lunes, 3 de agosto de 2026

MVR

No tengo hambre, he salido a cenar fuera de modo automático, sin siquiera saber qué hacía. He ido al restaurante de la marina donde solíamos cenar los domingos. Tú siempre decías que los domingos no se han hecho para estar alicaída y que venga que a la calle y así, sin darnos cuenta, cenar fuera los domingos se convirtió en nuestra rutina. 
Cuando comencé a trabajar como correctora de estilo de aquella escritora se me empezó a hacer pesado salir tarde, el lunes madrugaba y tú siempre has sabido que necesito dormir, que si no no soy persona no doy pie con bola como siempre me decías bromeando y yo, bueno, no pasa nada, vamos anda, si te hace ilusión. 



Reservabas siempre mesa a las diez y pedías tu vino favorito, me llenabas la copa, aunque no estuviera aún vacía y hablabas, hablabas del día, del trabajo, de los niños, de la nueva chica, que si que fea era, que si no se lavaba, que si que pena que Purita se hubiera casado, con lo bien que cocinaba y lo que la querían los niños, me hablabas de tus pacientes, de tus alumnos en la Universidad, de cómo cambian los tiempos y también las generaciones.  

Nunca me levantaba para ir al baño, nunca te interrumpía. Y así, poco a poco me fui quedando ausente, con la mirada perdida en el comedor, respondiendo a camareros que me preguntaban algo mientras me llenaban el plato.

¿Me escuchas Sole? Hija, es que siempre estás en babia. Seguro que no sabes de qué hablo, a ver, dime, ¿de qué estaba hablando? Sí Elías, te estoy escuchando, continúa por favor. Y entonces ya no seguías hablando, empujabas las palabras hacia dentro mientras me herías con tu mirada inquisitiva apretando el tallo de tu copa.
Nos envolvía desde ese instante un silencio nuestro, pesado, denso, genuino, largo.
Al cabo de un rato me acariabas la mejilla en un gesto acostumbrado que anticipaba tu deseo. Era el final de tu ritual de domingo, cuando volvíamos a casa tarde, bebidos y yo solo podía pensar en que el despertador sonaría a las seis de la mañana. Al principio me decía que no me importaba, que total una noche de maldomir no era para tanto, después porque no era ya capaz de contrariarte y al final yo ya no decía nada, me callaba mientras me desnudaba, con la mirada perdida y apretando los muslos. 
No sé cuándo comenzó, en qué momento cambiaste y yo miré hacia otro lado, como si no me estuviera ocurriendo a mí, como si yo fuera otra y pudiera vivir sin mí. Sin embargo nunca he olvidado el primer día que me dolió, vi tu mano alzarse, la luz de la bombilla de la sala de estar titilando trémula, cerré los ojos y apreté los muslos y no te miré cuando me golpeaste. Saliste de la habitación enfurecido, gritando algo que yo no alcanzaba a entender, temí que los niños se despertaran, recogí las flores que se habían volcado en la mesa, me sequé las lágrimas y me quedé desconcertaba al ver la sangre en el pañuelo. Apagué las luces de la casa camino de nuestro domitorio, me desvestí y me acosté a tu lado con los ojos abiertos.
En aquellos días me sentía siempre cansada, visitamos varías consultas de médicos relevantes que habían sido compañeros tuyos de carrera. Nos decían que era el estrés, me recetaban vitaminas y tranquilizantes y me prescribían somníferos para conciliar el sueño. 
Entonces decidimos que sería mejor dejar la oficina. Cuando se lo comuniqué a Carolina, mi jefa, se sintió apresadumbrada. Yo sabía que hacía tiempo estaba preocupada por mi estado de ánimo. 
Al día siguiente de aquel primer episodio no fui a trabajar, tampoco salí del cuarto para no asustar a los niños. A los pocos días pude cubrir las marcas con el maquillaje y salí en bata del dormitorio.
La casa estaba en silencio, pregunté a Miguela por los niños y me dijo que habían salido al Retiro a montar en barca con Luisa y ¿Elías? Me respondió que con ellos, claro. Miré al calendario de la cocina y me di cuenta de que era domingo. Ya eran las ocho de la tarde y no habían vuelto, al día siguiente había colegio. Yo no sabía si arreglarme, es cierto que llevábamos varios domingos sin salir a cenar, pero tal vez este. Decidí vestirme, me peiné y me puse algo de perfume y me senté en la sala de estar a esperarte. Me fijé en que las flores de la mesa se estaban marchitando y me levanté para tirarlas. En ese momento se oyó un alboroto de risas y carreras de los niños por el pasillo. Yo me quedé congelada, ¿por qué?, el miedo. 
Reconocí ese día que estaba asustada, que caminaba por la casa sigilosa, parecía un fantasma. Hasta los niños me esquivababan. 
No sé si era por las pastillas, pero me sentía aturdida, como ausente, más aún, ya sin vida. 
A veces me decías algo en mi espalda y yo no te sentía, entonces me escupías la palabra por encima de mi oreja mientras apretabas mi hombro. Yo sentía un hormigueo incómodo en mi entrepierna y pedía que no me lo notases, que no me lo note, que no me lo note, que no me lo note, por favor. Y pasabas de largo a mi lado moviendo el aire como en un absurdo suspiro.
Se me aceleraba la respiración al quedarme sola de pie en el pasillo, en bata o maquillada, perfumada, yendo al cuarto de baño o con una taza de café en la mano. Yo no sabía qué hacer, a veces recordaba los días en los que me despertaba para ir a trabajar y regresaba a casa y tenía que quitarme de encima a los niños que me preguntaban si les había traído algo de la oficina, máma, mamá, mamá...y nos reíamos en la entrada de la casa porque otra vez me habíais tirado al suelo. Y me volvía a preguntar en qué momento había sucedido, cómo se nos había puesto así la vida patas arriba.

Lucía ya apenas me llamaba, pero era mi única amiga y en ímpetu raro, descolgué el teléfono y marqué su número. No me reconoció. Yo no sé de dónde saqué aquel días las fuerzas para pedirle que viniera, para contener el llanto que me apretaba la garganta. 
Elías estaba de viaje por trabajo y regresaría en unos días.

Llevábamos ya un buen rato en la sala de estar tomando té y un pedazo de tarta del día anterior. Habíamos estado charlando como siempre, como si nada, como si mi vida no hubiera estallado en mil pedazos y yo aún estuviera entera y recordase quién fui. Ella como siempre de sus cosas, de arte, de hombres, de libros y de su próximo viaje. Lucía seguía soltera y se sentía a gusto en su estado. Sabíamos de alguna de sus relaciones, pero ninguna cuajó y apenas los integró en nuestras actividades. Estaba radiante, la madurez le había hecho aún más atractiva y más segura. Ya no le afectaban los comentarios compasivos del entorno, ante su soltería. Era libre sin gritarlo a los cuatro vientos.

- ¿Cómo estás Soledad?

Me quedé paralizada, se me heló el gesto y fui incapaz de articular una simple palabra. Sabía que se me estaban empapando los ojos, que iba a llorar y que tú te darías entonces cuenta. Intenté contener las lágrimas mordiéndome las encías por dentro. Oculté la cara entre mis manos lloré y sin consuelo, amargamente, rompiendo el silencio. Cuando te acercaste para abrazarme me sobresalté y me cubrí la cabeza con los brazos.

Aquella tarde me fui contigo a tu casa, me preparaste algo de cenar que no pude comer porque se me había cerrado el estómago, me acostaste en tu cama y me arropaste. Me dormí. Al rato sentí el roce de las sábanas cuando te tumbaste junto a mí, pero seguí durmiendo.

Comprendí entonces que me había convertido en algo que apenas reconocía, en alguien a quien nunca hubiera tenido interés en conocer. Me daba cuenta de que había perdido la noción de los días, no recordaba apenas cuando había sido el último domingo que salimos a cenar. No retenía el sabor de la comida y me olvidaba con frecuencia de acudir a la mesa. 
Mi ausencia se convirtió en una pieza más del engranage familiar. Todos hacíais como si nada cuando pasabais por mi lado, cuando entrabais al dormitorio para darme alguna buena noticia, cuando cada noche te ibas a dormir al cuarto de invitados. A mis ojos todo transcurría como antes, como si yo no estuviera en esta cama, con este camisón y entre este olor a madera en verano y ventana cerrada. Me molestaba el ruido de la calle de día y de noche.

Los días que pasé en casa de Lucía se convirtieron en un tormento. Venías cada día a verme o llamabas constantemente. Si Lucía te decía que estaba descansando, insistías a la media hora.

Sin embargo, aquel tiempo fue para mí volver a recordar el olor de la poda, el calor de la tarde en primavera, el sabor del café por la mañana y recibir al día. No hacía mucho, la verdad, al principio llegaba a la casa y encendía la televisión, después empecé a ver películas, algunas que estaban en la programación y otras tantas de las que había en la casa de Lucía. Volví a leer. 

No sé muy bien cuánto tiempo estuve fuera de casa. Una mañana, mientras tomaba mi café y leía, decidí que quería volver a trabajar. Cuando llegó Lucía lo comentamos y le pareció una idea estupenda y no sé en qué momento esa idea se confundió con tu recuerdo, con nuestra casa, la familia y los domingos por la noche. Te llamé. Quería celebrar contigo mi iniciativa, celebrar la vida. Te propuse salir a cenar. 
Por un momento creí que la línea se había cortado y escuché tu respiración, te nombré y finalmente respondiste con un bueno, tranquila, no te precipites, Sole estás aún muy frágil. 
Cuando volvió Lucía le dije que volvía a casa y esa fue la única vez que me dijo que me estaba equivocando que no volviera que rehiciese mi vida que pensara en mí. Esa noche fumé, no lo hacía desde que me había quedado embarazada de Jorge. Nos bebimos varias botellas de vino juntas y le hablé por primera vez de todo lo que había ocurrido. Me sorprendió que lo supiera y que no le sorprendiera que al día siguiente, yo hiciera mi maleta y volviera a casa con Elías.
Y nada cambió.

Después llegó tu enfermedad, el diagnóstico implacable que te acortaba la vida. Te cuidé día y noche hasta el último momento. 

No volví a trabajar.

Hoy salgo a cenar. No es domingo. Nunca he comido sola en un restaurante.



           


No hay comentarios: