- ¿No lo notáis? La luz. ¿No la notáis?- anunció tu madre.
Nosotros la miramos sonriendo, como diciendo sí, pero sin verla. Tú estabas ya pensando en bañarte en la pequeña laguna, sin pensar en lo que iba a ocurrir. Yo te decía que cuando fueras mayor recordarías este momento.
La luz se hacía metálica y no podíamos aún saber cómo iba a ocurrir. Ella abrió los ojos y yo la admiraba, tenía esa especial manera de respirar con la naturaleza.
Amaranto seguía durmiendo, tu madre te había cogido cuando bajó la temperatura, estabas acurrucado en sus brazos y ella no te miraba. Te guardada en la manta que habíamos bajado al lago porque yo pensé que tendríamos frío al caer la primera noche.
Respirabais juntos arrítmicamente, tu pequeño cuerpo que lo hace dos veces y el nuestro al son.
- No hemos visto el sol.- nos dijo al vernos.
- ¿Qué sol, mamá?- respondiste.
- El sol.- te dijo.
- Es porque se ha ido.- afirmaste mirando al mar. ¿Puedo bañarme otra vez? ¿Puedo?
- Espera.- te dije.
Amaranto niño dormía en el amanecer de la tarde. Sus ojos hacia el cielo cerrados al sol, respira mientras la luz vuelve y la brisa se calma. Sereno en el bosque.
Se escuchó entonces un ruido de ruiseñores y sobrevoló la garza sobre el lago.
Silencios.
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