Tu madre mira al cielo, inquieta o distante, temprana. Amaranto duerme en sus brazos, presente, ocupante, habitando su cuerpo en la penumbra próxima.
Yo apresurada, detrás de tu hermano, Avena, el que corre hacia las olas. Yo, los azules y el silencio.
No teníamos mucho más que hacer que esperar al eclipse. Tú estabas sola, tendida en la arena apretada de la orilla, cubierta por mantas, como tu madre también muy atenta, percibiendo cada cambio de luz. Ambas unidas en la ausencia de sol y los silencios. Ella sabe que estás muy cerca, pero no puede dejar de mirar al cielo. Tú abres los ojos, así como vives, como escudriñas precisa cada palabra presente, cada forma que traspasa tu espacio, el color, cada engranage del mundo que solo tú aprecias.
Hacía frío y ya caía la noche, el lago se oscurecía hasta desaparecer en un negro sin cielo y en tu piel se dibujó el eclipse. Te quedaste quieta, la luna sol se recortaba en tu silueta en sombra y no te moviste.
Paralelas estrellas en la arena, dos, tus ojos, el diminuto destello, una chispa de espuma de mar.
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