domingo, 15 de julio de 2012

15-7-2012


He perdido el mar, sin darme cuenta lo acabo de borrar todo y ahora no puedo pronunciar palabras. Se me juntan todas en la cabeza como en un cortocircuito puntiagudo y olvido todos los idiomas. Camino traduciendo palabras sueltas que crean un idioma absurdo, sin embargo mi pensamiento juega al intelec. Aquí no hay descanso, no hay recreo para el pensamiento porque las palabras mojadas están en continua lucha y pelean duro por conquistar su territorio. Las neuronas bailan el charlestón con coreografías de bollybood y nada pasa. La verdad es que ahora no sabré como pintar esas olas planas de una tierra de nadie donde nada pasa, donde no hay sonido, donde el tamaño de las cosas está a escala de mis cuentos favoritos, de mis ensoñaciones de niña donde deseaba ser liliputiense. Parece que he llegado al país de Gulliver. Ayer por ejemplo, nos sirvió cerveza con patatas en la taberna del bosque, sonreía continuamente, porque es un hábito la cortesía. Otra vez me he quemado la lengua, siempre viva, como frotada hasta el delirio. Pero no hay besos.
La música sigue sonando y en el armario se ordenan todas las gominolas de Canterbury, me sigo preguntando cómo se llamaba aquel escritor. Seguro que mis alumnos lo recuerdan. Se han llevado, como yo, los libros amarrados en su maleta y como a mí, las letras se les escurren de las hojas impresas y cuando se van a vestir, se les llena la boca de trazos de tinta negra. Por la noche duermen y las piernas, les siguen creciendo. Yo esta noche he vuelto a soñar que crecía y que los pies me llegaban hasta la ventana de Londres donde se proyectaba de nuevo otra historia de violecia. No he querido recordarte por la tarde, porque hay demasiado dolor en nuestros costados como para que se nos caiga de la boca. Tú cierra los ojos, como siempre, aunque nunca duermas tranquilo.
Querría tener más palabras para poder contarles cosas bonitas, hoy por ejemplo, pensaba que cuando me fuese...le voy a contar un montón de cosas a la niña de Pakistán, y todas en español, solo para que me entienda con su imaginación y escuche mis ojos y mis gestos. Yo aquí lo hago cada día. Es cierto que me invento la mitad de lo que entiendo, pero esta gente es tan maravillosa que no quiero ver su cara de frustración cuando no me pueden explicar más, porque a ellos, a todos los seres humanos, también les faltan palabras.
Ahora venía del parque otra vez. La hierba seguía verde y he podido respirar, menos mal que sigue ahí y que yo puedo embarrarme sin mis deportivas. Escuchaba Absolute beginners, llevo todo el día escuchándola y, se ha colado en mi oído una percusión africana. Me he quitado los cascos y he ido hacia allí. Era una fiesta en el parque, la música otra vez, sonaba fuerte, la gente bailaba feliz, libre, con ritmos ancestrales que han invadido mi piel de una emoción inmensa. Era verdad, otras personas que no eran de la fiesta han bailado con ellos, yo misma quería bailar, pero me he sentado frente a ellos, en el banco y les he mirado. No sé por qué he empezado a llorar. Ahora no se llora por lo vivido, eso no está. Ahora solo se llora por lo encontrado, sin motivo, sin dolor, solo porque emociona, porque esas gentes tenían montañas de alegría que tapaban las casas de Hackney y los jardines londinenses desprendían sus raíces enjauladas para fundirse con las crestas de las montañas. He llorado y he amado más este pequeño pedazo de tierra donde tengo el mundo entero, donde se juntan todas las fronteras, donde no se oyen las bombas de una guerra absurda, porque esto es una ciudad, simplemente eso, una ciudad.
Estoy pensando que voy a enviar una postal a Madrid, para contarle esto.

1 comentario:

Resistencias nulas dijo...
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