lunes, 30 de abril de 2012

Reventar


En estructuras invadidas por agentes murales han reventado a las 03.15.02 conductos vitales de un cuerpo femenino. La guarda de las lindes huyó, el pavor atenaza sus músculos y emplea su última energía, en escapar. Años cuidando el fortín, jugando a fantasías inventadas para cada minuto, rellenando papeles reciclados de publicidad comercial que enviaba en imanes a la puerta de la nevera, escribiendo listas interminables de acciones alienantes para entretenerla, finalmente, ha reventado. Nadie ha podido fingir más, todos han guardado sus rostros avergonzados y han salido a pasear como si nada pasase, en busca de una excusa. Han levantado piedras bajo el musgo, han escarbado en la tierra anegada de rocío, han recorrido con el dedo los bordes de las plantas, han ocultado la luz solar fabricando telones de lona negra uniendo sus cuerpos y, nada ha servido esta vez. Esto no estaba previsto, las guardas sí habían dudado de su potencial profesional, pero se habían engañado una y otra vez en vista de los éxitos siempre acogotados. Ahora huyen, tal vez liberadas, tal vez en busca del tranvía absurdo que las llevará de vuelta a casa, a una casa inexistente que no han conocido porque nunca les ha pertenecido, y con está ilusión no se dan cuenta de como se van descomponiendo en este bosque bifocal de humedades y desierto. Desaparecen en la arena estática que no alcanza a mantener las dunas o se hunden en la gravedad mojada, en papeles derretidos por la gota de agua que mi madre va dejando caer desde su vaso prácticamente bebido, pero que aún guarda las gotas necesarias para este juego infantil que me fascinaba. Y la bailarina gira en una danza mortal que doblará su figura que se volverá servilleta que morirá en un plato tal vez de restos de carne deshebrada. Y así van acabándose todas, van dejando el paisaje abandonado, desnudo, descubierto, vacío, sin oxígeno.

En el fortín revienta la esposa, estalla en miembros que se esparcen por el aíre, que se dividen en etéreos crepúsculos de temperaturas corporales y que levitan. Cada pieza guarda su memoria.
La epidermis recuerda instantes de ahogos contenidos, respiraciones confusas que olvidan su intención: el deseo. El cuerpo arde, se quiere salir de sí mismo hacia un espacio prohibido, ajeno, externo, extremo que le hará olvidar que es cuerpo. Una danza volcán que explota en represiones de besos no besados, de lenguas que antes de entrar entraron, en manos que luchan sin objetivos concretos, restregando la piel por los cantos urbanos que saciarán su lucha.
Los pies, retenidos contra un muro invisible que se hacía presente sin existir, que guardaba la violencia del puño que rompía en cada mirada cubierta por párpados, un fragmento más, que pasaba la luz sin calentar, que no servía porque era un agujero falso donde se mostraba fuera, lo que era una pintura artificial, un decorado de cine mudo.
Los ojos opacados, las retinas hundidas, la pupila bella pero que el ojo nunca ve. Estallar hacia dentro, romper la mirada unidireccional mientras aras la tierra convertida en pedregal.
Las uñas gastadas de arañar las rocas de granito para llegar a las yemas, para sentirlas vivas, para comprobar que siguen latiendo. 
Reventar el fortín, reventar un cuerpo diminuto que no contiene la pasión abortada, reventar en una piel frágil que no aguanta el deseo, reventar en amores gastados que no volverán, reventar en los días caducados, en tu tiempo de nadas absolutas que ya no te recuerdan, reventar en poros abiertos que expulsan lo no vivido, lo que huele a azufre y envenena el bosque y lo cubre de muerte y oxígeno.
Reventar, respirar.

2 comentarios:

Resistencias nulas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
la mujer del sombrero de ala ancha de caracol dijo...

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