sábado, 21 de julio de 2012

Golpearse


He comido almendras debajo de la almohada evocando a Kafka. Masticaba lentamente, insistiendo en el mismo lado interior de mi rostro, insistiendo hasta el límite de la hemorragia, prolongando la agonía como el orgasmo, alargando el momento definitivo de incidir en la carne y sentir como explota el líquido en un salto. Como un manantial que explota en mi boca y anega mi traquea y toda yo soy agua, agua caliente y enfangada que se aprieta en esas ramas de siempre que se me atraviesan desde el bosque. Bajan lentamente, adivinando deseos hediondos, sumisiones vacías que atajan el tubo vital y retienen el oxígeno. 
Cierro mi puño y cuento hasta tres...1...2...3...cuando era pequeña contaba al revés, por ese afán constante de jugar o por imitar los despegues de las naves espaciales...empujo la pared, frena mi ímpetu con dolor, se resquebraja y se desangra ante mi mirada indiferente. No quiere morir, ¿por qué?, me pregunto. Todos quieren sobrevivir, como los animales dicen. ¿Quién ha inventado el significado de las palabras? Es perverso.
Imagino una danza delicada por el filo de acero de las noches sin aire, cuando la respiración puja por ser y nadie da más. Subasta estéril de las vidas mutiladas.
No hay más. Recojo en mi rostro la memoria del muro, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Camino entonces, avergonzada, desnuda y sin brazos por una ciudad de escombros. De nuevo descalza, sorteando ciega los cristales oxidados. Sonrío perversa, retando a mis dedos, desafiándolos al miedo. Me olvido de mí.
Morder, apalear, desgajarse en un zumo ácido de ti misma donde se pudre la infancia. Estúpida supervivencia. 
Descalzo a los ángeles, arranco sus alas de pluma como pellizcos insomnes. Trago lentamente su zumo de bestia domesticada. Recorro su sexo inexistente y me lavo las manos rezumadas.

Miedo. Me trago las manzanas en orden vertical, las mantengo en un equilibrio mortal en mi eje, las encajo para que no pase el aire y me vuelvo a atacar, me espero en una esquina, pasando desapercibida, me espero a traición y me ataco por la espalda, esta vez me catapulto los muslos de seda y los rasgo en jirones de asfalto macilento. Desdibujo su forma y recoloco los colores, se tiñen de púrpura amordazada y revoco su fachada con los índices degollados. Recuerdo mi infancia mancillada y me envuelvo otra vez en las almendras ahora masticadas. No puedo tragar, por las manzanas. 

20-7-2012



No quiero pensar en el calendario, realmente me angustia la idea de irme, porque no quiero irme, porque me quiero quedar a vivir aquí, porque aquí, aunque no salga el sol, me sobra el espacio.
Hoy es la primera vez que he sentido una infinita alegría al ver el sol, aproximadamente han sido 15 minutos, suficiente para ser consciente. Es curioso, ha tenido más capacidad el sol para hacerme consciente que nada en estos días. Sí, porque no pienso apenas, I come just me. Incluso creo que pierdo cosas, me olvido de lo que me había propuesto y no consigo ajustar la lógica a este cerebro prestado. Tal vez sea por lo de los idiomas, verdaderamente creo que mezclar las lenguas es entrar en la dislexia, aunque siempre he pensado que yo la sufría, sin embargo solo me ha servido los primeros días para librarme de morir atropellada. Desde que hablé con la niña pelirroja he sufrido tres o cuatro momentos de infarto, me refiero al conductor, aunque tengo que decir que su cara era como si nada, yo, con mi look suicida que me colgué en los días bestias, me río de los pasos de cebra y de los night bus a pesar de que Blogopausas se desquicie en España.

Hoy me he topado con el río, estaba cubierto de bombillas y no se podía diferenciar el agua. Como las bombillas estaban encendidas toda el agua se ha electrocutado y las pequeñas olitas han convulsionado varias veces. Como me suele ocurrir, nadie ha visto nada, ni siquiera la niña de Pakistán, aunque ella solo, por un momento a entrecerrado sus ojos como si hubiese notado algo, pero luego ha vuelto a masticar su burrito y ha mirado por la ventana del autobús. Yo he tenido ganas de subirme al piso de arriba, como siempre, y saltar por la ventana y nadar volando como en mis sueños. Se me ha ocurrido que podría cruzar el río sin mirar a ningún lado por esta vez.

viernes, 20 de julio de 2012

19-7-12



A veces me pasa que al entrar en casa pierdo la cuenta. Hoy por ejemplo, mientras se hacía de noche no lograba contar cuántas personas había en mi casa. He probado con el dedo, pero me temblaba la mano y las citas se multiplicaban entre mis dedos ciegos. Debe ser por esta sensación de hambre que me entra cada noche un rato antes de irme a dormir. Siento ahora, por ejemplo, ganas de desayunar.


La soledad es un arma de doble filo, he entrado tímidamente a la cocina, por si alguien cabalgase a lomos de las vías del tren y no había zorros. He sopesado de nuevo la posibilidad de hacer equilibrismos sobre el filo cortante, como en los días de las agujas. He cerrado muy fuerte los ojos y he soñado que me mordía y que me agarraba hasta la sangre, he suplicado que me lamiese unas heridas desvanecidas, aunque se hicieran visibles. Aunque la sopa de la cena se llenase de dientes macilentos. He rogado su aullido inmaculado, he gemido hasta la afonía para que me pisase el alma con su garra sucia y su uña desgastada, la he llamado sin pausa, he perdido el hilo de mi respiración en una circunferencia de sabor a tiza, en esa espiral dulce de los días de la fiebre, cuando todo anunciaba lentamente el vómito negado que siempre se esparcía por la cama y me manchaba las piernas, como en la noche de tu orín, he perdido el rastro de tu pelo embarrado y el calor animal de tu vientre. 
Me eludo a mí misma en este mundo que me he inventado para apurar mis días en dos meses, para empezar de nuevo y no volver a casa. En este mundo donde he borrado con rabia, incluso tu amor. He apurado en excrementos todo lo cálido para no volver a recordar el sabor a hierro oxidado de tu aliento materno. El hálito de los días de invierno, de las tardes infinitas donde me evaporaba en palabras de hienas.

No pienso resurgir, he exiliado al ave Fénix porque ya no creo en sus plumas de fuego fatuo. He recordado el veneno de la soledad desterrada. He entrado en casa, y no había nadie. 
A veces una, puede girar la cerradura y, al poner un pie en casa, tambalearse apenas ante el acantilado del pasillo.

jueves, 19 de julio de 2012

18-7-2012

Torres de Babel
lujurias encontradas que secuestran amores olvidados
penumbras desgastadas en poéticas sin nombre.
¿Dónde estás?
Me invento tu idioma para soñar que me escuchas.
Desde la sala vacía
llega el goteo de los grifos oxidados.
Todo aquí oxida las estrellas,
luminarias desoladas.
Tabícate en los hombros de los ojos anónimos
para regalar a la amanecida,
tan solo palabras sueltas.
Reconoce que me escuchas
admite que mi palabra
acaricia tu oído sordo.

El pan recién horneado se ha quedado mudo
la leche de nuevo se agria en la nevera
y entre los dedos se te han colado margaritas ingenuas.
Revíveme, estoy cansada de soñar con parajes afirmados,
salid a la calle.
Nadie  hablará allí, vuestro idioma.

Dormid, dormid, malditos...

miércoles, 18 de julio de 2012

17-7-2012


Recorro calles de nuevo, esquinas que vi por primera vez a mi llegada. Cuando no sabía nada y ya me dejaba llevar por esta ciudad con sabor a galleta revenida. Cuando no reconocía nada, solo un poco por los días que vine, por las primeras veces, cuando no viví, cuando solo venía. London Fields es un espacio que reconozco poco a poco, pero que he pisado ya varias veces con mis deportivas. Allí hay un prado inmenso y hoy he sentido el frescor atlántico en mi rostro, el olor a hierba recién cortada, como dice blogopausas. Su nostalgia es mi mirada ingenua, una mirada que a veces no mira porque se envaga entre ensoñaciones y supervivencias.
Mis alumnos dicen que sus diarios son muy subjetivos. Como si eso importase. Mi diario es mi respiración en esta ciudad donde puedo respirar desde el primer día. Mi diario es mi agradecimiento a sus calles que me permiten posar las suelas de mis Doc Martens una y otra vez. Mi respiración pausada y mi mirada ondulada que puede pasarle desapercibida.
Hoy he querido fotografiar London Fields, el parque de los perros diferentes donde giro cada día, para que me duelan las piernas, porque necesito sentir los músculos clamándo adormecidos en su insomnio doloroso.

martes, 17 de julio de 2012

16-7-2012


Está amaneciendo, la verdad es que siempre he sido un desastre para esto de irme pronto a la cama. Recuerdo cada vez cuando mi padre se asomaba feliz por el hueco de mi puerta, creo que le fascinaba cuando comprobaba que a las cinco de la madrugada aún seguía escribiendo cartas. Voy a hacer una foto a este amanecer, para recordarlo como recuerdo aquel desde la pista, el de nuestro amado pueblo, ¿recuerdas petit?
He pasado todo el día danzando por las calles de Londres, en Wapping, he decidido subir al tejado del overground, nadie me ha mirado, porque aquí, claro, nadie te mira, no importa lo que hagas.
La verdad es que el motivo de este amanecer es que hoy quería retocar el blog. No sé si alguien lo leerá por segunda vez, tal vez ella lo haga, pero lo cierto es que lo retoco y a veces lo reviso por la mañana, sobre todo cuando me he quedado dormida escribiendo. Tal vez también, ese sea el motivo de que esta entrada sea la típica entrada de blog, donde el blogger habla literalmente de su día en este estilo literario entre coña y poesía. En cualquier caso, mi madre se alegrará de leer este sencillo relato de mi día.
El caso es que en Wapping he danzado sola sobre el tejado del tren y sin miedo a perder el equilibrio, eso sí, he tenido que agachar la cabeza para no golpearme con el túnel, aquí todos los túneles son muy bajos, tanto los de peatones como los del metro. He invitado a bailar a la niña pelirroja, pero tenía miedo de hacerse un esguince y no poder ir mañana a trabajar a Camdem.
Me he colgado del techo de una nave hidroeléctrica y se me han desprendido de los pies, chispas de iones electrificados, ha sido divertido, por eso me he guardado algunos en los bolsillos, porque sabía que podría estrenarlos esta noche larga.
He volado congelada por las calles aledañas a Trafalgar Square y me he puesto a cantar a gritos, como si fuese la protagonista urbana de un Chagall londinense que coloca a sus amantes sobre paradas oxidadas de autobús.
Pero me he quedado prendida en el ángulo de una de ellas, la del 38, y por eso, no he podido volver hoy a casa.

...the end.


Dame una noche para despertar detrás del tabique.