viernes, 31 de julio de 2026

respirar



Llegaste primero, la madre abrió la puerta cuando yo aún hervía el agua, aún descalza, con la toquilla desordenada sobre mis hombros y no sé por qué.

Era la canícula. Días sofocantes en la casa. 

Apenas en penumbra durante el día porque tu madre sentía angustia en la sombra. Desde que el vientre empezó a crecerle de modo ingente se sintió agotada. Poco a poco fue espaciando más las noches de conversaciones y risas en la puerta de la casa, al sereno de la noche y se fue recogiendo. Su respiración se escuchaba por la casa. Avena la seguía atenta, le preguntaba si estaba bien, le acariciaba el cabello y ella, sonreía cansada. 

Fueron días de lectura para mí y hacer los cuadernos de escribir la vida. Ahora tendrían más que anotar, pronto serían tres, tres almas y tres cuerpos. Cuerpos diferentes cada uno, originaria respiración del instante, de lo concreto de cada ser. 
Cuerpos que guardan vidas, cuerpos libres y poderosos que no se doblegan, que crecerán solitarios en este bosque bajo la mirada acechante de la madre cuidadora entre los árboles. 

Respirar, tomar aliento, vivir.

Cuerpos continentes sin derecho a ser definidos, cuerpos sin sexo y sin forma, cuerpos sin molde. Sin patrón.

Respirador.

Cuando te vi, ya pude sentirte, reconocí el fuego y el sol, la fuerza de estar y de ser, tu presencia y tu templanza. Llegaste adelantando el solsticio, épico en tus formas y en tu mirada. Tu cuerpo fornido de héroe clásico y que sabíamos vivo a cada instante. Desde semilla te movías, danzabas primero y tu madre se reía porque sentía burbujas, decía. Yo la veía tan feliz, respiraba y cantaba en los sosiegos que le daban las náuseas y el agotamiento. 
Nunca cuestionaste si querías vivir porque llegaste con la vida en tus hombros, porque tú, Amaranto querido de mis días, llegaste vivo y nada más. 
Te habíamos recibido ya desde los primeros latidos. Fuiste cuerpo desde el comienzo, hambre y sueño y la batalla por respirar.

Yo sentí que, como yo, guardarías nuestras vidas. Así te sentí cuando cruzaste la puerta de nuestra casa.

Amaranto,

respirar

el que guarda la vida.

Respirar otra vez


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