domingo, 11 de mayo de 2025

MDR

 


Hace tanto tiempo y no sé si en este móvil lo he usado.

Me pides que te escriba y te cuente, que recuerde desde el paso del tiempo, de los años. Estoy cansada de escribir, me duelen las manos y me falta la memoria. Ahora pinto, escucho los pájaros y respiro desde mi ventana. Hago fotos cada día, pasa así el otoño, la primavera, por mi ventana y mi casa, el segundo cuerpo.

Voy a prepararme un café, me ha desvelado tu mensaje urgente y tu dolor, querría estar más cerca, pero las distancias son así, como el tiempo que pasa y cuando nos encontramos, se ha marchado, y nos volvemos a perder en los días que se hacen meses…el tiempo, ¿te preocupa?

Pasará también para el dolor que a veces se hace sufrimiento y querrás que no pase; atascada en tu pena, durmiendo para calmarte.

Así me ocurrió a mí.

El desamor…

Es algo que no he vivido una sola vez.

Era tarde, pero cogió el móvil y comenzó a grabarle un audio sobre su historia de desamor para enviárselo después.

el gusto

Era de noche, aquel día subía la Gran Vía, ese fue el momento más amargo, el trayecto de vuelta, volver a la casa vaciada, a los huecos. Lo había dejado en su casa, Agustín se había mudado a la Plaza de España.

Sintió en la boca un sabor amargo, como a hierro, se le pegaba la lengua por dentro y le costaba respirar. Era ya muy tarde, todos los bares estaban cerrados, no era posible parar el coche o buscar algún comercio donde comprar agua. Continuó conduciendo porque qué otra cosa podía hacer. Llorar, lloraba amargamente, silenciosa, rígida. Llovía, se le acumulaba la saliva reseca en las comisuras de los labios, recordando el momento en que miró por la ventanilla del coche y lo vio irse y pensó, ya se ha ido, se va.

Seguía lloviendo cuando llegó a casa, mojada y pegajosa, tenía la cara sucia de la lluvia y las lágrimas habían dejado un recorrido negro por su rostro, se le había corrido el maquillaje de los ojos, una línea negra que siempre se pintaba. Se fue al baño, se desnudó, no se miró al espejo, abrió el grifo de la ducha y se metió dentro. Reclinó su cabeza, abrió la boca, no le importó si tragaba el agua caliente, se quito la saliva pegada en el borde de los labios y continuó llorando. El agua le limpiaba las lágrimas y la suciedad de la lluvia y del lápiz de ojos.

Empezó a llorar debajo de la ducha porque según Montserrat, su psicóloga no deja huella, me lo soltó un día en la puerta de la consulta, cuando nos estábamos ya despidiendo y me dejó confundida, como si hubiese sido una amiga que me lo dijera, no quise darle más vueltas.

Y así era, se levantaba por la mañana para trabajar y se duchaba, salía con amigos, con su familia y se duchaba. Se duchaba siempre antes de salir de casa. A veces también al volver a casa o antes de comer. Algunos días se duchaba varias veces sin darse cuenta. Dejó de pintarse la raya de los ojos y dejó también que pasaran los días.

la vista

Se conocieron en 1977. Él era de El Escorial, de una familia bien. Ella venía de Granada, de Graná, como decían en su tierra. De Madrid le gustaba todo, solo le irritaba el laísmo, no podía comprender cómo no era evidente en esta ciudad el mal uso de este pronombre. Agustín también era laísta, aunque ella terminó por corregirlo, probablemente ahora ya no sea consciente, ya no se corrija.

Los dos militaban en el Partido Comunista. Eran los días de la Transición y aunque aún había miedo, había esperanza. A ella la detuvieron en una concentración de protesta por el asesinato de los abogados de Atocha. Estaban en Antón Martín, ella llevaba apenas un mes en Madrid. La habían ofrecido un puesto de trabajo en un periódico. Pensó que era una oportunidad para cambiar de aires y se marchó de su tierra, del Sur. Madrid le interesó desde el principio. Era divertida, bulliciosa y siempre los domingos había algo que hacer, aunque casi siempre se quedaba en su casa, leyendo o escribiendo. 

Aquella tarde llovía. Silencio, dolor y también mucha tensión. Aún había miedo. 

Había quedado allí con una compañera del trabajo, pero no llegaba. Pasaba el tiempo, seguía sola y dudaba si marcharse, pero el dolor la agarró, y se quedó. Como siempre la policía llegó sin avisar, por sorpresa, corriendo por diferentes callejuelas aledañas a la plaza, acorralándolos. Aquella noche hubo más violencia, más caos, más ilegalidad. 

Eran los últimos estertores de una etapa de oscuridad y como siempre, en los finales pasa así, el miedo a terminar, el desespero, la falta de precaución y entonces el desastre, el naufragio. Arrasar mejor que conservar, la destrucción, porque sí, porque yo ya no veo, ya no quiero, ya no escucho. Romper lo que se pierde y matar, torturar. Aquella noche hubo muchas detenciones.

Cuando vio que la policía comenzaba a cargar salió corriendo, pero aún no conocía Madrid. Se metió literalmente en la boca del lobo, pensó que era la mejor salida, la vio vacía y corrió. Allí estaba la policía, esperando a las víctimas de los hijos de la guerra y de la cárcel. 

Venía de una familia respetada en su pueblo, su madre fue maestra y su padre un hombre de negocios. Todos los hijos habían ido a la universidad y todos, aunque no lo reconocían, tenían aún la inocencia del campo, la ignorancia del mundo de la represión en las calles y el miedo a ser fichado por la policía, los calabozos y la humillación. 

La agarraron de los brazos y la metieron en el furgón con otros jóvenes, en aquellos días todos éramos jóvenes. Sudaba y se le empañaban los ojos. Alguien en el furgón de policía le preguntó si estába bien, ¿estás bien? lo siento, ¿dónde nos llevan? mañana tengo que ir a trabajar. Alguien agachó la cabeza. El suelo del furgón estaba mojado. Ya no se distinguían las huellas de los zapatos empapadas de charcos.

Silencio.

Fue una noche larga. Cuando su familia supo que estaba detenida, su padre llamó al mando del Cuartel de la Guardia Civil de su pueblo. Eran amigos de la infancia, aunque ya no tenían nada que ver. Se despreciaban mutuamente y también se debían favores.

A la mañana siguiente salió. Estaba sucia, pejagosa, sudada. Tenía sed. La luz del sol le cegó, no llevaba las Ray-Ban porque cuando había salido de casa el día anterior era de noche. Parecía que habían pasado días, ahí dentro se pierde la noción del tiempo. Volvió a su casa andando, solo quería ducharse y dormir. Llamó al periódico y dijo que se encontraba mal, que no había podido dormir esa noche, que tenía fiebre. Pensó que podía perder el trabajo, que la policía podía regresar. 

Miedo.

A la mañana siguiente le dolía todo el cuerpo, pero había descansado. Miró el reloj y vio que era tarde, salió deprisa, sin pensar mucho, cogió el metro en Alfonso X y llegó al periódico. Entró sin mirar a nadie, saludó, se sentó en su mesa y empezó a escribir. Tenía varios encargos, el más urgente era sobre el regreso del Apollo 13 a la tierra con todos sus tripulantes a salvo. Nada acerca de las detenciones ilegales, pero claro, ¿qué es ilegal cuando las leyes justifican las violaciones de los Derechos Humanos?

Miró a través de la ventana y el sol le volvió a cegar, los cristales del edificio estaban recién limpiados, como pulidos. La luz se colaba a través de ellos como alfileres, se clavaban en sus pupilas y la cegaban de nuevo. Quiso llorar y se mordió los labios. Sabía que nada de lo que hiciera en los próximos días debía llamar la atención. Pasar desapercibida, y ya está.

Pero bueno, no estoy ordenando nada, mira qué horas son y encima estoy fumando.

el tacto

Por fin terminó su jornada laboral. Seguía alienada. Solo pensaba en llegar a casa y ducharse. Fue hacia la parada del autobús y lo vio. Se reconocieron sin importancia, creían conocerse ya, pero no estaban seguros. En realidad solo se habían visto una vez. De pronto recordó, sí, ayer en la concentración, cuando se escucharon los primeros disparos. Lo había visto correr calle abajo. Se había fijado en él como a veces cuando algo pasa cerca y nos llama la atención, sin que tenga importancia. Después te lo encuentras en la calle y piensas que un rostro te resulta conocido e intentas recordar y a veces lo reconoces, aunque no lo conozcas. Siempre es mejor por la calle amplia y cuesta menos. Bajé corriendo por Atocha, en la rotonda había más furgones, pero me detuve unos metros antes, me sequé el sudor de la cara disimuladamente y respiré hondo, preparado para pasar el cordón. Soy arquitecto, ¿y tú? Llevo viviendo en Madrid tres años, conozco un poco la zona y también cómo funciona la policía.

Charlaron un rato hasta que llegó su autobús. Cuando se despidieron, el contacto frío de su mano sudada la excitó. Al subir sintió sus bragas húmedas, no podía pensar, conocía el camino de vuelta. Cuando llegó a casa se masturbó.

el oído

Sonó el teléfono y se sobresaltó. Corrió a su habitación y abrió el armario, solo pensaba en huir, en hacer rápidamente la maleta y marcharse a su pueblo, al mar. Seguían llamando, le sudaban las manos. Decidió coger el teléfono. Era Agustín, le proponía ir al cine aquella noche, ponían en la Filmoteca Bienvenido Mr Marshal.

el olfato

Y comenzó todo, la historia de amor, la boda, la vida en común, nunca olvidé como olía, aún ahora puedo escucharlo, aún lo veo y lo reconozco.

Y también llegó la ruptura y el desastre. 

Fue antes del puente de mayo. Su tren salía a las 11.35 desde la estación de Atocha. Se había levantado muy temprano. Últimamente era así, madrugaba y disfrutaba de esa sensación de estar activa mientras el edificio dormía. Se preparaba un café y sentaba en la cocina con un libro o el periódico del día anterior si aún no lo había leído. Se fumaba el primer cigarrillo.

Cerró la puerta de la habitación para no despertarlo. En el vestidor comenzó a preparar la maleta, lo siento, ¿te he despertado?, no, no, no podía dormir. Llevaba unos días inquieto, distante, se acostaba tarde y lo escuchaba moviéndose por la casa y se dormía. Se sentía segura sabiendo que él estaba en la casa, que no estaba sola. El ruido de su cuerpo moviéndose le adormecía y ya no lo escuchaba más. 

Le pregunté si estaba bien y me dijo que se sentía atraído por una mujer.

Mar se sostuvo por dentro y trató de aparentar seguridad y fuerza. La boca se le quedó pegada y sintió frío. No quería moverse, por si se desmoronaba. Entonces empezó a bombardearle con preguntas, fría, seria, sin lágrimas. 

Cuando el tren empezó a moverse, miraba por la ventana y lloró. 

Al llegar a Granada, en la estación, vi a mi sobrino y a mi hermana que me esperaban. Ahí sentí la primera ausencia.

Desde lejos alzaban la mano para llamarla, fue hacia ellos y los abrazó, me voy a divorciar. Nada más llegar a la casa de su hermana llamó a un amigo especializado en divorcios para que le mandase los papeles. Actuaba eficaz, segura de lo que hacía, pero sin pensar. 


De vuelta en Atocha cogió un taxi, se sentía agotada, era de noche y solo deseaba llegar a la casa y acostarse. Hacía un calor asfixiante, era su primer verano después de la ruptura. 

Al entrar en la casa vio la luz encendida. Estaba allí. Se sorprendió a sí misma porque hasta meter la llave en la cerradura no había sido consciente de que estaría. Todavía vivían juntos. Así estuvieron un tiempo en el que aún se sentían atraídos. Tenían sexo cuando se encontraban por el pasillo, en la cama dormidos cuando se rozaban, en el ascensor o mientras ella se duchaba y él entraba al baño sin llamar a la puerta. 

Querida, tú crees que así la recuperarás, que te desea, que volverá a amarte como al principio. Sonríe y continúa con el aúdio.

Le molestaba que esto continuara, le enfadaba. Entonces se sentó a hablar con él y le dijo que se tenía que ir.

Viví un luto importante en el sentido de que no me apetecía mucho salir con nadie. Quería estar sola, me sentía a salvo en el silencio de la casa donde ya no se escuchaba el sonido de su cuerpo al moverse.

En aquellos días estaba activa, procuraba cada día que no le quedara un solo hueco de alivio, de descanso, de parar. Formaba parte del comité de empresa. Eran ya los días de la democracia y la Transición era lo más parecido a la libertad.

Salía a menudo a preparar las reuniones del comité, participaban también en las asambleas y casi siempre volvía a casa, todavía sola, a las tantas. Sin embargo le daba pavor ir a la Filmoteca y encontrárselo.

Se dio cuenta de que atraía otra vez a los hombres, a algunas mujeres. 

La primera vez que tuvo sexo con alguien fue extraño, fugaz, olvidadizo. Le sorprendió no haber pensado en él mientras estaba en la cama con otro cuerpo. Y así fue desapareciendo de su recuerdo permanente. Sin embargo, aún le creaba cierta ansiedad cuando escuchaba el ascensor pararse en el cuarto porque aún estaba la sensación de que pudiera volver. Se preguntaba cuánto tardaría en olvidarlo sin darse cuenta de que progresivamente se iba viendo sola. Pasó del plural a la primera persona y un día, ya no sintió angustia al despertarse y ver un lado de la cama vacío.

Estoy tratando de evocar, claro han pasado ya tantos, tantos años que lógicamente no lo puedo ver con el dolor que tú ahora tienes.

Empezaron a quedar para comer juntos una vez a la semana y fue entonces cuando más hablaron, de cosas que sobre todo él no había dicho hasta entonces, lloraron también. Le dijo que no solo sufría quien era abandonado, que también sufría la persona que abandonaba, que había momentos en los que él todavía se equivocaba de nombre. 

Ella poco a poco fue capaz de escucharlo y dejó de sentir rabia mientras seguía olvidando.

Y así transcurrió el tiempo y conoció a Manuel y volvió a vivir en pareja y también se acabó y después tuvo otras parejas que también se acabaron.

El desamor volvía a su vida una y otra vez, pero ahora era diferente. Tal vez porque aquello no eran proyectos de vida o porque había perdido la inocencia de creer que las historias de amor podían ser para siempre.

Tenía también más años.

En cualquier caso comprobaba otra vez que siempre era el mismo viaje hacia la tristeza y el desamparo y reconocía las antiguas sensaciones del vacío y el dolor. 

Con el tiempo se fue volviendo más solitaria, más dura. Mientras su vida cambiaba, porque es inevitable, tu vida cambia.

Las rupturas siempre te desorientan, no te voy a mentir. Sin embargo la mayor desolación de mi vida ha sido la muerte de mi madre. Y es que el desamor es un poco como la muerte, pero menos y el luto, que te va llevando a la realidad y la vida otra vez.

Levantó el dedo del teléfono y dejó de hablar. Estaba ya amaneciendo. Apenas quedaba ya agua en su vaso y vio que el cenicero estaba lleno de colillas, he fumado demasiado. 

Sentía un poco de dolor.

Sonó el teléfono, era la mujer de Agustín.

- Mar, Agustín ha muerto. Se ha ido esta noche sin dolor. Le inyectaron la morfina hacia las doce de la noche. Cuando entendí que era el final te llamé. Supongo que dormías porque no me cogiste el teléfono. Estoy tranquila y él también, fue como cuando se quedaba dormido en los últimos días del hospital y le acercaba mis dedos para comprobar que respiraba, aunque estaba sereno. 

Hoy por la mañana lo llevan al tanatorio de la M-30, el que está junto a la mezquita.

Dejó el móvil en la mesa y se fue hacia la ventana, la abrío y dejó que pasara el viento del amanecer. Se escuchaban los pájaros, olía a campo mojado y el sol la cegó. Cerró los ojos y lo vio corriendo calle abajo y reconoció su olor en el aire.

Aquel día no se acostó.






sábado, 3 de mayo de 2025

¿Y aquí, cuántos años tendré?


Me he quedado dormida. No me daba cuenta de que aún jugabas entre las flores soñando con ser mayor.

Lo último que recuerdo es que cortabas margaritas para tu madre, pequeñas margaritas silvestres y que me las dabas. 

Como cada vez que me quedo dormida, tú, que estabas hablando, contándome una de tus historias, te das cuenta de que me he dormido. Siempre es igual. Tú te vuelves y yo ya no te escucho. Me miras y te vuelves. Yo nunca sé si sonríes o te contraría que me haya vuelto a dormir. Nunca lo sé, porque ya estoy dormida. 

Esta es la prueba de tu presencia, eres en el otro lado, cuando te quedas solo y me das la espalda y yo te la guardo dormida Avena querido. Porque sabes que siempre jugamos en los lugares tranquilos, porque sabes que estamos a salvo, que nadie vendrá a molestarnos. Tú y yo Avena niño, nosotros solos entre las flores y las abejas.

Yo pensaba que no quería que crecieras, quería en ese momento que te quedaras así para siempre, pero no podía decírtelo Avena. A los niños no podemos decirles que no se hagan mayores, que no crezcan, que esperen a que nosotros nos detengamos o nos durmamos o nos vayamos.

Yo lo pienso Avena, y me callo.

Me has despertado, te has subido en una roca y me preguntas.

- ¿Cuándo sea así cuántos años tendré?

Abro los ojos perezosa, el zumbido de las abejas me ha vuelto a adormecer. Me preguntas otra vez, me llamas, vienes y me zarandeas, me susurras al oído.

- Yaya, yaya, despierta. ¿Cuándo llegue aquí cuántos años tendré?

Te miro con los ojos aún empañados y pienso que tienes ya 10 años, que has crecido y que el tiempo se ha vuelto a olvidar de recordarme que pasaba. De nuevo no se ha detenido, otra vez. 

Me sobresalto y me siento entre las flores. Tú te enfadas y me dices que he aplastado las margaritas, las que habías recogido para tu madre, que me habías dicho que al llegar a casa las ibas a poner en un vaso pequeño, en agua, como hice yo la última vez. Yo no tengo tiempo de disculparme.

Hacemos el camino de vuelta a casa en silencio, tú enfadado y yo, como adormecida, ausente. Son ya varios días que estamos solos, que tu madre no ha llegado. 

Los días nos han traído este silencio que me da sueño y que a ti te lleva por el prado sin pensar en mí. Sabes que estoy y duermo y que por alguna razón cierro los ojos. 

Volvemos a casa, te subes en cada tapia y me preguntas, en el tronco de los árboles, no pisas las flores, tampoco las cortas. Persistes en tu afán de crecer y concretar el tiempo en tu cabeza. Yo me digo que qué te importará el tiempo, me enfado, sigo caminando sin hacerte caso, mirando al suelo, fijándome en las briznas de hierba que ayer, cuando pasábamos, eran brotes y que aunque las habíamos pisado, se han vuelto a ergir. 

Me preguntas interminablemente que cómo serás cuando llegues ahí, que cuántos años tendrás y subes cada vez más alto, más arriba, hasta que ya no sé qué decirte, hasta que apenas te veo Avena. 

Allí lejos, desde la colina me saludas pequeño y sonriente. Puedo ver tus ojos reflejando la hierba, en tus manos se proyectan las sombras de las flores. Tu voz resuena en el valle y te ríes. 

Llego a casa y me doy cuenta de que nos hemos dejado la puerta abierta. Entro.

Te dejo saltando solo, subes y bajas pregúntandome desde lo alto, yo te veo mientras abro la puerta y te respondo con números, hasta que ya no tiene sentido y no puedo decirte más. Me vuelvo y entro en la casa, dejo la puerta abierta por si me duermo otra vez. 

De pronto escucho tus pasos saltarines, tu sonrisa de Avena. Has venido corriendo a casa, tienes hambre. Me preguntas otra vez subido en el banco, de espaldas al valle, que dónde nos sentaremos para ver crecer las flores, me miras fijamente a los ojos y me preguntas, ¿y aquí? ¿aquí cuántos años tendré?

Ahí doce querido Avena, doce sí.

- ¿Tienes hambre? 

Me respondes que sí, que ya me lo has dicho y vienes corriendo a cogerme de la mano. 

Has vuelto excitado de tanta primavera. 

Entramos en casa y me cuentas interminablemente todas las cosas que has visto.

- Vamos Avena pequeño. La cena está preparada y tienes sueño.

Entras por fin, cierro la puerta y te miro quieta, vas corriendo hacia la mesa. Pienso que te subirás en la silla y me volverás a preguntar que ahí cuántos años tendrás, yo ya estoy preparada y he adivinado el número, pero esta vez ya no me has preguntado. Bostezas. Ya estás sentado a la mesa. 

- Venga, date prisa yaya, tengo hambre.

Yo te sonrío y voy, me siento a tu lado y empezamos a cenar.

jueves, 23 de enero de 2025


Eres AvEnA y te llamo, el último sonido de mi voz que acaba en tu nombre. Percibo mis labios cerrándose en caída, entrecierro los ojos e imagino que puedo llamarte en el tiempo, que puedo encontrarte, también.

- AvEnA, ven, mira, oye, toma...

Imagino que podría jugar a encontrarte, cada atardecer, recogiendo semillas, cantando nuestras canciones, soñando que volvemos a encontrarnos, abandonar nuestras huellas en la arena de la playa, otoños, otoños otra vez. 

Me he quedado callada. Tú me miras y pronuncias mi nombre, nana, y también tus labios se dejan caer en picado, cerrando en grito el modo en que me nombras. 

tÚ, tú, Tú, AvEnA

Te recuerdo, te invento para imaginarte más, para imaginarte dos veces, tres, infinitas. Para soñar contigo y sentirte en todo. 


Hoy he bajado sola a pasear, estabas dormido y cuando he ido a despertarte para bajar al lago a pescar, he visto la luz de plato en el cielo que siempre te hace gracia. A mí me marea un poco, pero nunca te digo nada para no quitarte la ilusión. La luz de Levante, la de algunos sures, la del norte remoto en verano, plata, blanca, pastel.

No he encontrado las gafas de sol, así que me he puesto mi sombrero y he salido. 

Tú, Avena pequeño que cambias. Te reconozco en el paisaje porque siempre hueles a campo, a semillas, a leche templada. 

Pienso en ti y te veo entre el reflejo que pule este sol extraño hoy. 

Pienso en lo que eres, en lo que serás, no, nunca pienso en quién serás. Estás conmigo, puedo acunarte y besarte y buscarte. 

Te encuentro en mi recuerdo, en las horas respiradas, en los momentos desgastados, en los días y en los días, días, tÚ, AvEna.

Ayer saliste del colegio con una tarjeta que hablaba de ti, de tu dulzura de avena remojada en leche, hablaba de tu sonrisa, de tu carcajada ancha que parte la tarde, generosa, generoso. Venías pensativo y no sabías muy bien qué preguntarme, te quedabas callado y en silencio, mirabas a todos y te despedías, hasta mañana, hasta mañana. 

Se escuchaba el viento y el sonido de algunas hojas cayendo, creo que va a llover Avena. 

No me escuchas, estás ensimismado, el campo esta tarde se te ha quedado pequeño y no quieres correr, te parece que no vas a caber entre los arbustos, yo he decidido no decirte nada. Callamos camino a casa.

Te has entretenido escondiéndote entre las ramas y las flores, te llamo y tú vienes, sin preguntar por qué.



domingo, 12 de enero de 2025

Otoños

Ha vuelto a ser otoño Avena, yo no recuerdo cuándo nos ha pasado. Estábamos en el campo jugando a ver quien de los dos veía más hojas caer. 

Yo, como siempre soy la más distraída, no me daba cuenta de que tú ya habías visto muchas más que yo. Entonces me tiraste del ala ancha de mi sombrero y yo me sobresalté, porque creí que era un pájaro distraído que se había chocado contra nosotros. 

Tú sonreíste y me enseñaste todas las hojas que habías visto caer. Las habías recogido del suelo con tus pequeñas manos y las habías traído a donde estábamos los dos.

Yo te miraba con los ojos planos, no entendía muy bien cómo habías podido estar tan atento, con tus ojos siempre abiertos desde dentro para entender las cosas.

- ¿Por qué vuelve el otoño, nana?

Yo no sabía qué decirte, no podía dejar de pensar en el pájaro, en las hojas.

- ¿Por qué vuelve, nana?

- ¿Por qué vuelve el qué, Avena?

- ¿Por qué vuelve el otoño?

- El otoño, el otoño siempre vuelve, viene para que se vaya el verano, para eso viene Avena.

- Entonces nana, cuando se va el verano, ¿dónde va?

Te cojo de la mano porque nos marchamos, tú quieres que nos llevemos a casa todas las hojas que has recogido. Como nos hemos olvidado de nuestro saco, tenemos que llevarlas en los brazos. A ti se te van cayendo al suelo y cada vez, te agachas a recogerlas. Todas son importantes y tú no quieres dejar ninguna en el camino. Has visto cada una de ellas desprenderse y caer en diferentes vuelos, dices que me tirabas del ala del sombrero para enseñármelas, pero que yo estaba distraída, que me imaginaba que los pájaros bajaban a comer a mi sombrero. Me dices que te has enfadado, porque no miraba como caían tus hojas.

Tiro con suavidad de tu brazo y tú me sigues, caminamos al mismo ritmo, de la mano, yo un poco más adelante. 

Tú hablas de tus cosas sabiendo que te escucho, yo miro al campo, hoy está muy bonito. Me olvido de las hojas que hemos cogido y se me escurren sin darme cuenta. Tú, como estás hablando, no lo ves.

Al llegar a casa, pienso que siempre volvemos con todo lo que hemos encontrado y también con lo que habíamos salido a buscar. 

Extiendo nuestra manta de lana en el suelo y tú vas colocando encima, una a una, las hojas. 

A mí me parece como si ahora, fuera otoño en nuestra casa.





jueves, 9 de enero de 2025

NCZ

 

  


Estaba sacando la tarjeta de crédito para pagar la cena, cuando sonó el teléfono. Era un mensaje de mamá. No tuvo tiempo de abrirlo. Sara volvía ya del cuarto de baño. Carol hizo una seña al camarero para que le trajera la cuenta.

Pagó y mientras Sara se ponía el abrigo ya de pie, abrió el móvil y leyó el whatsapp. Era su madre, no había venido a la presentación del libro, tampoco había avisado, no le sorprendía. Solía hacerlo, no era la primera vez que faltaba en momentos importantes de su vida. A veces por papá, ya sabes dear, en otras ocasiones eran sus jaquecas o tenía un compromiso, darling, siempre te digo que me avises con tiempo.

Querida Carol, me gustaría decirte o escribirte algo muy bonito y profundo, pero no encuentro la forma, ni el tono, ni nada de nada. Estoy últimamente un poco cansada, con palpitaciones y cosillas variadas, nada grave, que me llevan a buscar el bienestar y la paz antes que el amor y la poesía. Te he escuchado y me gusta saber de ti. Tú sigue creando y creando la vida. 

Un gran beso,

Mum

- Carol, Carolina, ¿qué pasa bebé? Estás llorando. ¿Pasa algo?

Carolina levantó la cabeza y miró a esta mujer, a la que apenas reconocía. Quería llorar profundamente, sentía que había perdido demasiadas cosas a lo largo de su vida, deseaba olvidar cada ausencia, se sintió otra vez paralizada.

- Carol, Carol amor, ¿estás bien?, Carol.

Carol la oía desde lejos, como un sueño corto, breve o callado. Volvió a sentir que se le paraba el tiempo, la misma sensación de los días previos a la presentación del libro. El editor le recomendó una terapeuta muy buena, Carol, no seas terca, tómatelo como un masaje, corazón.

Sí, gracias.-  le respondía distraída mientras desembalaba los libros de las cajas. Sí, sí, lo guardo y llamo mañana, seguro que un terapeuta me va a venir bien, gracias Mariano.

Sara la sacudió por el hombro. 

- Cariño...

Carol la miró a los ojos, reconoció la media sonrisa que había amado y sonrió. Sara la cubrió con la chaqueta y la impulsó suavemente por el brazo, invitándola a salir de allí.

- Venga bebé, arriba. Nos vamos. He pedido un Bolt. Nos vamos a mi casa. Tenemos muchas cosas que contarnos

Cuando se despertó se sentía densa, acorchada. No recordaba muy bien por qué estaba allí. Sara apareció por el pasillo y se acercó al sofá donde estaba Carol.

- Cielo, ¿cómo estás? Llevas ya un rato dormida.- sonrió dulcemente.

- Me das un vaso de agua por favor y también el móvil...- dudó antes de seguir hablando, sonrió.

- Sara, soy Sara cielo. No pasa nada bebé, descansa. Toma, bebe. No te preocupes por nada. Descansa. ¿Tienes algo qué hacer esta noche?

- No, no sé. Creo que íbamos a ir a cenar con el equipo directivo. Al restaurante Edeweils creo. Acércame el móvil por favor.

Sara le acercó el móvil. Se detuvo en sus ojos vidriosos, recordó cuando pasaban las tardes juntos, en el piso compartido de la calle Relatores. Cuando aún escribía. Al empezar la transición abandonó la escritura. Siempre se decía que era normal, estoy muy centrada en mi proceso, no puedo pensar en otra cosa

Por aquellos días su actividad literaria había ido dando fruto, tenía ya editor y estaba proyectando con la editorial la publicación de su primer libro de prosa poética. 

Carol dejó el teléfono en la mesita y se cubrió con la manta que tenía encima. Sonrió a Sara.

- Ven, siéntate a mi lado. 

Se cubrieron con la manta.

- Sara, ¿dejaste la editorial? Justo cuando estabas a punto de publicar tu primera obra. La que tanto amabas, que tanto compartimos y que yo te corregía. 

- No pasa nada, no tienes por qué entender, no hay respuestas. A veces simplemente pasa.

- No Sara, no pasa, la vida te ha dado una oportunidad. ¿Has seguido escribiendo?

Sara guardó silencio, temía que Carol le pidiera que le enseñase sus escritos. 

- Sí, he seguido Carol, claro que he seguido escribiendo.

Y se detuvo en seco, hubo un silencio tenso. Sara respiró, miró a Carol y continúo hablando

- No, no, claro que no. No sé qué escribir. Se me agotaron las ideas. Dime, ¿de qué podría escribir? Es así Carol, las ideas, a veces, son parte de un tiempo en tu vida. Las necesitas para expresarte, para transformar lo que te ahogaría si no pudieras escribirlo. 

- Pero los dos creíamos que éramos escrítores...

Se miraron a los ojos. Sara se levantó bruscamente y se dirigió hacia la cocina, aún llevaba en la mano el vaso de agua. Lo puso mecánicamente en el borde de la encimera de la cocina del loft, se resbaló y cayó al suelo salpicándola entera. Vió que tenía algunas gotas de sangre en los tobillos. Esto es ridículo. No sé qué hago aquí con ella, el tiempo mancha los huecos que no has vivido. De pronto te encuentras con tu pasado y crees que nunca se había ido. 

 - Cuando recibí la invitación para tu evento me sentí tan feliz por ti, feliz también por tener la oportunidad de vernos de nuevo, de poder verte y que me vieras, de contarte quién soy, de abrazarte, de darte la enhorabuena por tus éxitos. Celebrar contigo Carol. 

Sara bajó la cabeza, miraba la línea fina que separaba las losetas del suelo, no quería llorar. Le parecía injusto que después de tantos años, se repitiera de nuevo la misma conversación, el mismo empeño. Se sentía tan frustrada por no haber tenido la oportunidad de hablar de sí misma. No la veía.

Carol se retiró la manta y se levantó. Sara la miró con tristeza y fue hacia la habitación para traerle su abrigo y el bolso.

- ¿Dónde vas?- preguntó Carol sobresaltada- Sara, no me voy.

Sara se volvió, ahora tenía los ojos húmedos. Volvió al sofá y se sentó junto a Carol, se cubrieron con la manta y se abrazaron. 

- Carol, has sido mi gran amor. 

- ¿Eres feliz Sara?

- Ahora sí.

domingo, 8 de diciembre de 2024

CFDLT


La sala estaba abarrotada de gente. No es que Carolina fuera una escritora consolidada, ni siquiera era conocida en el mundo editorial. De hecho, este era su primer libro y hoy lo presentaba en el Círculo de Bellas Artes.

Su padre la había animado a esta aventura. Sabía que escribía bien y que tenía material suficiente para una obra de autoayuda acerca del desamor.

Carolina estuvo siempre convencida de que es posible olvidar, dejar de amar, de que los sentimientos que nos ligaron a la persona que quisimos cambian a lo largo del desamor. Al menos esa había sido su experiencia. Sin embargo, le había costado mucho encontrar un hilo conductor al desarrollar su teoría, construir un recorrido sólido por donde desamar.

Le gustaba organizar eventos y este era especial, era la presentación de su obra. Estaba un poco nerviosa. No le gustaban las situaciones difíciles, sin embargo, no sabía muy bien por qué, en esta ocasión había querido invitar a participar a sus exes. Se le ocurrió sentada en su estudio, al escribir la dedicatoria. Mientras redactaba la nota pensaba en su vida, en quiénes habían pasado por ella. No era melancólica. Pensó en cada uno de los hombres que había amado y dudó, por un instante, quiénes ocupaban ese lugar de su vida. Se preguntó por qué algunos no formaban parte de ese grupo.

Sostuvo su recuerdo, el color de sus ojos y las últimas palabras que se dijeron y que había anotado en una vieja libreta aún guardaba en un cajón de su estudio.

Había enviado un mail a cada uno de ellos hacía unas semanas. Al clicar en enviar, sintió pánico y alivio al mismo tiempo. Ya es inevitable. A cada uno le había pedido que viniera a la presentación del libro y trajera una pregunta. Les explicaba que no buscaba nada formal, ni siquiera era necesario que lo hubiesen leído. No les había enviado tampoco un ejemplar por cortesía.

Siempre le gustaba tener todo controlado. Sin embargo, esta vez sabía que se le escapa la situación.

En la editorial le habían insistido en que la idea de hacer una presentación original podía echar por tierra la difusión y por consiguiente la venta, que una presentación formal era suficiente, que lo importante son los contactos Carolina, no necesitamos experimentos, tan solo dar a conocer tu libro, ni siquiera eso, es solo algo rutinario, ¿entiendes?

Pero por algún motivo que desconocía, necesitaba hacerlo.

La editorial llegó a plantearse incluso cancelar el evento poniendo cualquier excusa, pero no era sencillo. Estaba ya todo organizado, las invitaciones habían sido enviadas y estamos a dos días de la presentación Carolina. En la editorial no estaban seguros de cómo podría encajar esto con el marketing realizado. 

En la sala aún seguía entrando gente, el murmullo iba subiendo por momentos.

Desde el estradillo, de pie, sujetándose desde la delgadez de su traje de lino blanco que le había traído mamá de París y con un halo de tristeza en los ojos, pensaba que la suerte puede ser deshonesta, que el éxito es tal vez tener contactos.

Se detuvo en la blancura cibernética de las sillas de cuero, en las paredes blancas de pintura plástica, en los leds que pretendían crear un ambiente cálido y sintió que se ahogaba.

El rumor de las conversaciones fragmentadas fue fundiéndose en un ligero rumor que desapareció hasta quedar todo en silencio. La luz se fue haciendo más tenue, la sala estaba prácticamente a oscuras. Volvió a sentir que se ahogaba. Pensaba su vida, en su trabajo, en sus éxitos.

Los asistentes tenían ya la mirada fija en la escritora, el silencio era total.

Carolina se fijó en las cuatro sillas vacías que había reservado en la primera fila donde deberían estar sentadas sus exparejas. Sonrío con tristeza.

Luchó un momento con el sabor amargo de lo predecible.

-Señora por favor, no puede pasar. Le digo que el aforo está com
pleto.

Los asistentes se giraron hacia la puerta de entrada a la sala.

Una mujer de unos cuarenta años intentaba explicar con buenos modales al guardia de seguridad que tenía una invitación.

El guardia insistía en que no estaba en la lista.

- Le repito que aquí no hay ninguna Sara Serna...- el seguridad dudó y decidió quedarse en el primer apellido. El segundo era alemán y tenía miedo de no saber pronunciarlo bien.

Por un momento la mujer alzó la voz.

Desde donde estaba, Carolina veía la silueta de la mujer. Bajo del estradillo y se dirigió hacia la puerta. Había algo en ella que le resultaba familiar. Cuando estuvo enfrente y vio sus ojos reconoció la expresión cansada de su mirada. Lo recordó paseando juntos por el Retiro, se recordó a sí misma leyéndole poesías en la cama. Recordó mentalmente las últimas palabras que se dijeron.

Se miraron a los ojos, se vieron, se abrazaron.

La mujer cogió a Carolina por ambas manos y le preguntó.

- ¿Eres feliz?





lunes, 21 de octubre de 2024

Cíclopes

Avena, ayer nos miramos a los ojos. Juntamos nuestras frentes y nos reímos.

Nos divierte jugar a los cíclopes.

Así, tan cerca, nuestra cara desaparece y queda un ojo, gigante, redondo, único. Es imposible ver el resto de la cara, imaginamos que está, que rodea nuestro ojo compartido, porque mi ojo es el tuyo, el que veo y el tuyo es el que tú miras. Y te ríes con la boca abierta, enseñando tus pequeños dientes blancos, de leche.

Te parece tan divertido, que hay un momento que ya no sé si es tu cara la ríe. Me desorienta sentirte extraño, como si tu risa fuera la de un cíclope que se interpone en nuestro juego.

Entonces llamo a Ulises, tú apenas te fijas en mi voz porque grito en silencio, bajito, como cuando te dormías de aún más pequeño.

Me acuerdo de la otra tarde, cuando te busqué en los campos y me encontré montones de avena y reí yo sola. Creí que estabas escondido, que habías preparado un juego nuevo, que en nuestro universo ya no había cíclopes. Mientras, los puñados de avena que había cogido en mis manos, se me iban resbalando entre los huecos de mis dedos y yo no me daba cuenta, y seguía riendo alto porque pensaba que me escuchabas.

Pasó un rato, y me extrañó que no llegaras. Entoncés me senté a esperarte y dejé que se fuera la tarde y que llegara la noche y la luna y lo oscuro inquietante de no ver. A ti no te gusta la oscuridad.

Pensé que te habías marchado. Ulises tampoco había acudido a mi llamada.

No quiero tumbarme aquí a dormir al raso, sin estrellas ni luna. Yo quiero estar contigo Avena, pero me vencía el sueño, el cansancio de haber caminado con los cícloples. Hacía un poco de frío y no quería cobijarme por si aparecías. La noche sería más lenta y más larga esperándote.

Aún tenía los ojos abiertos cuando te vi. Llegabas heróico, tu pecho henchido de flores, la barba incipiente y la mirada futura. Detrás de ti venía Ulises, silencioso y pensativo, distraído. No traías al cíclope, tus dientes ya no eran de leche y la barba oscura había crecido en tu rostro. Me buscabas con la mirada, venías lleno de historias que contarme, tus aventuras. 

Yo quería salir a encontrarte. Me agaché, apreté en mis puños los copos de avena que aún no se habían escurrido y me escondí entre las espigas para que no me vieras. Y me dormí y soñé con nuestro cíclope y con que aún éramos en la tarde, los tres.

Te mueves entre las espigas, cruje el viento y te vuelves a mirarlo, con tu mano descuidada has dejado volar varios copos de avena. Me ves, nos miramos, sonreímos y vamos a encontrarnos. Estás cansado y me pides que te coja.