerto. Escuché voces detrás, un grupo de hombres cargaba grandes cajas bien precintadas. La luz me deslumbraba, pero alcancé a ver el sello real y leí tu nombre, Ulises Rey. Seguí con la mirada a los que trasportaban el equipaje y fue cuando vi tu nave. Era definitivamente la nave de un rey. Pulida, limpia, reluciente. Me pareció distinguir oro y rubíes en el mástil. Me dirigí impaciente a la oficina del puerto, quería ser el primero en apuntarme en la lista de marineros. Estaba cansado de esta vida sedentaria y de pronto sentí una terrible curiosidad por ti, quién eras que te entremetías en mis pensamientos, quien despertaba al cuerpo. 

En la ventanilla el operario confirmó que el barco del rey zarparía, pero que aún no se sabía el día, que aún no estaba abierta la lista de marineros. No me importó, he dormido muchas veces al raso en los puertos y quería asegurarme de que no se fijara una fecha de salida imprevista y yo no estuviera allí. 

Desde la oficina se veía tu nave, me fijé detenidamente en la torre de vigía. Era hermosísima y relucía impoluta. Brillaba como te he dicho sí en materiales nobles. El barco de un rey. Deseaba estar ahí, vigilar desde su torre, conocerte de pronto. Nunca había visto un barco como este. Todo hablaba de ti, tú, el Señor de Ítaca.

Me dio una punzadura en el pecho y reconocí el recuerdo antiguo, el dolor del amor que había borrado cuando dejé mi casa, mi madre, a ti, al primer tú. Cerré los ojos, convencido de que podría borrar el recuerdo, que podría acogotar al fantasma y vencerlo y sentí una rabia violenta recorriendo mi cuerpo porque no te había olvidado, porque subiste conmigo en el primer barco y hemos transitado por este mar que ahora amo y me pertenece, recorriendo cada isla. Fui a la bodega del puerto a comprar una botella para no pasar frío en la noche. Mentira, siempre me engaño cuando se trata de ti, pero aquella noche no me creí. Te recordaba tan cerca que podía olerte y escuchar tu voz. Estaba furioso. Bebí tragos largos mientras volvía hacia la oficina que ya estaba cerrada y perdí el conocimiento.

 

Ahora, estamos juntos aún, en Eolia. Hemos zarpado ya numerosas veces, yo he dado voz de tierra varias también y tú ahora, desesperanzado en el abrigo de mi amor. Te ayudo a desembarcar y te acompaño a la posada. Como siempre me he adelantado a reservarte la mejor habitación a cambio de unos lingotes. He ordenado que esté limpia, caliente y preparada con la bañera templada en una hora, el tiempo que tu cuerpo ajado tarda en recorrer el camino desde el barco al habitáculo. Pareces viejo Ulises y solo, abandonado. 

 

Primer sueño de Ulises

Estamos en la habitación. Me observas sentado desde el borde del camastro mientras te preparo el baño. Te recojo de tu asiento y te desnudo. Te ayudo a entrar en la bañera y te acurrucas en el agua tibia. Recorro tu cuerpo con mis manos y te estremeces, tu boca se aprieta en un gemido sordo de placer callado. Tus ojos cerrados. Te unjo en los aceites que he preparado para ti. Te acuesto y te cubro con las pieles, tus ojos cerrados, remotos. Salgo del dormitorio y te miro desde la puerta. Atravieso el camino hacia mi cama después de cerrar la tuya.

 

A la mañana siguiente entro sin llamar. Me dices que no quieres esperar, que fletemos de nuevo el barco, que quieres retornar a casa. Has soñado con Penélope y necesitas volver. Estás ansioso y creo que está volviendo la fiebre. 

Te limpio el rostro, aliso tu cabello encrespado y te visto. Recorremos de nuevo el camino hacia la nave vacía. Es aún temprano y empieza a clarear, sin embargo, en el puerto ya hay hombres trabajando, nos miran con recelo. Te sujeto y subimos al barco. No ha venido ninguno de la tripulación y sabemos que no vendrán, lo sabemos desde ayer. 

Iniciamos nuestro viaje solos.

 

Segundo sueño de Ulises

Subo a la torre. Nada debe cambiar. Te acompaño hacia el timón. Tú eres el capitán y yo apenas piso la cubierta. Hace sol y otra vez este viento persistente. No confío en ti.

Llevamos ya horas de travesía. Hemos descuidado el avituallamiento de provisiones y tampoco hemos trazado un rumbo preciso. Los dos sabemos que no estamos preparados, que no sabes hacia dónde vas, desconoces el camino de regreso a casa. 

Necesito descansar y desciendo, me siento un poco mareado con el oleaje y la quietud en el barco. Te llamo, capitán, pero no respondes y me inquieto. El balanceo de la nave me desequilibra y no te encuentro. Te llamo otra vez. Escucho ahora tu respiración. Me acerco y estás dormido. 

La nave sin capitán.

La nave sin tripulación.

Estoy solo, me pregunto. Dudo en este momento si volver a mi puesto o cogerte en mis brazos y llevarte al lecho. Decido lo segundo. Has perdido el conocimiento y apenas tengo fuerzas para cargarte. Consigo arrastrarte hasta tu cámara, abro la puerta y te tumbo. Tus labios están entreabiertos, en las comisuras se te han formado unos pegotes amarillentos por la deshidratación. Busco en la alacena alguna tinaja y encuentro agua potable. Lleno un cazo y con un paño apenas limpio, lo mojo y te humedezco los labios, pero no es suficiente. Entonces atravieso con mi lengua cada grieta abierta de tu boca y te hidrato. Te beso. El escalofrío me recorre de nuevo y sé en esta inmensidad oscura, que estoy solo.


Tercer sueño de Ulises 

Esta noche has llamado a Penélope incesante. Me he tendido a tu lado y te he humedecido la frente constamente. Tienes fiebre y deliras. 

- ¡¡¡Penélope!!! -gritas una y otra vez. 

Penélope no reconocida, Penélope de tus sueños.  

Voy hacia el timón y dirijo la nave hacia Ítaca. Conozco el camino, ya te dije que había navegado tu rumbo varias veces. Ulises que se perdió en su retorno y se hizo viejo.

Cae la noche.


Cuarto sueño de Ulises

Por primera vez pierdo la esperanza. Veo como la tempestad se aproxima, las cortinas oscuras de agua cayendo al fondo, se ilumina el púrpura con los relámpagos, el sonido del trueno que se acerca. No quiero perder aquí mi vida, ni tampoco morir a tu lado. Siento compasión por los dos, pero tampoco puedo saltar al mar, tampoco abandonarte.

En un esfuerzo insólito decido salvarte también a ti. Voy hacia las barcas de salvamento compruebo que las sogas que la sujetan al barco están intactas, encuentro dentro los remos y la preparo para lanzarla al mar.

Es inútil llamarte, no puedes ya escuchar. Te cargo en mi hombro y te tumbo en la embarcación. Tiro de la cuerda hasta comprobar que las poleas han llegado a su tope para levantarla, la empujo hasta asegurarme de que está fuera de la cubierta. Entro con dificultad y dejo caer la soga. El agua salada nos salpica y tú pareces quejarte.

La tormenta está ya encima de nosotros, nos alejamos de la nave que comienza a escorarse.   

 

Quinto sueño de Ulises

Veo la costa. Ha cesado la tormenta.

Por un momento me siento desorientado y no sé dónde estoy. Grito tierra con desesperación y te llamo:

- Odiseo, despierta. Despierta Odiseo.

 

Sexto sueño de Ulises

Me recuesto en la arena después de haberte cargado. No me importa la humedad. Compruebo una vez más que respiras. Odiseo el héroe, invencible cuerpo que no muere. Tu piel pálida me huele a semillas de hinojo, otra vez la punzada. Es la hora de la despedida, de tu cuerpo que se marcha.

Te tomo en mis brazos y te llevo hasta la cueva de la playa. Puedo escuchar el alboroto en tu palacio, los gritos borrachos de los pretendientes, el sonido de los platos, el olor de la carne asada, el chasquido de las agujas de Penélope. Cierro los ojos, me cuesta respirar. Te abrazo ahora y mi llanto de caverna retumba en la playa, choca contra las olas furiosas que no han podido tragarnos, grito a los dioses que nos han devuelto a tu isla, repudio a mi madre, quiero morir, quiero terminar en esta orilla. Mi llanto moja la arena, me ahogo, me escuece el pecho que se desgarra. Me estoy estoy despidiendo de ti.

Grito ahora con mi voz de vigía quebrada.

-  El rey ha regresado. Ulises el naúfrago está aquí. El rey ha sido derrotado por el mar y desea volver a casa. Abrid, abrid las puertas para que entre el rey de Ítaca.

- Penélope, Penélope, aquí tiene al esposo. – he gritado con mi voz desgarrada y rota.

La boca me sabe a sangre. Me derrumbo amado, mi frente sobre la arena, diminutos granos se clavan en ella, mis manos abiertas sujetando mi cuerpo reclinado quieren tocar por última vez tu torso.

-    Estás derrotado y solo.

Me levanto sin tocarte y sin mirarte por última vez. Vuelvo a la embarcación y la empujo hacia adentro. El viaje a puerto será largo. Agarro los remos y me alejo de Ítaca con rumbo fijo.

 

Séptimo sueño de Ulises

No siente su cuerpo. Sus hombres han bajado hasta la playa a recogerlo, toman su cuerpo protocolariamente y lo llevan ante la esposa que lo cubre con el manto.

Silencio en palacio.

 

Octavo sueño de Ulises 

El vigía negro se desgarra en llamas.

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