viernes, 20 de julio de 2012

19-7-12



A veces me pasa que al entrar en casa pierdo la cuenta. Hoy por ejemplo, mientras se hacía de noche no lograba contar cuántas personas había en mi casa. He probado con el dedo, pero me temblaba la mano y las citas se multiplicaban entre mis dedos ciegos. Debe ser por esta sensación de hambre que me entra cada noche un rato antes de irme a dormir. Siento ahora, por ejemplo, ganas de desayunar.


La soledad es un arma de doble filo, he entrado tímidamente a la cocina, por si alguien cabalgase a lomos de las vías del tren y no había zorros. He sopesado de nuevo la posibilidad de hacer equilibrismos sobre el filo cortante, como en los días de las agujas. He cerrado muy fuerte los ojos y he soñado que me mordía y que me agarraba hasta la sangre, he suplicado que me lamiese unas heridas desvanecidas, aunque se hicieran visibles. Aunque la sopa de la cena se llenase de dientes macilentos. He rogado su aullido inmaculado, he gemido hasta la afonía para que me pisase el alma con su garra sucia y su uña desgastada, la he llamado sin pausa, he perdido el hilo de mi respiración en una circunferencia de sabor a tiza, en esa espiral dulce de los días de la fiebre, cuando todo anunciaba lentamente el vómito negado que siempre se esparcía por la cama y me manchaba las piernas, como en la noche de tu orín, he perdido el rastro de tu pelo embarrado y el calor animal de tu vientre. 
Me eludo a mí misma en este mundo que me he inventado para apurar mis días en dos meses, para empezar de nuevo y no volver a casa. En este mundo donde he borrado con rabia, incluso tu amor. He apurado en excrementos todo lo cálido para no volver a recordar el sabor a hierro oxidado de tu aliento materno. El hálito de los días de invierno, de las tardes infinitas donde me evaporaba en palabras de hienas.

No pienso resurgir, he exiliado al ave Fénix porque ya no creo en sus plumas de fuego fatuo. He recordado el veneno de la soledad desterrada. He entrado en casa, y no había nadie. 
A veces una, puede girar la cerradura y, al poner un pie en casa, tambalearse apenas ante el acantilado del pasillo.

2 comentarios:

Resistencias nulas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Resistencias nulas dijo...
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