Ya faltaba poco para que llegaran tus hermanos, tu madre sonreía cansada y charlaba desde su agota miento próximo. A veces la sorprendías mirando a través de la ventana mientras desayunaba y tú le preguntabas que piensas mamá, mamá y ella se volvió y te sonreía y le preguntabas si estaba bien.
Vamos Avena, vístete, vamos a llegar tarde al colegio y tardabas en llegar, porque te quedabas mirándola triste, preocupado. Yo como siempre pensaba que todo era igual, tú sin embargo te quedabas rezagado en el camino, como si quisieras perderte, como si no quisieras ir al colegio, aunque yo sabía que sí querías y seguíamos caminando.
Ese día me tropecé y no pude seguir andando, me dijiste que ya eras mayor, que podías ir solito a la escuela, que no me preocupase y que me quedara ahí, seguro que mis hojas y el sonido de los pájaros me haría sentirme mejor pronto y el calor de la mañana me daría fuerzas para seguir el día.
Te miré y me di cuenta de que estabas creciendo. Sentí que un día como hoy cuidabas tú de mí y seguías solo tu camino hacía la escuela.
Yo no insistí en acompañarte porque realmente me dolía el tobillo y podía moverme a duras penas.
Me quedé dormida en el sendero, no sé si desde casa a la escuela o a la inversa. Me sentía abotargada. Había estado soñando que te perdías en la playa. Hacía viento y la bruma cubría todo. Habíamos bajado a jugar, era verano y nos habíamos marchado este año lejos, hacia el norte amado, hacia la lluvia y las nubes grises algunas tardes. Tú insistías en que ya eras mayor y podías dormir en la playa. Yo te preguntaba, ¿solo? y tú me dijiste que no, que juntos. Esa tarde dudé y pensé que podría ser una buena idea.
- ¿Por qué no Avena? Vale, quedémonos hoy en la playa, no hace frío y podemos cubrirnos con las toallas.
- ¡Bien!- respondías con tu sonrisa de línea paralela a tus ojos rasgasdos, mientras saltabas haciendo tus tonterías que siempre me hacen reír.
Te sentís feliz por mi respuesta, para ti solo existía el momento, aún no podías entender qué era crecer, como yo aún me esforzaba en entender que el tiempo pasaba, implacable y que por mis días habían quedado pedazos de vida deshilachados, desmadejados en el sendero.
Habíamos estado haciendo castillos en la arena y aquel día, que nos quedamos a dormir, habíamos construido juntos una ciudad, la ciudad de castillos.
Habíamos llevado las palas y el cubo y habíamos estado recogiendo algas y conchas en la playa, había suficientes para decorarlo todo. Tú estabas emocionado y no querías parar. Empezó a oscurecerse y te dije que era la hora de descansar hasta el día siguiente.Tú seguías jugando y te dejé un poco más, mientras subía hacia la parte elevada de la playa a preparar las mantas para dormir.
Excepcionalmente aquella tarde se paró el mar y podíamos oír cada sonido del bosque. Yo te ayudaba a reconocer el canto en cada pájaro y el nombre de las flores en las rocas y tú te quedabas pensando antes de responder. Nos dormimos mecidos por el sonido de las olas.
En mis sueños te vi lejos, me asusté porque la marea subía deprisa y tú estabas abstraído mirando tus castillos. La noche silenciosa y el mar sereno habían dejado la playa intacta, los castillos seguían enteros, ni siquiera la brisa nocturna los había alterado. Yo sonreí y me acerqué a celebrarlo contigo, había amanecido y pronto volveríamos a casa. Dejé hirviendo el agua y tu fruta partida y caminé hacia donde estabas mientras te llamaba.
- Avena, Avena querido, ¡qué bien! no se han roto los castillos esta noche, es fantástico.
No te volviste. Yo sabía que me escuchabas. Sentía que algo ocurría y aceleré el paso. Al llegar te toqué el hombro y te giraste enfadado, me gritaste.
- Es tu culpa yaya, es tu culpa, yo no quería venir aquí, quiero llevarme los castillos a casa, quiero llevármelos.
Y lloraste de rabia y de impotencia y yo no sabía qué responderte, no podía llorar contigo, no tenía contestación. Me empujaste y saliste corriendo, la marea subía mientras corrías hacía el mar. Te seguí llamando, grité tu nombre que se escuchó junto al bramido de este océano. Entraste en el agua, una ola te revolcó y te asustaste. Me llamaste entonces, me levanté y corrí hacia ti, te cubrí con las toallas y te acurruqué. Llorabas, y me repetías que no querías dejar tus castillos en la playa.
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