y llegaste a la vida con los ojos abiertos, mojados aún del fluido de la madre, del líquido ancestral de la tierra, agua y regadío para tu vida pequeña.
y llegasté detrás, te quedaste en el vientre de la madre un poco más, retuviste dentro del agua de amaranto y la kinua
y te empujó, montuoso empello de animal cansado
y no sé si lloraste
Fue después cuando llegó tu madre, cansada como un cometa apagado.
Era ya la madrugada, Amaranto escuchaba los planetas en mis brazos, yo aún estaba acostumbrándome a su aliento y se abrió la puerta, esta vez no había escuchado sus pasos. El llanto de Amaranto inundaba la casa con su voz apenas reciente. La casa entera olía a semilla y sebo dulce. Lo había lavado y lo miraba abstraído.
El tiempo se detenía en el bosque durante tus partos y el silencio callaba.
La madre en el cerco, con la hija en brazos.
Llegaste envuelta en las hojas mojadas por tu madre en el lago. Ella había estado preparando los mantos para guardaros. Durante las últimas semanas apenas hablaba, se despertaba al amanecer y salía hacía el lago, por el camino recogía hojas de castaño, de yamuro y catalpa, semillas y flores aleatorias. Comía algún fruto que el verano generoso ocultaba entre las sombras de los árboles. Volvía cada día al atardecer, siempre antes de que cayera la noche. Yo la esperaba con un cuenco de sopa y Avena en la cama y cada vez, ella me sonreía cansada.
En la tarde del primer día de junio no volvió sola, yo siempre la esperaba anotando palabras a la última claridad del día. Me entregó a Amaranto y lo guardé en mis brazos. Las hojas transpiraban su aliento y me empapaban de humedad y lago, aún olía a grasa agría.
La puerta se quedó abierta y te miré envuelta entre las hojas, me acechaste infinita en tus ojos reciéntes que llegaban acaparando la vida, la mirada punzante y decidida. Y me quedé detenida, con el tiempo y Amaranto y el sueño de Avena.
La madre te había lavado, llegabas limpia y pulida con las semillas de kinua, orgullosa de estar, aprehendiendo el olor de la casa y detenida en mí. Y bajé la mirada y te recibí.
Y entonces, no cerraste los ojos hasta más tarde, cuando tu madre exhausta se acostó con vosotros y la noche sonaba de insectos.
Tu cuerpo se templó y te encojiste curiosa indagando en tu cuerpo y te dormiste sin querer, contagiada por la respiración fatigada de tu madre y el tictac de Amaranto.
Avena dormía también y yo me quedé despierta, escuchando el jadeo dulce en el diapasón de vuestros cuerpos. Sabiendo la casa anegada
de resuello,
de aire espirado,
de la brisa oscura de la noche en vuestros cuerpos,
anegada en aliento,
llena de viento,
Colmando la noche
cuajo de los días y
respirar
y llegaste a la vida con los ojos abiertos, mojados aún del fluido de la madre, del líquido ancestral de la tierra, agua y regadío para tu vida pequeña.
y llegasté detrás, te quedaste en el vientre de la madre un poco más, retuviste dentro del agua de amaranto y la kinua
y te empujó, montuoso empello de animal cansado
y no sé si lloraste, fue después cuando llegó tu madre, cansada como un cometa apagado en el azul oscuro.
Era ya la madrugada, Amaranto escuchaba los planetas en mis brazos, yo aún estaba acostumbrándome a su aliento y se abrió la puerta, esta vez no había escuchado sus pasos. El llanto de Amaranto inundaba la casa con su voz apenas estrenada. La casa entera olía a semilla y sebo dulce. Lo había lavado y lo miraba ausente.
El tiempo se detenía en el bosque durante sus partos y el silencio callaba.
La madre en el cerco, con la hija en brazos.
Llegaste envuelta con las hojas mojadas en el lago. Tu madre había estado preparando los mantos para guardaros. Durante las últimas semanas apenas hablaba, se despertaba al amanecer y salía hacía el lago, por el camino recogía hojas de castaño, de yamuro y catalpa semillas y flores aleatorias. Comía algún fruto que el verano generoso ocultaba entre las sombras de los árboles. Volvía cada día al atardecer, siempre antes de que cayera la noche. Yo la esperaba con un cuenco de sopa y Avena en la cama y cada vez, ella me sonreía cansada.
En la tarde del primer día de junio no volvió sola, yo siempre la esperaba anotando palabras a la última claridad del día. Me entregó a Amaranto y lo guardé en mis brazos. Las hojas transpiraban su aliento y me empapaban de humedad y lago, aún olía a grasa agría.
La puerta se quedó abierta y te miré, me acechaste infinita en tus ojos acaparando la vida, la mirada punzante y decidida. Y me quedé detenida, con el tiempo y Amaranto y el sueño de Avena.
La madre te había lavado, llegabas limpia y pulida con las semillas de kinua, orgullosa de estar, aprehendiendo el olor de la casa y detenida en mí. Y bajé la mirada y te recibí.
Y entonces no cerraste los ojos hasta más tarde, cuando tu madre exhausta se acostó con vosotros y la noche sonaba de insectos.
Tu cuerpo se templó y te encojiste curiosa indagando en tu cuerpo y te dormiste sin querer contagiada por la respiración fatigada de tu madre y el tictac de Amaranto.
Avena dormía también y yo me quedé despierta, escuchando el jadeo dulce en el diapasón de vuestros cuerpos. Sabiendo la casa anegada de resuello,
de aire espirado,
de la brisa oscura de la noche en vuestros cuerpos,
anegada en aliento,
llena la de viento,
Colmando la noche
cuajo de los días.
respirar
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