martes, 22 de septiembre de 2026

15/9

הַלְלוּיָהּ


Kinua, estabas junto al lago, en la orilla creo, me pareció sentir tu presencia, tu aliento o tu olor a cabello agrio, el latido, la respiración.

Era la tarde, un día distraído, todos habíamos estado dispersos, incluso Amaranto y tú que dormíais ausentes, silenciosos y calmamos, era uno de esos momentos raros de la vida que pasan sin querer. Hacía calor, tal vez por eso no nos sentíamos, concentrados en respirar y sentir la piel. Me acerqué al lago dispuesta a darme un baño, no se me ocurrió llamaros, como te decía era una tarde demasiado cálida y húmeda. Me dirigí hacia el embarcadero por el atajo de los enebros, vosotros nunca queríais ir por ahí porque decíais que pinchaba y yo me quería reír y al final siempre íbamos por la senda y Avena recogiendo piedras y hojas secas, no sé Kinua, algunas cosas de ese día no las recuerdo ya.

Salí del pequeño camino en un último salto, iba sola, creo. Avena se había quedado dormida con Amaranto en los brazos debajo del avellano, el bosque se sentía pesado, el ruido era denso apenas había brisa. Yo llegué sofocada, el ataque de enebros apenas tenía árboles, pero deseaba tanto darme un baño. Fue en ese momento cuando creo que te vi, estabas tumbada en la orilla, con tus diminutos pies entre las ondas que movía el agua, llevabas una linterna de papel en tu mano. Me quedé quieta, contemplando la sombra titilante de tu cabello en el suelo. Mirabas hacia el lago y después a la lamparita luminosa, otra vez al lago, en ese afán tuyo de reconocer lo que no habías visto antes, de mirarlo todo y dibujártelo por dentro.

Kinua de los ojos abiertos, ínfima semilla que brota. Me fijé en tu piel, se volvió verdosa, parecía que te creciera musgo por el cuerpo, sonreías y te agitabas graciosa bajo el sol. Unas pequeñas campanitas empezaron a cubrirte la cara blanca, margaritas, molinillos de viento que Avena soplaría por encima de tus ojos y reiría, porque es un niño, aunque ahora a tu lado se vea tan grande y de duros huesos. Tú te deleitabas con la lámpara, atardecía y la luz se volvía menos brillante, por un instante aprecié que el calor bajaba y respiraba profundo, con los ojos cerrados. Fue un segundo y cuando los abrí, escuché tus carcajadas, pero no estabas en la orilla, me asusté mucho y salí corriendo, te escuché de nuevo, arriba, en el aire, con tu lamparita, demasiado lejos de mi brazo, no pude alcanzarte, tú seguías riendo, movías la manita para ver la llama girar. Te llamé, pero encantada en tus fantasías no podías escucharme. Temí que en ese ascenso fueras tan alto que yo no pudiera ya reconocerte, como un punto en el infinito, como una pequeñísima estrella que oscila y alcé mi mano, me quedó prendida en el aire, de puntillas sobre la arena. Deseé que volvieras, que dejaras este juego que me inquietaba, apreté los ojos y estiré mi brazo, como si pudiera tocarte, como si creciera o me alargara y me meciera el viento.

Entonces algo rozó mi mano, tardé aún en mirar qué era, quería quedarme ahí, como ausente de tu proeza y te escuché. Tu llanto atravesó en curva tu caída en picado, abrí mis brazos y te recibí. Un suspiro me atravesó por dentro y nos miramos. Entre las dos pasó torpe un molinito de viento, era Avena que venía corriendo con Amaranto en los brazos, espera yaya, espera, que nos bañamos contigo.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Yalda

A veces se me vienen los recuerdos sin querer, como las mareas repentinas en el lago, como tus enfados ahora y no sé qué hacer con ellos, entonces siento cierta tristeza porque añoro nuestras risas ingenuas.

Me doy cuenta de que se va el verano y hoy no me apetece salir. He estado ordenando mis cosas, clasificando fotos y revisando cuadernos. Tú estabas jugando en el porche, ensimismado en ti, como en otro sitio. Cuando estás así, concentrado, prefiero no hablarte. Me doy cuenta de que has crecido y que es un día perfecto para alargarte los pantalones.

Siento cierta melancolía hoy. Aún me ocurre, y no sé por qué, esta sensación que me paraliza de pronto y me quedo sintiendo que el tiempo ha pasado, que ha pasado mi vida.





Me acordé de aquel solsticio de invierno en la brisa fresca que entró a través de la ventana y en el sonido de las hojas, es aún verano, pero el bosque se prepara para abrigarse del frío, para recibir al invierno. Eras más pequeño, aquel año fuimos a la casa de la montaña, para ti era un nuevo viaje y yo pensaba que tal vez haría demasiado frío. No sabía si la casa estaría preparada, si sería suficientemente confortable para ti, si tendrías miedo. Yo había ido sola muchas veces y me gustaba el silencio en la noche y mi soledad en los caminos de piedras, mirar el valle desde el final de la montaña y sentir el viento azotando mi rostro y empujándome violento.

El viaje se nos hizo un poco largo porque te cansabas y a cada rato me pedías que parásemos y preguntabas que cuanto quedaba. Por un momento dudé de si era una buena idea o si tal vez debíamos regresar. Te lo pregunté y me dijiste:

- Está bien, no quiero volver a casa, Yaya.

- De acuerdo Avena, sigamos, no queda ya mucho y si estás cansado puedo cargarte en mi espalda.

- Sí, sí, quiero, quiero, quiero… - y de pronto parecía que ya no estabas cansado y que no querías parar.

Pienso en ese momento, cuando las pequeñas cosas te entusiasmaban y nunca parabas de reír y me hacías a mí reír también.

Por fin llegamos, fue difícil encender el fuego, yo lo sabía, habíamos salido temprano y teníamos tiempo, pero tú me decías que tenías frío. Te senté en el poyete de la ventana porque entraba el sol y te cubrí con las mantas, te quedaste organizando las piedras que habías recogido en el camino y también algunas hojas que te habían parecido preciosas. Yo mientras, me peleaba con la chimenea, que estaba húmeda y sucia y pensaba que menos mal que habíamos salido temprano para tener tiempo de organizar el refugio y también poder salir juntos a recoger algo de madera de la leñera. Pensé como siempre que era un alivio encontrar todo listo, a pesar de que hoy tuve que organizar varias cosas.

Habíamos llegado temprano por la tarde, después vendrían nuestros amigos y en la noche celebraríamos este solsticio de tu infancia. Me acuerdo de que yo había preparado una pequeña representación para nosotros, era una noche cuando nos regalábamos pequeños espectáculos. Yo no había tenido mucho tiempo para prepararnos, pero sí tenía la idea, lo que íbamos a mostrar.

Oscurecía dentro del refugio, se abrió la puerta y allí estaban. Sabía que te quedarías callado, esta timidez que te acompaña calma, hasta que explota tu alma de jugar y ya no puedes parar y nos envuelves a todos en tus ganas y ya no podemos estar quietos.

El fuego ya estaba preparado y la noche era completa, cenamos y reímos con nuestras bromas hasta que llegó la medianoche, tú no querías dormirte, estabas impaciente por hacer nuestro pequeño teatro. Primero nuestro amigo hizo su función, recuerdo su capa roja subiendo las enormes escaleras, parecía un rey. Iba dejando pequeñas piedras en cada peldaño mientras contaba su historia. Tú lo mirabas desde tus ojos almendrados y brillantes y no decías nada, tu silencio se imponía entre nosotros y todos escuchábamos. Cuando terminó tú dijiste que querías que lo hiciese otra vez, pero nosotros te explicamos que en las noches de Yalda la magia viene para irse y que solo está permitido dibujarla. Así mientras nos tomamos un descanso y bebimos infusiones, tú te fuiste a dibujar.

Y llegó nuestro momento.

Evoqué vívidamente la magia del teatro, el telón, la expectación del público, la tensión y el miedo emocionante y lo vi en tus ojos infantes. Tu primera vez, como cada una de tus primeras veces de las que he sido testigo.

Representamos Los 3 ositos.

Tú hacías de ricitos de oro y yo el resto de los personajes. Me acuerdo de que entraba y salía cambiando mi voz y la máscara. Tu madre nos había dibujado las tres durante la semana, ella siempre ha pintado muy bien y nosotros las habíamos coloreado. Anoche me fui tarde a la cama terminando de colocar las gomas y preparando la música y nuestros disfraces. Fue divertido, tú te olvidabas del texto y yo de los nervios te lo decía con voz de oso. Nuestros amigos no paraban de reír y a nosotros nos entró también la risa, tú que siempre me contagias con tus grititos chillones y tus carcajadas de niño feliz.

La noche estaba espléndida y quisimos salir a ver la luna, el frío de la noche despejada nos cortaba la cara, pero tú no querías quedarte en el refugio, deseabas salir con nosotros a ver la gran luna en la noche oscura. Nos acomodamos en el suelo sobre la manta, no había humedad, el viento helado se llevaba el rocío y sonó el crujido de las hojas secas y los palitos en el suelo al sentarnos.

Los cuatro mirando a la luna, la noche despejada y silenciosa, como nosotros, celebrando la llegada del verano.

Una pequeña nube se acercó a la luna y se detuvo el viento, el cielo se cubrió poco a poco y comenzó a nevar.

A la mañana siguiente la montaña y el valle se veía cubierto por la nieve, blanco como la luna de ayer.