jueves, 13 de agosto de 2026

Eclipses

 Avena, esta tarde hubo un eclipse. 

Hemos preparado la merienda y unas absurdas gafas que hemos hecho juntos en casa con unos cristales ahumados y hemos salido hacia el lago, el claro del bosque donde miramos las estrellas y guardamos silencios compartidos.

Por el camino ibas buscando insectos, hoy te sentía inquieto y te dejé ir el primero. A veces te perdía de vista por la senda, pero escuchaba el crujido de las ramas y comprobaba tus huellas en el barro aún húmedo. Había estado lloviendo y aún las nubes empañaban el cielo.

Eran días de desencuentros, tú lejano y desafiante, yo constante y lejana, expectante. Entonces no escuchabas, te ensimismabas en tus juegos, en tus remotos pensamientos y te ausentabas. Creo que era difícil compartir contigo, aceptar que no confirmases conmigo el sonido del bosque o el gruñido de algún animal pequeño. Era así y seguíamos en los días.

Hoy, camino hacia el eclipse, atravesar el bosque era difícil por las ramas caídas que aún no habíamos recogido, nos pareció que se adelantaba el otoño y tú lo dijiste sin volver la cabeza, te respondí, es cierto. Una pequeña luz asomó entre los árboles, la conocíamos bien, entonces saliste corriendo y gritando, como siempre, y pareciste pequeño, el Avena de ojos de almendra dulce que me cogía la mano y me acompañaba en el sendero. Estabas emocionado, siempre te llenaba de alegría llegar al lago. Te desvestiste solo y te metiste al agua. 

Tu madre te gritó:

- Avena, ¡ten cuidado! ¡te vas a resbalar con el verdín!

Y seguiste corriendo hasta salpicar con tu pequeño cuerpo la superficie en calma y te llenaste de ondas. Te reías y saltabas y buscabas piedras para hacer ranas que nunca te salían. Te reías y estabas feliz, habías olvidado que íbamos a ver el eclipse y eso me hizo sentir serena, como entender que todo era como siempre o que estaba bien. 

Me senté a preparar la merienda. Habíamos llevado unas galletas que hizo tu madre la tarde anterior y que a ti te encantaban, fruta, agua e infusiones para mí.

Era pronto aún. 

Tu madre se metió contigo en el lago y te besó, después regresó a la orilla y se sentó a mi lado. Cogió una galleta rota y un vaso de agua y bebió mientras te miraba, sintió frío y se cubrió los hombros al tiempo que te llamaba. Ella sabía que el eclipse había comenzado porque la luz se hacía cenicienta y podía percibir como caía en golpes breves y violentos, imperceptibles para nosotros, como imperceptible también fue el inicio del eclipse y la luna.

Te llamó y preparó la toalla para secarte, pero no respondiste. Ella insistió serena. Las dos sabíamos que empezaba a oscurecerse y pensábamos que te asustarías al caer la noche repentina, pero no erá así. Te alejaste más y el lago se llenó de un azul también ceniciento, apenas podía distinguir tu figura diminuta de danzante y salí corriendo, pensaba que te podías perder o que tal vez algún animal del bosque pudiera asustarte. 

Corrí hacia ti sin llamarte, te veía salpicando el agua del lago, celebrando el eclipse con tus juegos, lejano e inconsciente. Tu eclipse, tu libertad de niño que nadie percibía, tú y tu incipiente vida. Al llegar a tu lado la luz cayó repentina, fue una noche inmediata, sin atarceder, sin sol. Oscuridad. Nos cubría una gran nube hasta la mitad del cielo donde asomaba esta noche extraña, esta ausencia de claridad que habíamos llamado noche, como si se fuera el día y volviese a amanecer. Sin embargo Avena, para ti era la tarde, otra tarde de juegos entre sombras. Todo se volvió azul oscuro y se dibujó una franja verde en el horizonte del lago, y me asusté. Me costó asir tu mano en esta negrura rara que nos rodeaba. Tú seguías jugando y te dije:

- Mira Avena, mira al fondo. Tengo miedo. Dame la mano.

- Yo no tengo miedo.- me respondiste mientras te cogía la mano. ¿Por qué tienes miedo?

Regresamos a la orilla con tu madre. La luz volvía y ella estaba impasible, con Amaranto en los brazos.




No hay comentarios: